Miraba el
suelo, la casilla en la que se encontraba. Era cuadrada, negra, parecida a las
casillas del tablero de ajedrez y no era especialmente grande. Estaba allí, de
pie, esperando a que algo sucediese a su alrededor, algo que le sacase de su ensimismamiento,
que le despejase de su introversión. Esperaba que algo cambiase, que todo
dejase de ser lo mismo, lo mismo que el día anterior, lo mismo que el
siguiente.
Llevaba tanto
tiempo allí que ya no podía contar los días, las horas parecían todas iguales,
lo único que diferenciaba unas de otras era si la luz del sol deslumbraba con
su brillantez o si era la luna la que le distraía con su hermosa luz llena de
promesas; y eso siempre que las paredes de su habitación no estuviesen
cubriendo el exterior. Pero los días eran otra cosa, esos sí que parecían todos
iguales, todos monótonos, aburridos, con la misma gente, las mismas drogas.
Al principio
cuando llegó a esa casilla le pareció un buen lugar, un sitio donde poder
pararse a descansar del largo camino, donde tomarse un tiempo para reflexionar,
para poder elegir con calma cual era la siguiente casilla a la que le
interesaba moverse. Allí se había sentido cómodo, allí parado había conocido a
muchas personas, a grandes amigos, a buenas amantes. También había descubierto
nuevos vicios, había retomado viejas costumbres y olvidado otras que más que
costumbres parecieron cargas.
Allí había
hecho promesas, había sido feliz y había sonreído más abiertamente, más
sincero, de lo que nunca lo había hecho a lo largo del camino. Pero no todo lo
que allí había ocurrido era feliz, también había habido desamores, locuras,
borracheras de las que al día siguiente a penas era capaz de recordar y, sobre
todo, soledad.
Si, se sentía
solo. Pero quizá aquella sensación no se la daban a ausencia de personas sino
la presencia de recuerdos, seguramente de haberse encontrado totalmente a solas en
aquella casilla se habría hallado más cómodo, más fuerte, incluso capaz de
abandonarla. Pero no era así, le acompañaban aquellos malditos.
No sabía porque
no había seguido avanzando, no sabía si se debía a sí mismo, si se había
cansado o si lo que le faltaba era valor para dar otro paso. Tampoco podía
asegurar que no se encontrase allí debido a las presiones externas, a que cada
cual le empujase hacia otro camino, hacia caminos de los que él no quería
saber, de los que no quería escuchar, de los que se habría prometido que jamás
pisaría. Aquello le agobiaba, le agobiaba más que nada. Sabía que tenía que dar
un paso, que tenía que continuar, que quedarse allí parado no solucionaría nada
y a la larga solo acarrearía problemas pero… ¿hacia dónde te mueves cuando no
sabes hacia donde quieres ir?
No hay comentarios:
Publicar un comentario