viernes, 21 de noviembre de 2014

Puntos de vista

Cuando llegué a la puerta unos guardias intentaron pararme, me los quité de en medio de un plumazo y entré abriendo de un golpe. Silvara estaba sentada en una mesa de escritorio.
-¿Se puede saber qué has hecho? –Grité mientras recorría la sala acercándome a ella.
-Salvar vidas. –respondió mirándome directamente a los ojos y entrelazando los dedos.
Lo dijo con un todo de voz neutro, como el que responde cuando preguntan la hora, aquello me enfureció aún más.
-¿Salvar vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles! –Había ido subiendo el todo de voz mientras hablaba, pero no me importaba, aquella maldita elfa nos acaba de traicionar.
-Tranquilízate Robert –dijo poniéndose lentamente en pie y señalando las sillas que estaba al otro lado de su escritorio continuó-. Toma asiento y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
Corté su frase dando una fuerte palmada en la mesa. Notaba mi cuerpo temblar y tuve que contener las ganas de desenvainar la espada y clavársela entre las costillas.
-¿Vino? ¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y tú me ofreces vino?
Ella ni se inmutó, me miraba fijamente. No resultaba amenazante vestida con holgadas prendas de seda, calzado inútil para el combate intentando parecer más alta y el cabello rubio tapándole parte de la visión; pero a pesar de que se encontraba en evidente desventaja consiguió hacerme un nudo en el estómago cuando respondió tan calmada como al principio:
-Estaba limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda.
Se hizo el silencio en la sala un segundo que ella aprovechó para volver a sentarse. Yo continué de pie, no pensaba aceptar nada de esa arpía traidora.
-Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
No podía creerme lo que estaba oyendo, aquello era un insulto y no pensaba permitírselo.
-Sí, ya noto de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres y me marcharé antes de que caiga la noche.
Me di la vuelta y salí de la sala a grandes zancadas, sin volver la vista y dando un portazo tras de mí.

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                Me encontraba revisando las condiciones que nos habían ofrecido para firmar un pacto de no agresión cuando le escuché discutir con mis guardias. Cerré los ojos un momento y me preparé para lo que esperaba, no iba a ser agradable. Entró dando un golpe a la doble puerta de mi despacho.
                -¿Se puede saber qué has hecho? –Su voz era amenazadora algo que acrecentaba vestido con la armadura completa y llevando la espalda colgada del cinturón, pero si creía que aquello surtiría efecto después de mi larga experiencia lo llevaba claro.
                -Salvar vidas. –Era la pura verdad, firmar la paz era lo correcto, ya se había derramado mucha sangre por esta causa.
                -¿Salvar vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles! –Estuve a punto de recordarle que hacia tan solo trecientos años que sus antepasados les habían masacrado para conquistar ese mismo territorio y que ahora ellos solo reclamaban lo que era suyo. Pero claro, él no podía acordarse de aquello.
                -Tranquilízate Robert. –Tenía un botella de nuestra mejor cosecha mezclada con un relajante especialmente preparada para la situación y me dispuse a cogerla-. Toma asiento y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
El golpe que dio en mi escritorio dejó la frase colgada.
-¿Vino? ¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y tú me ofreces vino? -Tal y como dijo aquella frase parecía a punto de desenvainar su arma y yo no iba a permitir que me pusiese una mano encima.
Comencé a preparar un hechizo en mi cabeza para que toda su armadura se pusiese al rojo vivo si volvía a hacer algún gesto similar. Él no estaba en posición de negociar y mucho menos de exigir nada por lo que se lo dije con toda la diplomacia de que fui capaz:
-Estaba limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda. –Volví a tomar asiento, ya estaba preparada para cualquier cosa y no necesitaba estar incomoda-. Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
Noté como hacía una honda inspiración y se ponía rojo poco a poco, mala elección de palabras. Tener la mente en dos cosas a la vez es complicado.
-Sí, ya noto de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres y me marcharé antes de que caiga la noche.
Por suerte aquello acababa con nuestra disputa sin ningún enfrentamiento real. Los humanos habían perdido sus tierras, su ejército estaba mermado y su pueblo temeroso, ya no tenían aliados ni nada de utilidad. Tampoco hubiesen sido de mucha ayuda en el futuro.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Ella, la botella

Está hecha de cristal, un cristal grueso que ha aguantado varias caídas y golpes contra el suelo, totalmente cilíndrica de base ancha y cuello estrecho,  con un grabado de un pez saltando sobre una charca o un lago en lo que debe de ser el frente. El tapón es blanco, hermético, con una abrazadera metálica para que no se pierda y un poco duro cuando intentas abrirlo. Al principio pensé que se con el paso del tiempo se volvería más suave pero me equivocaba.
La verdad es que es muy disimulada, con el cierre tan seguro que tiene ni el olor escapa de ella y como la relleno aquí mismo, en la fuente de agua que hay en el pasillo junto a la puerta, nadie se da cuenta de qué es lo que bebo.
Es bastante mayor, lleva conmigo al menos quince años, y llegó a mis manos por pura casualidad. Me la regaló un compañero del trabajo que se jubilaba cuando yo entré, me dijo: “Ten cuidado, no la uses mucho, ha sido mi salvación en los momentos más duros pero también mi perdición cuando me volví adicto a ella.”
He tenido momentos peliagudos por su culpa, pero aprendí pronto a tener una reserva de caramelos de menta en mi mesilla para disimular el aliento que me deja. Algunas veces mezclo un poco con el café de la mañana, me anima bastante el día y sabe mejor que a palo seco. Una vez probé a echarle limón para que no supiese tan fuerte pero esta maldita acabó convirtiéndolo en más de lo mismo en menos de cinco minutos.
Puesto que me la he llevado alguna vez de fiesta mis amigos ya la conocen e incluso la idolatran, tengo que tener cuidado de que no me la quiten. Es lo que más me gusta de ella, acabo ahorrándome un dineral, si por casualidad estamos en un garito y se me acaba la bebida solo tengo que acercarme inocentemente a la barra y pedirles que me la rellenen de agua. La verdad es que preferiría que lo transformase en algo un poco más Johnny Walker y un poco menos Eristoff, pero claro, en ese caso el color no disimularía lo mismo.
Es difícil de ocultar y demasiado pesada para llevarla siempre encima pero a pesar de todos los inconvenientes que pueda sacarle es, sin lugar a dudas, el objeto más valioso que poseo. He intentado averiguar de dónde proviene, dónde podría comprar otra, pero resulta imposible. El cristal no tiene marcas, códigos de referencia ni ninguna marca a parte del pez saltarín y por internet no encuentro nada sobre botellas capaces de transmutar la bebida.

Preguntarle a su anterior dueño tampoco es una opción por lo visto la cirrosis acabó con él al poco de abandonar la empresa. Todos dicen que se había vuelto un alcohólico, que había perdido el control sobre su vida, que incluso habían estado a punto de echarlo. Supongo que le pasó porque era débil, es una tentación tenerla siempre tan cerca, tan fácil y tan gratis pero yo soy fuerte. Conmigo no podrá. Imposible. Bueno, al menos eso creo.

martes, 21 de octubre de 2014

Buscando un porqué

María salió de su coche a toda prisa y cruzó la distancia que la separaba del portal mientras se cubría de la lluvia con la chaqueta puesta sobre la cabeza, acababa de ducharse a la salida del gimnasio y no quería tener que volver a hacerlo. Subió por las escaleras hasta llegar a su piso, le gustaba sentir esa punzada de dolor en sus piernas tras varias horas de entrenamiento. Al abrir la puerta de su apartamento la recibió su propia imagen reflejada en el espejo de entrada.
Hacía un par de años que había pasado la barrera de los cuarenta pero gracias a la cantidad de horas que le dedicaba al ejercicio y a una genética claramente favorecedora no lo parecía. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta, tenía los ojos castaños y el rostro afilado. Vestía ropa deportiva: chándal, camiseta y zapatillas; también una mochila que llevaba colgada a un solo hombro.
                Se dirigió directamente a la cocina, a comer algo. Dejó la mochila en la encimera, rebuscó en el bol de la fruta y sacó una manzana roja, una de sus favoritas…
                -Ya pensé que pasarías la noche fuera.
                Un escalofrío subió por su espalda al escuchar aquella voz, la manzana se le calló de las manos y se dio la vuelta preparada para enfrentarse a quién estuviera allí. En la penumbra del salón vio a un hombre sentado en una silla, parecía demacrado, el cabello graso y lacio le caía a los lados del rostro, la barba crecía por su rostro como la enredadera crece en una casa abandonada, sus ropas estaban raídas y sucias y sujetaba en su mano derecha un vaso de cuyo liquido color ámbar dio un trago. En la mesa, a pocos centímetros del hombre, había una botella ya medio vacía de whisky.
                -¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
                -¿Acaso ya no me reconoces?
                Entonces la luz proveniente de la lámpara de la cocina se reflejó en los ojos azul eléctrico de aquel desconocido y fue todo lo que María necesitó para reconocerle. El hombre ante el que se encontraba era Javier, su exmarido. Llevaban, al menos, seis años sin verse. Él siempre había sido un tipo de negocios, un importante puesto en una importante empresa. Siempre iba trajeado, afeitado y con el pelo perfectamente cortado; pero, después de lo sucedido ¿Quién le iba a reprochar nada?
                -¿Qué haces aquí, Javi? ¿Qué te ha pasado?
                Él sonrió y ella se relajó un poco, aunque no se movió de su posición.
                -Es curioso, no tienes ninguna foto suya en toda la casa. No solo eso, no tienes ningún recuerdo suyo en toda tu vida… En toda tu nueva vida. –Se había puesto serio otra vez, su mirada era turbia como si no fuese capaz de enfocarla bien. Quizá se debiese a los efectos del alcohol-. ¿Quieres saber qué me ha pasado? Lo mismo que a ti, supongo. Solo que yo no conocía las respuestas.
                -¿Las respuestas? No sé a qué te refieres. Mira, es tarde y estás borracho. Lo mejor será que te marches. –Avanzó un paso hacia él, lentamente, con las manos extendidas buscando su colaboración-. Si quieres hablar podemos quedar otro día a tomar un café…
                El fuerte golpe del vaso contra la mesa dejó la frase a la mitad. Javier se había levantado, la miraba fijamente y las manos le temblaban.
                -¿A tomar un café? ¿Me vas a invitar a uno de esos cafés con vainilla que acostumbrabas a tomar después de dejar a Rodri en clase?
                Ella se quedó paralizada, en la misma posición en la que estaba: sin bajar los brazos, sin parpadear, con la boca medio abierta a punto de decir algo. Hacía muchísimo que no pensaba en él así. Su hijo, su niño, le echaba tanto de menos… Rodrigo había sido un niño tan feliz, tan vivaz. Si no hubiese ocurrido aquel maldito accidente aún podría estar jugando con él.
                -No he vuelto a tomar ese tipo de café desde entonces, ya lo sabes. –Su voz había cambiado, ahora sonaba cansada. También había perdido la postura, había bajado las manos, tenía los hombros caídos y la espalda un poco encorvada. En su rostro aparecieron arrugas y empezó a aparentar más edad de la que realmente tenía-. Si has venido a hablar sobre el accidente puedes marcharte. No tengo nada más que decir, eso ya forma parte del pasado.
                -He venido, precisamente, para hablar de ese accidente. –Al ver el cambio en su exmujer se había relajado y volvió a tomar asiento-. He descubierto un par de cosas nuevas.
                -¿Has descubierto? ¿Había algo más que descubrir? Ya detuvieron y encarcelaron al cabrón que le atropelló. ¿Qué más quieres?
                -Un porqué. –La respuesta fue clara y directa-. Siempre me había faltado un porqué. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a nuestro hijo?
                -¿Acaso tienen respuesta esas preguntas? –Agotada se acercó a una de las sillas de la cocina y se sentó en ella. Hablaban desde dos habitaciones diferentes y ninguno de los dos parecía tener la menor intención de cambiar eso.
                -Yo tampoco estaba seguro, así que empecé buscando soluciones a cuestiones más sencillas como: ¿Por qué estaba ese desgraciado en nuestra calle? ¿Por qué tenía tanta prisa? O ¿Por qué no estaba atento a la carretera cuando todo ocurrió?
                María notaba el corazón latir en su pecho a tanta velocidad que cada latido parecía doloroso, sus miradas se habían cruzado hacía un instante y ninguno de los dos la retiró. Ella creyó sentir el odio acumulándose en la de él. Trató continuar con la conversación pero las palabras no salieron de la garganta, tragó saliva y lo intentó de nuevo:
                -Y esas preguntas… ¿Tenían respuestas?
                Él se tomó un largo minuto en responder, sin apartar la mirada de los ojos de ella.
-Sí, las tienen. –Otro silencio, esta vez más corto-. Por lo visto algunos testigos le vieron bajar de la terraza de un edificio cercano, descolgándose de ella. Según su propia declaración de los hechos “Se había distraído porque se le habían desabrochado algunos botones de la camisa.” También parece ser que era el camarero del Starbucks que teníamos al lado de casa y que aquella mañana había llamado diciendo que se encontraba enfermo y que no podría ir. Además recuerdo que yo salí temprano ese día de la oficina y cuando llegué a casa, dos horas antes de lo habitual, me pareciste un poco agobiada.
Mientras Javier hablaba, ella había bajado la mirada hacia el suelo. No dijo nada, se tapó el rostro con las manos aunque eso tampoco pudo contener las lágrimas. Las notaba correr por sus mejillas, calientes, quemándola como ácido. Su respiración era entrecortada, superficial y había comenzado a temblar por todo el cuerpo. Él se levantó del asiento, cogió la botella por el cuello y se dispuso a marcharse de aquella casa. Sus sospechas quedaban confirmadas, ya no tenía ninguna razón para seguir allí pero antes de cruzar el umbral de la puerta dijo una última frase:
-Supongo que el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.

jueves, 9 de octubre de 2014

Algo más de 1.000 palabras.

Al fin, ya es la hora de salir de la oficina. Además es viernes y me espera un fin de semana lejos de la ciudad, sin oír coches, sin humos, sin todo el gentío que implica vivir en una ciudad. Y, lo mejor de todo, lejos del cabrón de mi jefe. Hoy se me ha puesto hecho una fiera  en cuanto me ha visto por la mañana, por lo visto al señorito le molesta que me haya pedido el lunes y como bien le he dicho son mis días libres así que me los reparto como a mí me da la gana. El viaje de colegas se ha vuelto una tradición, hacemos uno al mes ya llueva o nieve, y no me pienso perder este por mucho que él se queje.
Pero casi prefiero ni pensar en ese arrogante, calvo y viejo cúmulo de grasas porque me hierve la sangre cada vez que lo hago. Su absoluta prepotencia y el abierto desprecio que me muestra hacen que me vea a obligado a contenerme cada vez que me habla. He perdido la cuenta de las veces que me he imaginado estallando su cráneo contra la esquina de su elegante mesa de despacho, impactando mi puño en la boca de su estómago hasta hacerlo postrarse de rodillas o agarrando un brazo suyo obligándole a doblarlo en su espalda en una postura innatural hasta romperlo. Los días como hoy, en que la ira me domina, mi imaginación es tan vívida que llega a asustarme.
Llevo tanto tiempo sumido en mis pensamientos que casi me salto la parada del metro en la que me tenía que bajar, por suerte he visto el cartel con el nombre antes de que las puertas comenzasen a cerrarse. Subo las escaleras, pero no las mecánicas esas están siempre abarrotadas y me agobia. Salgo y comienzo a andar calle abajo, hemos quedado todos en un parque no muy lejano, a menos de cinco minutos de la parada. En el segundo cruce giro a la izquierda para bajar por una paralela, no es el camino más corto pero lo prefiero antes que pasar por enfrente del escaparate de la joyería Oliver. Solo de pensar en las pulseras tan brillantes, plateadas y adornadas que se muestran se me eriza el vello de los brazos. No entiendo como la gente puede ponerse esas cosas.
Veo el parque al final de la calle. Miro el reloj, llego más de quince minutos tarde pero supongo que ya estarán acostumbrados, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y para gente que nos llevamos conociendo tantos años no será sorpresa. En el grupo somos siete, cuatro hombres y tres mujeres, y hemos pasado juntos por casi todo, entre nosotros se han formado parejas, ha habido rupturas, a veces hemos discutido e incluso hemos llegado a las manos, pero tratándose de nuestra gente asumo que es normal. Nos conocimos en la adolescencia, supongo que fue el destino quien nos unió porque, desde luego, no fue algo casual.
Al llegar les saludo a todos, uno por uno, efectivamente soy el último. Todo está preparado para el viaje y nadie lleva más equipaje que lo que quepa en la mochila. Nos repartimos en dos coches y, por el simple afán competitivo que nos define, acabamos provocando pequeñas carreras durante las partes del trayecto que sabemos más seguras. Tardamos varias horas en llegar a nuestro destino, pero con el buen humor que nos acompaña y sabiendo que vamos a disfrutar de tres días lejos de la rutina y el estrés, no notamos el paso del tiempo.
Nos dirigimos a un pequeño pueblo abandonado cerca de la cordillera cantábrica, apenas tiene una docena de edificios aún en pie y la naturaleza se ha ido abriendo paso por las distintas construcciones que lo forman. Es una imagen que siempre me ha gustado, las flores que en su día solo adornaban algunos jardines proliferan ahora por doquier, los pisos superiores de algunos edificios se han convertido en nidos donde las aves típicas de la zona se asientan para criar a su progenie y en mitad de lo que debió ser la calle principal ahora crece un hermoso manzano. Allí no tenemos donde dormir pero no nos preocupa, las noches que se avecinan van a ser más activas que sus días y tampoco tenemos nada que comer pero ya nos ocuparemos de ese problema cuando surja.
Al llegar ya está anocheciendo, tenemos que darnos prisa. Como no queremos que sufran ningún daño hemos aparcado a las afueras del pueblo, tenemos alrededor de una hora para llegar a él, buscar un lugar donde dejar nuestras cosas y prepararnos para lo que se avecina. Nada más bajar del coche noto el frio viento otoñal, no me molesta. Resfriarse lleva años sin ser algo de lo que ninguno de nosotros deba preocuparse, en el fondo, hasta las maldiciones tienen un lado positivo, ¿no?
Sabemos que se acerca el momento porque empezamos a sentirnos incómodos, estamos más tensos, ya nadie hace bromas y las conversaciones se han reducido a lo estrictamente necesario. Nos desvestimos y dejamos nuestra ropa junto a las mochilas en una habitación del segundo piso del único edificio que no parece a punto de derrumbarse. Las estrellas brillan en el firmamento cuando nos reunimos todos en la plaza central, ansiosos.
Entonces, tras una nube aparece la luna llena y comienza a ejercer su efecto. No puedo apartar los ojos. Es hermosa, pura y brilla con una intensidad que me deja absorto. Es un estúpido sentimiento de amor odio lo que siento por ella. Entonces comienza el proceso, noto como mis músculos se tensan, se calientan y empiezan a cambiar, tirando de los huesos a los que están unidos con tanta fuerza que llegan incluso a partirlos. El dolor me invade, lentamente al principio, más rápido después de unos minutos, pero en menos de media hora es tan intenso que creo que están rompiéndome célula a célula. Me retuerzo, caigo al suelo contorsionándome, aprieto la mandíbula para contener los gritos. Oigo como mis compañeros pasan por lo mismo, como algunos de ellos incapaces de resistirse emiten alaridos que deben oírse en kilómetros a la redonda. No puedo verlos porque cuando me doy cuenta tengo los ojos fuertemente cerrados, es todo tan intenso que no te permite pensar en otra cosa. Me dejo llevar porque sé que es lo mejor, intentar resistirse solo traerá más problemas.
El proceso entero dura aproximadamente dos horas y después de él apenas recuerdo nunca nada. Aunque mi mente evoca vagas sensaciones. Guiarme más por mi olfato que por mi vista o mi oído, aullar al astro al que tan ligado me siento, sentir la libertad de correr libre con mis amigos, no, con mi manada…

Para cuando despierto el sol está en su máximo esplendor, no llevo reloj pero debe de ser cerca del mediodía. También noto la tripa llena y tengo manchas de sangre que no me pertenece por distintas partes, debí cazar alguna presa durante el transcurso de la noche. Miro a mi alrededor, no estoy en el pueblo, ni siquiera cerca, pero estos tres días tengo los sentidos más desarrollados, no me costará encontrar el camino de vuelta.

martes, 12 de agosto de 2014

Balas de la igualdad. Cap. 7

Capitulo 7: El escondite
Tardé un par de días en descubrir qué era exactamente “El escondite” por lo que cuando supe donde estaba ya era el momento de visitarlo. Me dirigí allí con Cero, dispuestos a descubrir quién era el misterioso chico de la nota y porque me había citado en un sitio tan extraño.
El lugar era un pequeño local abandonado próximo al parque donde solíamos quedar pero oculto tras una esquina de un bloque de edificios. Un rótulo apagado y con las letras desgastadas mostraba su nombre, las ventanas estaban tapiadas y la puerta cerrada con candado. El nombre le venía al pelo pues, sin lugar a dudas, estaba escondido de los transeúntes habituales pues su único punto de acceso daba a una plazoleta abandonada entre bloques de edificios. No logramos abrir la puerta por mucho que lo intentamos y las ventanas tapiadas con ladrillos no nos permitían mirar a través de ellas por lo que no podíamos saber cómo era en su interior.
-Bueno, ¿y ahora qué? –Preguntó Cero.
-Pues no lo sé, tío. Deberíamos entrar pero no sé cómo.
-¿Y si intentamos forzar la cerradura?
-¿Cómo? Yo nunca he forzado ninguna.
-A ver, déjame intentarlo a mí. Puede que consiga algo.
Cero sacó su teléfono móvil de un bolsillo y le quitó la tapa trasera, la que protege la batería. Allí escondidos tenía un par de filamentos de metal, los manipuló un poco hasta que tuvieron la forma que él deseaba y se inclinó sobre la cerradura.
-¿Has hecho esto antes? –Pregunté sorprendido.
-¿Forzar la cerradura de una propiedad privada ajena a nosotros para colarnos en ella? –Hizo una pequeña pausa mientras intentaba infructuosamente hacer girar uno de los filamentos –No, nunca.
-¿Y porque llevas eso oculto en el móvil?
-Em… -Hizo una pausa y me miró a los ojos –Es una historia un poco larga…
-Cuéntamela, no tenemos nada mejor que hacer mientras intentas abrir.
Cero pasó rápidamente la mirada por la plaza en la que nos encontrábamos, estaba desierta, luego por las ventanas de los distintos bloques de edificios, todas cerradas, nadie nos prestaba atención.
-Te contaré la versión resumida. –Aceptó mientras volvía intentar que entrásemos al local. –A los pocos días de cumplir yo los catorce mi hermano me llevó un fin de semana, los dos solos, al pueblo. Bueno, ya conoces nuestra casa de allí, en realidad no pertenece al  pueblo, está a un par de kilómetros. Es un chale de dos plantas, con piscina, jardín, garaje y un pequeño edificio adjunto donde guardamos las herramientas, maquinaria para cuidar el cloro del agua, etc.
>>El mismo viernes, al poco de llegar, me pidió que le trajera una llave inglesa mientras revisaba el coche y yo, sin vacilar, me dirigí a nuestro trastero pero no me di cuenta de que él me seguía. Cuando entré me cerró la puerta y se quedó las llaves, dejándome encerrado. Pasé más de veinticuatro horas dentro de aquella sucia, pequeña y oscura habitación. No pienses que fue como castigo, ni que mi hermano me odia ni nada de eso. Él volvía cada pocas horas a asegurarse de que me encontraba bien, nunca entró, ni abrió la puerta pero saber que no se había olvidado de mí era un gran apoyo.
>>Las primeras horas que pasé allí fueron las peores, lo veía todo oscuro, si me movía tropezaba con algo y podría tirar y romper muchas cosas, no tenía nada que comer ni un sitio cómodo donde pasar la noche. Sinceramente, desde ese momento, me ponen un poco nervioso los espacios pequeños. El caso es que, cuando desperté el sábado todavía allí dentro, con la espalda dolorida por la mala postura, un dolor incesante en la tripa debido al hambre, la garganta seca por la sed y con mis ojos cómodamente adaptados a la escasez de luz decidí que debía salir de allí por mis propios medios. No tardé más de una hora en encontrar estas cosas en una de las estanterías y con ellas logré forzar la vieja y oxidada cerradura de aquella puerta.
Durante el transcurso de su historia Cero se había abstraído tanto que había dejado de insistir con la puerta de El escondite. Y cuando la terminó yo no pude reprimirme:
-¿Nunca le preguntaste porqué hizo eso?
-Claro que se lo pregunté, me dijo que lo hizo para demostrar que yo era capaz de salir de ahí por mis propios medios, sin ayuda. Y, en verdad, lo conseguí.
-Pero hay algo en tu historia que no me encaja. Dices que estuviste más de veinticuatro horas dentro pero que conseguiste salir al poco de despertarte el sábado… Eso no tiene mucho sentido.
-Vamos a ver Zetha. –En su tono de voz había cierto nivel de exasperación, como si yo no me diese cuenta de algo obvio. – Yo era un chaval y en aquel momento me dominaban los nervios y el miedo. Seguramente cuando conseguí dormirme ya era sábado tranquilamente y el sol brillaba en el cielo, solo que yo no podía verlo. Asique, si, al poco de despertarme conseguí salir pero ya estaba anocheciendo cuando lo hice.
Hubo un minuto de silencio, de reflexión.
-Bueno, y ¿has dado esta puerta como una causa perdida o qué? – Dije intentando cambiar de tema.
-¿Esta? No, ya la había abierto solo que como estaba contándote eso se me había olvidado. -Empujó la puerta con una sola mano y esta cedió, abriéndose.
 El estruendo que provocó quedó latente en la silenciosa plaza incluso varios minutos después de que el verdadero sonido hubiese cesado y, para colmo, este estaba acompañado de un nauseabundo olor. Nos alarmamos, pues algún vecino podría haberlo oído y quizá llamase a las autoridades, y decidimos coger aire fuera, entrar deprisa y acabar rápido lo que hubiese que hacer allí evitando respirar aquel ambiente.
Nada en el local parecía señalar que hubiese sido utilizado en el último año, había una capa de varios centímetros de polvo acumulado por todas partes y, por cómo había sonado cuando abrimos, las bisagras necesitaban engrasarse. Estaba diseñado para haber sido un pequeño pub, había un desnivel en el suelo donde alguna vez hubo una barra que separaba a la parte donde se quedan disfrutando los clientes de aquella donde los trabajadores desempeñaban sus labores. A parte de la sala principal donde nos encontrábamos había dos baños, uno para cada sexo, y una cocina. No había ni un solo mueble.
Pero lo que más destacaba de todo lo que había era una pintada en color rojo sangre ocupando toda la pared del fondo del local. El mensaje podía leerse claramente: “Skyzorum dejó algo aquí. Hay que encontrarlo. Rask.” Sin dilación nos pusimos a buscar por cualquier cosa que no encajase allí. La fuente del olor resultó ser el cuerpo en descomposición de una chica en el baño de los hombres.
-Tenemos que largarnos de aquí. –fue la frase de Cero nada más encontrarla.

Yo me disponía a rebatirle, aquel chico era evidente que intentaba decirnos algo, algo en lo que se jugaban vidas, y a mí nunca me ha gustado dejar un rompecabezas a medias, no desvelar todas las incógnitas de la situación… Pero el inconfundible sonido de las sirenas acercándose le daba toda la razón.

domingo, 15 de junio de 2014

Encasillado

Miraba el suelo, la casilla en la que se encontraba. Era cuadrada, negra, parecida a las casillas del tablero de ajedrez y no era especialmente grande. Estaba allí, de pie, esperando a que algo sucediese a su alrededor, algo que le sacase de su ensimismamiento, que le despejase de su introversión. Esperaba que algo cambiase, que todo dejase de ser lo mismo, lo mismo que el día anterior, lo mismo que el siguiente.
Llevaba tanto tiempo allí que ya no podía contar los días, las horas parecían todas iguales, lo único que diferenciaba unas de otras era si la luz del sol deslumbraba con su brillantez o si era la luna la que le distraía con su hermosa luz llena de promesas; y eso siempre que las paredes de su habitación no estuviesen cubriendo el exterior. Pero los días eran otra cosa, esos sí que parecían todos iguales, todos monótonos, aburridos, con la misma gente, las mismas drogas.
Al principio cuando llegó a esa casilla le pareció un buen lugar, un sitio donde poder pararse a descansar del largo camino, donde tomarse un tiempo para reflexionar, para poder elegir con calma cual era la siguiente casilla a la que le interesaba moverse. Allí se había sentido cómodo, allí parado había conocido a muchas personas, a grandes amigos, a buenas amantes. También había descubierto nuevos vicios, había retomado viejas costumbres y olvidado otras que más que costumbres parecieron cargas.
Allí había hecho promesas, había sido feliz y había sonreído más abiertamente, más sincero, de lo que nunca lo había hecho a lo largo del camino. Pero no todo lo que allí había ocurrido era feliz, también había habido desamores, locuras, borracheras de las que al día siguiente a penas era capaz de recordar y, sobre todo, soledad.
Si, se sentía solo. Pero quizá aquella sensación no se la daban a ausencia de personas sino la presencia de recuerdos, seguramente de haberse encontrado totalmente a solas en aquella casilla se habría hallado más cómodo, más fuerte, incluso capaz de abandonarla. Pero no era así, le acompañaban aquellos malditos.

No sabía porque no había seguido avanzando, no sabía si se debía a sí mismo, si se había cansado o si lo que le faltaba era valor para dar otro paso. Tampoco podía asegurar que no se encontrase allí debido a las presiones externas, a que cada cual le empujase hacia otro camino, hacia caminos de los que él no quería saber, de los que no quería escuchar, de los que se habría prometido que jamás pisaría. Aquello le agobiaba, le agobiaba más que nada. Sabía que tenía que dar un paso, que tenía que continuar, que quedarse allí parado no solucionaría nada y a la larga solo acarrearía problemas pero… ¿hacia dónde te mueves cuando no sabes hacia donde quieres ir?

lunes, 24 de marzo de 2014

Aburrimiento y orgullo

Sus manos estaban rojas, de un tono rubí, manchadas de la sangre, aún caliente, que brotaba de aquel cuerpo. En su rostro resplandecía una sonrisa, más orgullosa que alegre, pero sonrisa al fin y al cabo. No podía ocultarlo, se alegraba de verlo allí, agonizando.
Todo el poder del cual alardeaba constantemente estaba extinto, no podía utilizarlo allí donde estaba, tendido en el suelo, con su vida escapándose entre sus dedos. Ya no le quedaban fuerzas para nada, no podía moverse, hablar, ni pedir auxilio. Dedicó su último esfuerzo en memorizar la cara de su asesino: aquel adolescente de apenas dieciséis años, con su oscuro cabello largo cubriéndole parte del rostro, sus ojos resplandecientes y una horrible expresión orgullosa. Le odiaba.
Sonó una campana, de fondo. Ya debía irse, pero quería ver como su acompañante daba un último suspiro. Le vio abrir la boca en un vano intento por pedir ayuda, no funcionó, lo único que consiguió fue que una gota de brillante líquido carmesí corriera por su mejilla. No pudo evitar carcajearse, ver a alguien tan poderoso en aquella situación era magnifico. Se volvió y marchó hacia la puerta, sin que el gesto de su cara llegase a desaparecer.
Justo cuando aquel ser daba su último aliento sonó una campana mucho más cercana y terminaba la clase de la señorita Fids.

Nuestro protagonista cerró su libro, recogió sus cosas y se marchó feliz. Lo había conseguido, había matado al aburrimiento.

viernes, 21 de marzo de 2014

Liga Pokemon

Escenario de Tierra

Cuando subió aquella puerta de metal y el estadio quedó al descubierto pude oír perfectamente el clamor de miles de personas que esperaban con ansia aquella batalla, la repentina luminosidad de los focos me obligó a cubrirme los ojos con la mano izquierda. A mi lado pude noté como Charmeleon también se quejaba por el drástico cambio.
Mientras descendía por las escaleras que me separaban del ring de combate, seguido de mi fiel pokemon, el comentarista empezó a hablar. Su voz resonaba por todo el estadio amplificada por los megáfonos.
-Bienvenidos y buenas noches. –La voz era de un hombre, un famoso reportero pokemon cuyo nombre no viene al caso –Por fin acaban de abrirse las puertas y acaban de aparecer en el estadio los dos contrincantes del combate, a un lado tenemos al joven conocido como Zetha cuyo permiso de inscripción para esta liga fueron las ocho medallas de la región de Kanto; y, al otro, tenemos a otro juvenil aspirante a campeón, se le conoce por el nombre de Micky y ha presentado las ocho medallas de Jotho.
-Antes de que empiece el combate debo recordar las normas del torneo. –Ahora comentaba una voz femenina, compañera del anterior –Nos encontramos en las primeras rondas, estas no son eliminatorias. Es decir, que lo que pase aquí esta noche no es decisivo para nuestros concursantes aunque, ni que decir tiene, que el ganador de este combate tendrá más posibilidades de hacerse con la copa.
-Los combates de esta primera ronda se realizarán en cuatro escenarios distintos. –Los dos comentaristas se alternaban para darle emoción a sus palabras –Ahora nos encontramos ante el escenario de Tierra pero, aún así, estos dos chavalines se verán obligados a demostrar sus capacidades estratégicas en los otros tres tipos de escenarios que poseemos en la liga.
-Cada uno de ellos solo podrá elegir tres pokemon para este combate, que podrán cambiar cuando consideren necesario. Espero que hayan elegido correctamente y…
-¡Que empiece el combate! –Gritaron ambos al unísono.
Ya había llegado al lugar que debía ocupar en el escenario. Una cuadricula de la que no me estaba permitido salir hasta que el combate terminase, a la altura del suelo donde la perspectiva no me dejaba ver todos los rincones del ring por las diversas montañas artificiales que este poseía. El límite de la zona de combate estaba marcado por las mismas marcas blancas que delimitaban mi zona de movimiento.
Al otro lado del escenario pude discernir a mi rival, un veinteañero como yo, con el pelo corto despeinado, chaqueta de cuero, vaqueros rotos y un pequeño Pichu al hombro. “Espero que no piense en usar ese pokemon en este ring, su desventaja sería abrumadora. Además no creo que ese bebé sea capaz de usar ataques poderosos.” Junto a mi, en mi casilla se encontraba Charmeleon, estaba serio, parecía impaciente. Me miró a los ojos como asegurándome de que estaba preparado, entonces despejé mi mente de cualquier pensamiento que pudiese ponerme nervioso, seleccioné la pokeball que buscaba y me dispuse a ganar.
-Los dos rivales han sacado ya a su primer pokemon. –Esta vez comentaba la chica. –Zetha ha decidido empezar con un Kingler, este al ser de agua debería tener ventaja en el escenario de tierra, pero su rival no ha sacado un pokemon de este tipo. Sino un Raticate.
-¡Kingler Rayo burbuja! –fue mi primera orden.
-Bajo tierra Raticate. –Mi rival parecía realmente confiado.
Las burbujas expulsadas por Kingler pasaron flotando por el sitio que hasta hacía un momento ocupaba su oponente, pero de este solo quedaba un agujero en el suelo. Yo ordené usar fortaleza justo antes de que aquel ratón bípedo de pelaje marrón saliese a toda velocidad debajo de la tierra y lanzase volando a mi anaranjado cangrejo. Este cayó en la ladera de una de las montañas más altas del estadio y, mientras conseguía incorporarse y recuperar el sentido de la orientación la voz de mi rival ya había dado la siguiente orden.
-Raticate fulmínale con un ataque rayo.
Yo intenté advertirle, pero dijera lo que dijese a Kingler no le dio tiempo a actuar y cuando me quise dar cuenta una gran descarga eléctrica le estaba dejando inconsciente.
Dos gigantescas televisiones de plasma estaban colgadas a ambos lados del estadio para transmitir información, junto con ocasionales anuncios publicitarios, del desarrollo del combate. Cada pantalla estaba dividida por la mitad y en cada mitad se veía la cara de uno de nosotros, a la izquierda la mía y a la derecha la de ese tal Micky. Bajo nuestros rostros habían aparecido, en un pequeño círculo, los de nuestros combatientes. En aquel momento la imagen de Kingler se puso en blanco y negro, eliminando a este del combate.
“Mierda, mi primer combare en la liga y menuda basura para empezarlo. Pero tengo una manera de solucionarlo.”
-¿Cuál será el nuevo pokemon que elegirá el aspirante de Kanto para sacar al ring? –Los comentaristas no habían parado de hacer suspicaces apuntes durante lo que llevábamos de combate animando a los espectadores. Los gritos que estos daban resonaban incluso más fuerte que cuando yo había entrado al escenario, podía oír, entre la muchedumbre como muchos coreaban mi nombre y otros muchos el de mi rival.
Saqué mi segundo pokemon, con la esperanza de que este resultase más eficaz en combate que el anterior. Busqué su pokeball en mi cinturón y Doublade apareció en mitad del campo de batalla. Este tenía la típica forma de dos espadas cruzadas con sendos adornos rosas colgando de cada extremo del mango. Era de tipo acero fantasma, lo cual en teoría me confería ventaja contra el tipo normal de Raticate, pero ya había visto como usaba un ataque tipo tierra y otro tipo eléctrico.
El combate se alargó más de media hora entre estos dos rivales. Yo no podía usar técnicas tipo fantasma ni él tipo normal y aquello se estaba notando. Pero yo contaba con una ventaja que él desconocía, asique aproveché cuando mi rival ordenó a su Raticate volver bajo tierra para hacerme con la victoria.
-Ahora Doublade, utiliza Espada Santa –Fue mi orden.
En aquel momento las hojas de acero que componían su cuerpo se iluminaron como si estuviesen bendecidas por los deseos de un gran y poderoso Dios y, este lanzó un gran haz luminoso que atravesó la tierra destrozándola. Cuando el humo levantado por el ataque se despejó a la vista quedaba un boquete en el escenario de más de cinco metros de profundidad y, en su punto más bajo, medio enterrado por los restos de rocas, se encontraba aquel ratón inconsciente.
-Parece que nuestro concursante de Kanto sabe usar las habilidades de sus pokemon. –Comentaba en aquel momento la mujer. – Ha usado la habilidad indefenso de Doublade, lo que le permite acertar un ataque aunque su enemigo esté bajo tierra, volando a grandes alturas o incluso buceando. Creo que Micky no se esperaba esta jugada.
El segundo pokemon de mi rival fue un Vileplume. Aquel humanoide azul con adornos que parecen una mezcla entre florales y fúngicos en la cabeza. En principio yo debería tener ventaja de tipo al ser Vileplume planta veneno, pero aquel maldito entrenador no paraba de colocarle estados alterados a Doublade, a los cinco minutos de haberlo sacado ya estaba envenenado y paralizado.
-¡Ponte a reunir energía lumínica!
Aquella especie de planta no dudó ni un instante en obedecer a su maestro y, aunque fuese de noche, comenzó a reunir la energía que salía de los inmensos focos del estadio mientras sus hojas, que en principio fueron rojas, se iban tornando con un tono amarillento.
Justo en aquel instante mis armas parecieron recuperar el control sobre su propio cuerpo y, bajo una orden mía, repitieron el ataque que había resultado ganador en la ronda previa. Los ataques se chocaron en el aire. Tras reunir la suficiente energía Vileplume la había concentrado toda en un rayo de destrucción que lanzó desde el centro de su cabeza. Cuando las hondas de Estada Santa tocaron aquel rayo se perdieron de vista en su interior por lo que todos pensamos que aquel último ataque había resultado en vano.
Pero no fue así. Segundos más tarde Doublade se encontraba tirado en un rincón del escenario, incapaz de moverse o continuar el combate, con el acero desconchado e incluso moldeado allí donde el ataque Rayo Solar le había golpeado. Pero su rival no estaba mejor. Vileplume había perdido la mitad de una de sus hojas superiores y tenía un profundo corte en el brazo que no paraba de sangrarle ya que la honda cortante salió por el otro extremo del rayo de energía impactándole de lleno y dejándolo fuera del campo de batalla.
-¡Valla! ¡El combate ha llegado a su punto más emocionante! Ahora a cada rival le queda solo un pokemon por elegir… me preguntó en que estarán pensando cada uno de ellos. ¿Estarán midiendo a su rival en un intento por averiguar qué clase de monstruo sacarán ahora de su bolsillo? –El comentarista masculino comenzaba a caerme peor por momentos, le estaba dando a aquel momento más emoción de la que realmente necesitaba.
-Oye, tú. ¡Micky! –Le llamé desde mi posición. –Para tú información, te aviso de que voy a sacar a la caballería. Más te vale que saques lo más poderoso que tengas porque sino este combate va a perder toda su emoción.
Como respuesta no le vi más que poner una sonrisa de medio lado.
-Charmeleon, a por él.
-Lo que imaginaba –Oí llegar la voz de mi enemigo -Sacas a tu compañero, a tu primer pokemon, supongo que será aquel al que más has entrenado. Pues seguiré tu consejo y sacaré al combate mi mejor carta, tenía pensando reservarlo para la gran final, pero eres un rival duro y creo que valdrá la pena para dar un buen espectáculo.
Y aquella última ronda comenzó con dos grandes rivales que se miraban a los ojos sin sentirse temerosos ninguno ante el otro, como si lo único que buscasen fuese el placer de la batalla y divertirse hasta el final haciéndose con la victoria. A un lado un pokemon bípedo con toques de dragón, el cuerpo anaranjado, un cuerno en la parte posterior de la cabeza y la llama que crepitaba de emoción al final de su cola. Al otro, su rival flotaba sobre el escenario, siendo una alargada serpiente azulada tipo dragón, con un pequeño cuerno en su frente y varias esferas repartidas por todo su cuerpo donde almacenar energía. Respondía al nombre de Dragonair.
Sin lugar a dudas los dirigentes de la liga no podían haber elegido un combate mejor para abrir el torneo, la batalla entre aquellos dos gigantes del combate se había convertido en una de las más señaladas en toda la historia de la liga en menos de cinco minutos. Los espectadores rugían en las gradas, la mayoría ya ni siquiera ocupaba su asiento, los gritos, los vítores y los ánimos eclipsaban el sonido del combate e incluso el de los mismos comentaristas.
Dragonair había comenzado el combate lanzando una gran ráfaga de rayos desde su cuerno, pero el punto fuerte de Charmeleon siempre había sido su increíble velocidad. Apenas un segundo antes de que el rayo impactase sobre él ya no quedaba nadie sobre el que realizar el ataque. Este aprovechó que su rival no esperaba que pudiese moverse tan deprisa para acercarse hasta él y golpearle usando un poderoso cuchillada, pero el dragón no perdió el tiempo y lanzó un hiperrayo justo antes de que las cuchillas llegaran a tocarlo.
-Esquiva eso, no vale la pena golpearle. –Cuando Charmeleon saltaba al combate con un rival tan poderoso como aquel yo le daba consejos, no ordenes.
En efecto decidió hacerme caso y saltar hacia un lado esquivando el rayo antes de terminar el impacto de sus garras. El rayo de energía voló hacia ninguna parte y golpeó donde turnos atrás había estado Kingler, destruyendo desde la base la montaña más alta que había en el escenario del combate. A lo largo de los minutos siguientes Dragonair convocó tormentas de hielo, lanzó rayos capaces de destruir a cualquier pokemon tipo roca o incluso llegó a contrarrestar un lanzallamas de Charmeleon usando el mismo ataque en una potencia similar. Yo nunca había visto a nadie lanzar fuego de aquella manera, incluso al vencer a Blane (líder del gimnasio de fuego de Kanto) siempre había sido mi pokemon el que había hecho los mayores incendios.
Charmeleon aprovechó un momento tras lanzar hiperrayo para acercarse a su oponente y este no pudo hacer nada para evitar la garra metal que se precipitaba contra él ya que debía reponerse de su ataque. Así surgió la primera sangre de Dragón en el escenario, ya que mi tipo fuego no lo había pasado del todo bien durante la tormenta de hielo anterior. Pero, a pesar de ser el primer golpe que conseguía alcanzarle no nos dimos por vencidos, sino que vimos una señal de posible victoria en aquel momento. Comenzamos a combatir su hielo con nuestro fuego, su rayo con nuestra velocidad y su fuego con más fuego.
El ataque hiperrayo se usaba poco por que Micky ya había notado que aquello habría temporalmente una brecha en su defensa.
-¡Ya tengo la manera de vencerle! –Charmeleon sabía que cuando yo decía aquellas palabras no era en vano por lo que no dudó en seguir mis indicaciones al pie de la letra. –¡Mete a ese dragóncito en un cono de fuego!
Parecía que Dragonair no se encontraba del todo cómodo dentro del ataque giro fuego de Charmeleon. Al principio Micky intentó darle órdenes para que saliese de allí pero nosotros nos apañamos para mantenerlo dentro de ese cono de calor. Un par de minutos después a aquel dragón le había entrado el pánico y ya no escuchaba nada, ni siquiera la débil voz de su maestro por encima de los coros del publico de la sala. Y comenzó a lanzar ataques por todas partes sin saber donde se encontraba su agresor y como podía salir de allí. Nosotros esperamos hasta que cometió el error de volver a lanzar aquel ataque del que debía reponerse.
La velocidad de Charmeleon hizo el resto. Antes de que se pudiese volver a centrar en la batalla ya le habíamos hecho una cuchillada y un lanzallamas que nos ensalzaron con la primera victoria de aquella liga.

“Primera batalla, primera victoria.”

martes, 11 de marzo de 2014

Balas de la igualdad. Cap. 6

Capítulo 6: Robo fallido

-¡Eh, tú! ¡Aléjate de ella y déjala hacer su trabajo!
El jefe del equipo debía haberme visto acercarme a su compañera, pero no estaba lo suficientemente alterado como si supiese que la estaba apuntando con mi arma. En cambio ella era otro cantar.
Me miraba directamente a los ojos desde la pequeña abertura que le permitía su pasamontañas, había podido apreciar cómo se dilataban las pupilas de aquellos ojos castaños al notar el cañón de mi arma. Su mirada no transmitía miedo, ni suplica, solamente me miraba como esperando el siguiente paso, como si estuviese evaluando mi siguiente movimiento antes de reaccionar ella. Entonces noté como una mano enguantada tocaba mi hombro.
-¡Vamos apártate! No querrás que nos liemos a tiros.
Y, entonces, sonó el inconfundible estruendo que resulta al disparar un arma sin silenciador. Inconscientemente todos miramos al lugar del que procedía aquello, al otro lado del bar el tercer miembro del equipo de encapuchados se alejaba lentamente de un chaval que debía tener aproximadamente nuestra edad y sujetaba en su mano derecha un arma idéntica a la mía pero con el número cero resaltado en azul en su pantalla. El herido intentaba en vano taponarse con la mano derecha la entrada de bala que tenía en el pecho, en su retirada intentó apoyarse con la mano que le quedaba libre en una mesa pero debieron fallarle las fuerzas porque cayó al suelo llevándose con él el mueble.
-¡Alberto! –fue el grito que no pudo contener su compañera, esta vez sin forzar su voz.
Cuando me vi en situación de reaccionar, ella, para mirar la escena del disparo, se había alejado tanto de mi que mi arma ya no la apuntaba directamente. En cambio el hombre que se encontraba detrás de mi solo se había movido para apuntar, con claras intenciones homicidas, al chaval de la glock. En un acto casi reflejo le empuje golpeando mi hombro contra el suyo, en un gesto ya interiorizado después de años bailando “pogos”. Sus balas fueron a chocar directamente contra la pared que se encontraba justo detrás del joven, sin llegar a tocarlo.
-Isma, encárgate tú de ella. Este es mío. –Creo que no hubiese hecho falta que dijese aquello puesto que mi compañero ya se encontraba detrás de la chica intentando inmovilizarla.
El arma que portaba mi rival era demasiado grande para poder dispararme eficazmente en un espacio tan reducido por lo que intentó golpearme con ella. Yo esquivé la trayectoria dando un paso atrás y aproveché para lanzarle una patada directa al estomago. Pero sus reflejos no eran inferiores a los míos y consiguió evitarla. Se echó a un lado y, ya con la suficiente distancia, apretó el gatillo. Noté un intenso dolor cerca del lado izquierdo de la cadera y aquello me cabreó a sobremanera.
Cegado por la ira me abalancé sobre aquel ladrón ignorando la herida que acababa de producirme. Lo que pasó a continuación fue intenso y borroso, actuaba más por instinto que siendo consciente de mis actos. Recuerdo haberle tirado al suelo y haberme subido encima suya, le golpee con mis nudillos hasta verle sangrar y, en algún momento, consiguió zafarse de mí.
Cuando la policía entró al bar el líder de la banda acababa de marcharse, seguramente porque las sirenas le advirtieron de su presencia, y yo me encontraba tirado en el suelo, apretando la zona por la que previamente había pasado la bala, sangraba y me dolía. Estoy seguro de que en algún momento del forcejeo debí llevarme un golpe en esa zona porque si no hubiese matado a aquel tipo.
El caos gobernaba el lugar mientras los agentes hacían lo que podían por recabar toda la información posible de lo acontecido. La ambulancia que acompañaba a los de las placas se llevó sin dudar al atracador herido mientras los otros detenían a su compañera. Algunos sacaban a los asustados comensales que se habían reunido en “El cordobés” aquella tarde sin tener ni idea de la sorpresa que el destino les tenía preparada mientras otros tomaban declaraciones previas a aquellos que vieron más lucidos, declaraciones que seguro más tarde deberían completar para aclarar todos los hechos.
Estaba viendo como un agente preguntaba a mis amigos, sentado en el suelo y apoyado en la pared, cuando una compañera suya se me acercó. Era rubia, delgada, de cara afilada pero bonita, ojos castaños y labios finos, bajo su formal atuendo se distinguía un cuerpo atractivo. Debía rondar los 27 años.
Al dirigirse a mí me miró directamente a los ojos, poniéndose en cuclillas enfrente de donde me encontraba. Era evidente que se había dado cuenta de que estaba sangrando.
-Oye, ¿cómo te encuentras? –Parecía preocupada de verdad, no porque fuese su trabajo preocuparse- Esa herida está sangrando mucho ¿puedes ponerte en pie para que te lleve con los enfermeros?
-Tranquila, mujer. Ha sido solo un pequeño corte.- Dije mientras me levantaba.
-Soy la agente Torres. Miriam Torres. – parecía preparada para cogerme si en algún momento me flojeaban las fuerzas. Me abrió la puerta del bar mientras continuaba hablando. –Tú debes ser el chico que todos dicen que agarró al tercer miembro de la banda, ¿no?
Llegamos hasta una de las ambulancias que bloqueaban el paso de vehículos en aquella calle y mientras un enfermero me reconocía, observaba mi herida y me la vendaba ella continuó hablando conmigo. Le interesaba todo lo que yo pudiese recordar de lo sucedido, me pidió un resumen antes de comenzar a preguntar por detalles en concreto. Yo colaboraba pero estaba más pendiente de mi herida que de aquella conversación que no recuerdo bien.
-La bala solo te ha rozado. – el hombre que me atendía aprovechó un momento en que la agente apuntaba un dato para explicarme la situación. –No es nada especialmente grave a menos que se te infecte, pero si lo mantienes limpio y te cambias las vendas un par de veces al día no debería causar ningún problema.
Un par de minutos más tarde, cuando se aseguraron de que podía mantenerme en pie, una señora me suplantó en la ambulancia. Debía haber sufrido algún ataque de nervios por la situación.
-Bueno, con lo que me has contado creo que será suficiente. Aunque quizás tengamos que llamarte a testificar en algún momento, asegúrate de quedarte en un sitio donde podamos contactar contigo. –Se dio la vuelta como si fuese a marcharse pero al meter su libreta en el bolsillo se paró en seco y se dirigió a mí de nuevo. –Por cierto, el chico que ha disparado al ladrón herido me ha pedido que te pase esto.
Me ofreció un papel doblado, yo lo cogí y ella se marchó sin decir una sola palabra más. La nota era un fragmento de cuaderno milimetrado, arrancado de cualquier sitio sin cuidado, y doblada dos veces por la mitad. En su interior solo había dos frases escritas:


“Me llamo Rask. Nos vemos en dos días en el escondite.”