Al fin, ya es
la hora de salir de la oficina. Además es viernes y me espera un fin de semana
lejos de la ciudad, sin oír coches, sin humos, sin todo el gentío que implica
vivir en una ciudad. Y, lo mejor de todo, lejos del cabrón de mi jefe. Hoy se
me ha puesto hecho una fiera en cuanto
me ha visto por la mañana, por lo visto al señorito le molesta que me haya
pedido el lunes y como bien le he dicho son mis días libres así que me los
reparto como a mí me da la gana. El viaje de colegas se ha vuelto una tradición,
hacemos uno al mes ya llueva o nieve, y no me pienso perder este por mucho que
él se queje.
Pero casi
prefiero ni pensar en ese arrogante, calvo y viejo cúmulo de grasas porque me
hierve la sangre cada vez que lo hago. Su absoluta prepotencia y el abierto
desprecio que me muestra hacen que me vea a obligado a contenerme cada vez que me
habla. He perdido la cuenta de las veces que me he imaginado estallando su
cráneo contra la esquina de su elegante mesa de despacho, impactando mi puño en
la boca de su estómago hasta hacerlo postrarse de rodillas o agarrando un brazo suyo obligándole a doblarlo en su espalda
en una postura innatural hasta romperlo. Los días como hoy, en que la ira me domina,
mi imaginación es tan vívida que llega a asustarme.
Llevo tanto
tiempo sumido en mis pensamientos que casi me salto la parada del metro en la
que me tenía que bajar, por suerte he visto el cartel con el nombre antes de que
las puertas comenzasen a cerrarse. Subo las escaleras, pero no las mecánicas
esas están siempre abarrotadas y me agobia. Salgo y comienzo a andar calle
abajo, hemos quedado todos en un parque no muy lejano, a menos de cinco minutos
de la parada. En el segundo cruce giro a la izquierda para bajar por una
paralela, no es el camino más corto pero lo prefiero antes que pasar por enfrente
del escaparate de la joyería Oliver. Solo de pensar en las pulseras tan
brillantes, plateadas y adornadas que se muestran se me eriza el vello de los
brazos. No entiendo como la gente puede ponerse esas cosas.
Veo el parque
al final de la calle. Miro el reloj, llego más de quince minutos tarde pero
supongo que ya estarán acostumbrados, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y
para gente que nos llevamos conociendo tantos años no será sorpresa. En el
grupo somos siete, cuatro hombres y tres mujeres, y hemos pasado juntos por
casi todo, entre nosotros se han formado parejas, ha habido rupturas, a veces
hemos discutido e incluso hemos llegado a las manos, pero tratándose de nuestra
gente asumo que es normal. Nos conocimos en la adolescencia, supongo que fue el
destino quien nos unió porque, desde luego, no fue algo casual.
Al llegar les
saludo a todos, uno por uno, efectivamente soy el último. Todo está preparado
para el viaje y nadie lleva más equipaje que lo que quepa en la mochila. Nos repartimos
en dos coches y, por el simple afán competitivo que nos define, acabamos provocando
pequeñas carreras durante las partes del trayecto que sabemos más seguras. Tardamos
varias horas en llegar a nuestro destino, pero con el buen humor que nos
acompaña y sabiendo que vamos a disfrutar de tres días lejos de la rutina y el estrés,
no notamos el paso del tiempo.
Nos dirigimos
a un pequeño pueblo abandonado cerca de la cordillera cantábrica, apenas tiene
una docena de edificios aún en pie y la naturaleza se ha ido abriendo paso por
las distintas construcciones que lo forman. Es una imagen que siempre me ha
gustado, las flores que en su día solo adornaban algunos jardines proliferan
ahora por doquier, los pisos superiores de algunos edificios se han convertido
en nidos donde las aves típicas de la zona se asientan para criar a su progenie
y en mitad de lo que debió ser la calle principal ahora crece un hermoso
manzano. Allí no tenemos donde dormir pero no nos preocupa, las noches que se
avecinan van a ser más activas que sus días y tampoco tenemos nada que comer
pero ya nos ocuparemos de ese problema cuando surja.
Al llegar ya
está anocheciendo, tenemos que darnos prisa. Como no queremos que sufran ningún
daño hemos aparcado a las afueras del pueblo, tenemos alrededor de una hora
para llegar a él, buscar un lugar donde dejar nuestras cosas y prepararnos para
lo que se avecina. Nada más bajar del coche noto el frio viento otoñal, no me
molesta. Resfriarse lleva años sin ser algo de lo que ninguno de nosotros deba
preocuparse, en el fondo, hasta las maldiciones tienen un lado positivo, ¿no?
Sabemos que se
acerca el momento porque empezamos a sentirnos incómodos, estamos más tensos,
ya nadie hace bromas y las conversaciones se han reducido a lo estrictamente
necesario. Nos desvestimos y dejamos nuestra ropa junto a las mochilas en una
habitación del segundo piso del único edificio que no parece a punto de
derrumbarse. Las estrellas brillan en el firmamento cuando nos reunimos todos
en la plaza central, ansiosos.
Entonces, tras
una nube aparece la luna llena y comienza a ejercer su efecto. No puedo apartar
los ojos. Es hermosa, pura y brilla con una intensidad que me deja absorto. Es
un estúpido sentimiento de amor odio lo que siento por ella. Entonces comienza
el proceso, noto como mis músculos se tensan, se calientan y empiezan a
cambiar, tirando de los huesos a los que están unidos con tanta fuerza que
llegan incluso a partirlos. El dolor me invade, lentamente al principio, más rápido
después de unos minutos, pero en menos de media hora es tan intenso que creo
que están rompiéndome célula a célula. Me retuerzo, caigo al suelo contorsionándome,
aprieto la mandíbula para contener los gritos. Oigo como mis compañeros pasan
por lo mismo, como algunos de ellos incapaces de resistirse emiten alaridos que
deben oírse en kilómetros a la redonda. No puedo verlos porque cuando me doy
cuenta tengo los ojos fuertemente cerrados, es todo tan intenso que no te
permite pensar en otra cosa. Me dejo llevar porque sé que es lo mejor, intentar
resistirse solo traerá más problemas.
El proceso
entero dura aproximadamente dos horas y después de él apenas recuerdo nunca
nada. Aunque mi mente evoca vagas sensaciones. Guiarme más por mi olfato que
por mi vista o mi oído, aullar al astro al que tan ligado me siento, sentir la
libertad de correr libre con mis amigos, no, con mi manada…
Para cuando
despierto el sol está en su máximo esplendor, no llevo reloj pero debe de ser
cerca del mediodía. También noto la tripa llena y tengo manchas de sangre que
no me pertenece por distintas partes, debí cazar alguna presa durante el
transcurso de la noche. Miro a mi alrededor, no estoy en el pueblo, ni siquiera
cerca, pero estos tres días tengo los sentidos más desarrollados, no me costará
encontrar el camino de vuelta.
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