martes, 11 de marzo de 2014

Balas de la igualdad. Cap. 6

Capítulo 6: Robo fallido

-¡Eh, tú! ¡Aléjate de ella y déjala hacer su trabajo!
El jefe del equipo debía haberme visto acercarme a su compañera, pero no estaba lo suficientemente alterado como si supiese que la estaba apuntando con mi arma. En cambio ella era otro cantar.
Me miraba directamente a los ojos desde la pequeña abertura que le permitía su pasamontañas, había podido apreciar cómo se dilataban las pupilas de aquellos ojos castaños al notar el cañón de mi arma. Su mirada no transmitía miedo, ni suplica, solamente me miraba como esperando el siguiente paso, como si estuviese evaluando mi siguiente movimiento antes de reaccionar ella. Entonces noté como una mano enguantada tocaba mi hombro.
-¡Vamos apártate! No querrás que nos liemos a tiros.
Y, entonces, sonó el inconfundible estruendo que resulta al disparar un arma sin silenciador. Inconscientemente todos miramos al lugar del que procedía aquello, al otro lado del bar el tercer miembro del equipo de encapuchados se alejaba lentamente de un chaval que debía tener aproximadamente nuestra edad y sujetaba en su mano derecha un arma idéntica a la mía pero con el número cero resaltado en azul en su pantalla. El herido intentaba en vano taponarse con la mano derecha la entrada de bala que tenía en el pecho, en su retirada intentó apoyarse con la mano que le quedaba libre en una mesa pero debieron fallarle las fuerzas porque cayó al suelo llevándose con él el mueble.
-¡Alberto! –fue el grito que no pudo contener su compañera, esta vez sin forzar su voz.
Cuando me vi en situación de reaccionar, ella, para mirar la escena del disparo, se había alejado tanto de mi que mi arma ya no la apuntaba directamente. En cambio el hombre que se encontraba detrás de mi solo se había movido para apuntar, con claras intenciones homicidas, al chaval de la glock. En un acto casi reflejo le empuje golpeando mi hombro contra el suyo, en un gesto ya interiorizado después de años bailando “pogos”. Sus balas fueron a chocar directamente contra la pared que se encontraba justo detrás del joven, sin llegar a tocarlo.
-Isma, encárgate tú de ella. Este es mío. –Creo que no hubiese hecho falta que dijese aquello puesto que mi compañero ya se encontraba detrás de la chica intentando inmovilizarla.
El arma que portaba mi rival era demasiado grande para poder dispararme eficazmente en un espacio tan reducido por lo que intentó golpearme con ella. Yo esquivé la trayectoria dando un paso atrás y aproveché para lanzarle una patada directa al estomago. Pero sus reflejos no eran inferiores a los míos y consiguió evitarla. Se echó a un lado y, ya con la suficiente distancia, apretó el gatillo. Noté un intenso dolor cerca del lado izquierdo de la cadera y aquello me cabreó a sobremanera.
Cegado por la ira me abalancé sobre aquel ladrón ignorando la herida que acababa de producirme. Lo que pasó a continuación fue intenso y borroso, actuaba más por instinto que siendo consciente de mis actos. Recuerdo haberle tirado al suelo y haberme subido encima suya, le golpee con mis nudillos hasta verle sangrar y, en algún momento, consiguió zafarse de mí.
Cuando la policía entró al bar el líder de la banda acababa de marcharse, seguramente porque las sirenas le advirtieron de su presencia, y yo me encontraba tirado en el suelo, apretando la zona por la que previamente había pasado la bala, sangraba y me dolía. Estoy seguro de que en algún momento del forcejeo debí llevarme un golpe en esa zona porque si no hubiese matado a aquel tipo.
El caos gobernaba el lugar mientras los agentes hacían lo que podían por recabar toda la información posible de lo acontecido. La ambulancia que acompañaba a los de las placas se llevó sin dudar al atracador herido mientras los otros detenían a su compañera. Algunos sacaban a los asustados comensales que se habían reunido en “El cordobés” aquella tarde sin tener ni idea de la sorpresa que el destino les tenía preparada mientras otros tomaban declaraciones previas a aquellos que vieron más lucidos, declaraciones que seguro más tarde deberían completar para aclarar todos los hechos.
Estaba viendo como un agente preguntaba a mis amigos, sentado en el suelo y apoyado en la pared, cuando una compañera suya se me acercó. Era rubia, delgada, de cara afilada pero bonita, ojos castaños y labios finos, bajo su formal atuendo se distinguía un cuerpo atractivo. Debía rondar los 27 años.
Al dirigirse a mí me miró directamente a los ojos, poniéndose en cuclillas enfrente de donde me encontraba. Era evidente que se había dado cuenta de que estaba sangrando.
-Oye, ¿cómo te encuentras? –Parecía preocupada de verdad, no porque fuese su trabajo preocuparse- Esa herida está sangrando mucho ¿puedes ponerte en pie para que te lleve con los enfermeros?
-Tranquila, mujer. Ha sido solo un pequeño corte.- Dije mientras me levantaba.
-Soy la agente Torres. Miriam Torres. – parecía preparada para cogerme si en algún momento me flojeaban las fuerzas. Me abrió la puerta del bar mientras continuaba hablando. –Tú debes ser el chico que todos dicen que agarró al tercer miembro de la banda, ¿no?
Llegamos hasta una de las ambulancias que bloqueaban el paso de vehículos en aquella calle y mientras un enfermero me reconocía, observaba mi herida y me la vendaba ella continuó hablando conmigo. Le interesaba todo lo que yo pudiese recordar de lo sucedido, me pidió un resumen antes de comenzar a preguntar por detalles en concreto. Yo colaboraba pero estaba más pendiente de mi herida que de aquella conversación que no recuerdo bien.
-La bala solo te ha rozado. – el hombre que me atendía aprovechó un momento en que la agente apuntaba un dato para explicarme la situación. –No es nada especialmente grave a menos que se te infecte, pero si lo mantienes limpio y te cambias las vendas un par de veces al día no debería causar ningún problema.
Un par de minutos más tarde, cuando se aseguraron de que podía mantenerme en pie, una señora me suplantó en la ambulancia. Debía haber sufrido algún ataque de nervios por la situación.
-Bueno, con lo que me has contado creo que será suficiente. Aunque quizás tengamos que llamarte a testificar en algún momento, asegúrate de quedarte en un sitio donde podamos contactar contigo. –Se dio la vuelta como si fuese a marcharse pero al meter su libreta en el bolsillo se paró en seco y se dirigió a mí de nuevo. –Por cierto, el chico que ha disparado al ladrón herido me ha pedido que te pase esto.
Me ofreció un papel doblado, yo lo cogí y ella se marchó sin decir una sola palabra más. La nota era un fragmento de cuaderno milimetrado, arrancado de cualquier sitio sin cuidado, y doblada dos veces por la mitad. En su interior solo había dos frases escritas:


“Me llamo Rask. Nos vemos en dos días en el escondite.”

1 comentario:

  1. Bien! por fin uno nuevo xDD Mola, y parece que ese tal Zetha tiene bastante coña, por lo que veo, no todo el mundo puede decir que una bala solo le ha rozado xD

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