jueves, 9 de octubre de 2014

Algo más de 1.000 palabras.

Al fin, ya es la hora de salir de la oficina. Además es viernes y me espera un fin de semana lejos de la ciudad, sin oír coches, sin humos, sin todo el gentío que implica vivir en una ciudad. Y, lo mejor de todo, lejos del cabrón de mi jefe. Hoy se me ha puesto hecho una fiera  en cuanto me ha visto por la mañana, por lo visto al señorito le molesta que me haya pedido el lunes y como bien le he dicho son mis días libres así que me los reparto como a mí me da la gana. El viaje de colegas se ha vuelto una tradición, hacemos uno al mes ya llueva o nieve, y no me pienso perder este por mucho que él se queje.
Pero casi prefiero ni pensar en ese arrogante, calvo y viejo cúmulo de grasas porque me hierve la sangre cada vez que lo hago. Su absoluta prepotencia y el abierto desprecio que me muestra hacen que me vea a obligado a contenerme cada vez que me habla. He perdido la cuenta de las veces que me he imaginado estallando su cráneo contra la esquina de su elegante mesa de despacho, impactando mi puño en la boca de su estómago hasta hacerlo postrarse de rodillas o agarrando un brazo suyo obligándole a doblarlo en su espalda en una postura innatural hasta romperlo. Los días como hoy, en que la ira me domina, mi imaginación es tan vívida que llega a asustarme.
Llevo tanto tiempo sumido en mis pensamientos que casi me salto la parada del metro en la que me tenía que bajar, por suerte he visto el cartel con el nombre antes de que las puertas comenzasen a cerrarse. Subo las escaleras, pero no las mecánicas esas están siempre abarrotadas y me agobia. Salgo y comienzo a andar calle abajo, hemos quedado todos en un parque no muy lejano, a menos de cinco minutos de la parada. En el segundo cruce giro a la izquierda para bajar por una paralela, no es el camino más corto pero lo prefiero antes que pasar por enfrente del escaparate de la joyería Oliver. Solo de pensar en las pulseras tan brillantes, plateadas y adornadas que se muestran se me eriza el vello de los brazos. No entiendo como la gente puede ponerse esas cosas.
Veo el parque al final de la calle. Miro el reloj, llego más de quince minutos tarde pero supongo que ya estarán acostumbrados, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y para gente que nos llevamos conociendo tantos años no será sorpresa. En el grupo somos siete, cuatro hombres y tres mujeres, y hemos pasado juntos por casi todo, entre nosotros se han formado parejas, ha habido rupturas, a veces hemos discutido e incluso hemos llegado a las manos, pero tratándose de nuestra gente asumo que es normal. Nos conocimos en la adolescencia, supongo que fue el destino quien nos unió porque, desde luego, no fue algo casual.
Al llegar les saludo a todos, uno por uno, efectivamente soy el último. Todo está preparado para el viaje y nadie lleva más equipaje que lo que quepa en la mochila. Nos repartimos en dos coches y, por el simple afán competitivo que nos define, acabamos provocando pequeñas carreras durante las partes del trayecto que sabemos más seguras. Tardamos varias horas en llegar a nuestro destino, pero con el buen humor que nos acompaña y sabiendo que vamos a disfrutar de tres días lejos de la rutina y el estrés, no notamos el paso del tiempo.
Nos dirigimos a un pequeño pueblo abandonado cerca de la cordillera cantábrica, apenas tiene una docena de edificios aún en pie y la naturaleza se ha ido abriendo paso por las distintas construcciones que lo forman. Es una imagen que siempre me ha gustado, las flores que en su día solo adornaban algunos jardines proliferan ahora por doquier, los pisos superiores de algunos edificios se han convertido en nidos donde las aves típicas de la zona se asientan para criar a su progenie y en mitad de lo que debió ser la calle principal ahora crece un hermoso manzano. Allí no tenemos donde dormir pero no nos preocupa, las noches que se avecinan van a ser más activas que sus días y tampoco tenemos nada que comer pero ya nos ocuparemos de ese problema cuando surja.
Al llegar ya está anocheciendo, tenemos que darnos prisa. Como no queremos que sufran ningún daño hemos aparcado a las afueras del pueblo, tenemos alrededor de una hora para llegar a él, buscar un lugar donde dejar nuestras cosas y prepararnos para lo que se avecina. Nada más bajar del coche noto el frio viento otoñal, no me molesta. Resfriarse lleva años sin ser algo de lo que ninguno de nosotros deba preocuparse, en el fondo, hasta las maldiciones tienen un lado positivo, ¿no?
Sabemos que se acerca el momento porque empezamos a sentirnos incómodos, estamos más tensos, ya nadie hace bromas y las conversaciones se han reducido a lo estrictamente necesario. Nos desvestimos y dejamos nuestra ropa junto a las mochilas en una habitación del segundo piso del único edificio que no parece a punto de derrumbarse. Las estrellas brillan en el firmamento cuando nos reunimos todos en la plaza central, ansiosos.
Entonces, tras una nube aparece la luna llena y comienza a ejercer su efecto. No puedo apartar los ojos. Es hermosa, pura y brilla con una intensidad que me deja absorto. Es un estúpido sentimiento de amor odio lo que siento por ella. Entonces comienza el proceso, noto como mis músculos se tensan, se calientan y empiezan a cambiar, tirando de los huesos a los que están unidos con tanta fuerza que llegan incluso a partirlos. El dolor me invade, lentamente al principio, más rápido después de unos minutos, pero en menos de media hora es tan intenso que creo que están rompiéndome célula a célula. Me retuerzo, caigo al suelo contorsionándome, aprieto la mandíbula para contener los gritos. Oigo como mis compañeros pasan por lo mismo, como algunos de ellos incapaces de resistirse emiten alaridos que deben oírse en kilómetros a la redonda. No puedo verlos porque cuando me doy cuenta tengo los ojos fuertemente cerrados, es todo tan intenso que no te permite pensar en otra cosa. Me dejo llevar porque sé que es lo mejor, intentar resistirse solo traerá más problemas.
El proceso entero dura aproximadamente dos horas y después de él apenas recuerdo nunca nada. Aunque mi mente evoca vagas sensaciones. Guiarme más por mi olfato que por mi vista o mi oído, aullar al astro al que tan ligado me siento, sentir la libertad de correr libre con mis amigos, no, con mi manada…

Para cuando despierto el sol está en su máximo esplendor, no llevo reloj pero debe de ser cerca del mediodía. También noto la tripa llena y tengo manchas de sangre que no me pertenece por distintas partes, debí cazar alguna presa durante el transcurso de la noche. Miro a mi alrededor, no estoy en el pueblo, ni siquiera cerca, pero estos tres días tengo los sentidos más desarrollados, no me costará encontrar el camino de vuelta.

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