domingo, 15 de junio de 2014

Encasillado

Miraba el suelo, la casilla en la que se encontraba. Era cuadrada, negra, parecida a las casillas del tablero de ajedrez y no era especialmente grande. Estaba allí, de pie, esperando a que algo sucediese a su alrededor, algo que le sacase de su ensimismamiento, que le despejase de su introversión. Esperaba que algo cambiase, que todo dejase de ser lo mismo, lo mismo que el día anterior, lo mismo que el siguiente.
Llevaba tanto tiempo allí que ya no podía contar los días, las horas parecían todas iguales, lo único que diferenciaba unas de otras era si la luz del sol deslumbraba con su brillantez o si era la luna la que le distraía con su hermosa luz llena de promesas; y eso siempre que las paredes de su habitación no estuviesen cubriendo el exterior. Pero los días eran otra cosa, esos sí que parecían todos iguales, todos monótonos, aburridos, con la misma gente, las mismas drogas.
Al principio cuando llegó a esa casilla le pareció un buen lugar, un sitio donde poder pararse a descansar del largo camino, donde tomarse un tiempo para reflexionar, para poder elegir con calma cual era la siguiente casilla a la que le interesaba moverse. Allí se había sentido cómodo, allí parado había conocido a muchas personas, a grandes amigos, a buenas amantes. También había descubierto nuevos vicios, había retomado viejas costumbres y olvidado otras que más que costumbres parecieron cargas.
Allí había hecho promesas, había sido feliz y había sonreído más abiertamente, más sincero, de lo que nunca lo había hecho a lo largo del camino. Pero no todo lo que allí había ocurrido era feliz, también había habido desamores, locuras, borracheras de las que al día siguiente a penas era capaz de recordar y, sobre todo, soledad.
Si, se sentía solo. Pero quizá aquella sensación no se la daban a ausencia de personas sino la presencia de recuerdos, seguramente de haberse encontrado totalmente a solas en aquella casilla se habría hallado más cómodo, más fuerte, incluso capaz de abandonarla. Pero no era así, le acompañaban aquellos malditos.

No sabía porque no había seguido avanzando, no sabía si se debía a sí mismo, si se había cansado o si lo que le faltaba era valor para dar otro paso. Tampoco podía asegurar que no se encontrase allí debido a las presiones externas, a que cada cual le empujase hacia otro camino, hacia caminos de los que él no quería saber, de los que no quería escuchar, de los que se habría prometido que jamás pisaría. Aquello le agobiaba, le agobiaba más que nada. Sabía que tenía que dar un paso, que tenía que continuar, que quedarse allí parado no solucionaría nada y a la larga solo acarrearía problemas pero… ¿hacia dónde te mueves cuando no sabes hacia donde quieres ir?

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