Sus manos estaban rojas, de un tono rubí, manchadas de la
sangre, aún caliente, que brotaba de aquel cuerpo. En su rostro resplandecía
una sonrisa, más orgullosa que alegre, pero sonrisa al fin y al cabo. No podía
ocultarlo, se alegraba de verlo allí, agonizando.
Todo el poder del cual alardeaba constantemente estaba
extinto, no podía utilizarlo allí donde estaba, tendido en el suelo, con su
vida escapándose entre sus dedos. Ya no le quedaban fuerzas para nada, no podía
moverse, hablar, ni pedir auxilio. Dedicó su último esfuerzo en memorizar la
cara de su asesino: aquel adolescente de apenas dieciséis años, con su oscuro
cabello largo cubriéndole parte del rostro, sus ojos resplandecientes y una
horrible expresión orgullosa. Le odiaba.
Sonó una campana, de fondo. Ya debía irse, pero quería ver
como su acompañante daba un último suspiro. Le vio abrir la boca en un vano intento
por pedir ayuda, no funcionó, lo único que consiguió fue que una gota de
brillante líquido carmesí corriera por su mejilla. No pudo evitar carcajearse,
ver a alguien tan poderoso en aquella situación era magnifico. Se volvió y
marchó hacia la puerta, sin que el gesto de su cara llegase a desaparecer.
Justo cuando aquel ser daba su último aliento sonó una
campana mucho más cercana y terminaba la clase de la señorita Fids.
Nuestro protagonista cerró su libro, recogió sus cosas y se
marchó feliz. Lo había conseguido, había matado al aburrimiento.
Este mini relato lo escribí durante una clase real a los 18 años... Espero que guste.
ResponderEliminar