miércoles, 14 de agosto de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 5

Capitulo 5: Un par de días después

Un par de días más tarde me encontraba en la barra de un bar conversando con Isma. Un chico delgado, rozando el metro setenta, llevaba el pelo corto y castaño oscuro, ojos verdes, nariz aguileña y labios finos. Vestía unos pantalones militares, botas y una camiseta negra de manga corta, sin ningún dibujo. Sujetaba un vaso con cerveza en su mano izquierda, apoyada en la barra, y estaba medio sentado en uno de los taburetes, con una pierna haciéndole de apoyo en el suelo.
-¿Y te la cargaste así? ¿Sin más?
-Que si macho, que pasaditos estáis todos… A ninguno nos caía especialmente bien, no es una gran pérdida. No entiendo porqué os escandalizáis tanto.
-Tío, has matado a una persona. –Para Isma parecía un argumento inquebrantable.
-Mira, estas balas están para usarlas y si nos vas a hacerlo lo mejor será que la vendas.
-La verdad es que no tengo ni idea de que haré cuanto tenga la mía, lo he pensado varias veces y aunque el dinero me vendría bien no quiero deshacerme tan rápido de ella. Y gastarla… no se tío, me da reparo. Además no sabría con quién.
-Aquí las tenéis, la especialidad de la casa. –El camarero, al otro lado de la barra, acababa de llegar a nuestra altura. –Unas tortipizzas recién hechas.
El camarero de “El cordobés”, un pequeño bar cosladeño que solíamos frecuentar cerca del recinto ferial de la ciudad, era amigo nuestro. Un poco más alto que Isma, algo más ancho que él, joven, no mayor que nosotros, de cara redondeada aún estando delgado, pelo rojo alborotado, sonrisa sarcástica y ojos castaños detrás de unas gafas, el camarero vestía una camiseta negra con una frase que mostraba su descontento ante la famosa “Orden 66” y vaqueros pirata, se jactaba de haber inventado aquella deliciosa combinación que nos acababa de servir y respondía al nombre de Sany.
-Oye, ¿Cuándo vas a acabar tu turno? –Preguntó Isma mientras rechazaba con un gesto amable su porción. –Cómo sigamos esperándote aquí no vamos a tener pasta para pagarte todas las rondas.
-No os preocupéis. A esta os invito yo. –Respondió mientras limpiaba unos vasos –Y, respecto a lo otro, estoy esperando que venga mi padre a sustituirme. Ya no puede tardar más de veinte minutos.
-Isma, me encanta compartir tapas contigo. –dije mientras devoraba la porción de tortipizza que le correspondía a mi compañero. -Eres tan selectivo comiendo que siempre acabo con comida extra.
En aquel preciso momento, mientras yo estaba de espaldas a la puerta principal del bar oí como esta se habría de golpe y entraban varias personas. Comencé a alarmarme cuando vi desaparecer la sonrisa del rostro de Isma y como su mirada se clavaba en los nuevos visitantes. Cuando me giré solo pude ver a tres personas completamente vestidas de negro, con pasamontañas que llevaban algún tipo de arma de repetición en las manos.
-¡Todo el mundo quieto! –Gritó el primero que había entrado, el más alto y corpulento de los tres, por su voz era claramente un hombre. –Si cooperáis no sufriréis ningún daño.
En unos segundos aquel pequeño bar donde la gente reía y hablaba amistosamente se había convertido en un sala desordenada dónde grupos de personas se aproximaban unos a otros en pos de conseguir una falsa sensación de seguridad, algunos aún sentados en las mesas miraban tensos a ninguna parte por miedo a provocar a los asaltantes si les miraban directamente, otros, que se habían puesto de pie por instinto, dirigían miradas amenazantes a aquellos hombres vestidos de negro, dispuestos a defenderse si intentaban algo excesivo. Aquí  allá pude ver algunos rostros en cuyos ojos comenzaban a acumularse las lágrimas.
Mientras yo analizaba la escena mis amigos, sin moverse ni milímetro, se habían unido al grupo de las miradas amenazantes.
-Solo queremos vuestras balas. –Continuó hablando el que, claramente, era el líder de la banda –Ya sabéis cómo va esto, lo habéis visto en las noticias de la tele. Si nos entregáis vuestras balas nos marcharemos de aquí sin hacer daño a nadie. Decidid qué preferís conservar: las balas o la vida.
Era cierto, en los últimos años debido a una nueva crisis económica se habían dado casos de atracadores que asaltaban lugares atestados de personas: supermercados, bares, oficinas de alguna empresa, etc. Con el simple propósito de apoderarse de las balas de el mayor número de personas posibles y poder sacarse una tajada vendiéndolas. Pero, al menos yo, no estaba dispuesto a entregar la mía. Hacía demasiado poco que la había conseguido.
Mientras hombre que había hablado se quedaba cerca de la puerta apuntando con su arma a todo el mundo los otros dos comenzaron a dirigirse a la clientela del local. Cada uno llevaba en la mano un pequeño aparato con un lector de huellas dactilares y una pequeña pantalla, no eran difíciles de conseguir, podían comprarse en cualquier tienda de armas, al colocar en dedo en el lector aparecía en la pantalla en número de balas del propietario y varias opciones que hacer con ellas, entre las que se encontraba la opción de cedérsela a la memoria de la máquina.
-Extienda la mano derecha y coloque el dedo aquí. -Uno de los dos individuos encapuchados llegó a nuestra altura y se acercó a Isma, por ser el que se encontraba más cerca de él. El que se nos había acercado era en más bajito de los tres, había forzado la voz, supongo que para que no pudiésemos identificarle, pero en su camiseta se adivinaban la forma de los pequeños pechos, debía ser una mujer.
Mientras sujetaba el aparato y se aseguraba de que Isma tuviese bien colocado el dedo en el lector aquella mujer no tenía acceso a su arma, que llevaba colgada cual bandolera cruzándole el pecho. Aproveche los segundos que tardaba aquella maquina en conectarse vía satélite con los servidores y me acerqué a ella en solo paso mientras cogía mi glock, oculta bajo mi camiseta en mi espalda, y le apuntaba en el abdomen.
-Más le vale que no mueva ni un musculo.

En aquel preciso momento apareció en la pantalla el símbolo que indicaba que la huella dactilar pertenecía a un menor de edad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario