María salió de
su coche a toda prisa y cruzó la distancia que la separaba del portal mientras
se cubría de la lluvia con la chaqueta puesta sobre la cabeza, acababa de
ducharse a la salida del gimnasio y no quería tener que volver a hacerlo. Subió
por las escaleras hasta llegar a su piso, le gustaba sentir esa punzada de
dolor en sus piernas tras varias horas de entrenamiento. Al abrir la puerta de
su apartamento la recibió su propia imagen reflejada en el espejo de entrada.
Hacía un par
de años que había pasado la barrera de los cuarenta pero gracias a la cantidad
de horas que le dedicaba al ejercicio y a una genética claramente favorecedora
no lo parecía. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta, tenía los ojos
castaños y el rostro afilado. Vestía ropa deportiva: chándal, camiseta y
zapatillas; también una mochila que llevaba colgada a un solo hombro.
Se
dirigió directamente a la cocina, a comer algo. Dejó la mochila en la encimera,
rebuscó en el bol de la fruta y sacó una manzana roja, una de sus favoritas…
-Ya
pensé que pasarías la noche fuera.
Un
escalofrío subió por su espalda al escuchar aquella voz, la manzana se le calló
de las manos y se dio la vuelta preparada para enfrentarse a quién estuviera
allí. En la penumbra del salón vio a un hombre sentado en una silla, parecía
demacrado, el cabello graso y lacio le caía a los lados del rostro, la barba
crecía por su rostro como la enredadera crece en una casa abandonada, sus ropas
estaban raídas y sucias y sujetaba en su mano derecha un vaso de cuyo liquido
color ámbar dio un trago. En la mesa, a pocos centímetros del hombre, había una
botella ya medio vacía de whisky.
-¿Quién
eres? ¿Qué haces aquí?
-¿Acaso
ya no me reconoces?
Entonces
la luz proveniente de la lámpara de la cocina se reflejó en los ojos azul
eléctrico de aquel desconocido y fue todo lo que María necesitó para
reconocerle. El hombre ante el que se encontraba era Javier, su exmarido.
Llevaban, al menos, seis años sin verse. Él siempre había sido un tipo de negocios,
un importante puesto en una importante empresa. Siempre iba trajeado, afeitado
y con el pelo perfectamente cortado; pero, después de lo sucedido ¿Quién le iba
a reprochar nada?
-¿Qué
haces aquí, Javi? ¿Qué te ha pasado?
Él
sonrió y ella se relajó un poco, aunque no se movió de su posición.
-Es
curioso, no tienes ninguna foto suya en toda la casa. No solo eso, no tienes
ningún recuerdo suyo en toda tu vida… En toda tu nueva vida. –Se había puesto
serio otra vez, su mirada era turbia como si no fuese capaz de enfocarla bien.
Quizá se debiese a los efectos del alcohol-. ¿Quieres saber qué me ha pasado?
Lo mismo que a ti, supongo. Solo que yo no conocía las respuestas.
-¿Las
respuestas? No sé a qué te refieres. Mira, es tarde y estás borracho. Lo mejor
será que te marches. –Avanzó un paso hacia él, lentamente, con las manos
extendidas buscando su colaboración-. Si quieres hablar podemos quedar otro día
a tomar un café…
El
fuerte golpe del vaso contra la mesa dejó la frase a la mitad. Javier se había levantado,
la miraba fijamente y las manos le temblaban.
-¿A
tomar un café? ¿Me vas a invitar a uno de esos cafés con vainilla que
acostumbrabas a tomar después de dejar a Rodri en clase?
Ella
se quedó paralizada, en la misma posición en la que estaba: sin bajar los
brazos, sin parpadear, con la boca medio abierta a punto de decir algo. Hacía
muchísimo que no pensaba en él así. Su hijo, su niño, le echaba tanto de menos…
Rodrigo había sido un niño tan feliz, tan vivaz. Si no hubiese ocurrido aquel
maldito accidente aún podría estar jugando con él.
-No
he vuelto a tomar ese tipo de café desde entonces, ya lo sabes. –Su voz había
cambiado, ahora sonaba cansada. También había perdido la postura, había bajado
las manos, tenía los hombros caídos y la espalda un poco encorvada. En su
rostro aparecieron arrugas y empezó a aparentar más edad de la que realmente
tenía-. Si has venido a hablar sobre el accidente puedes marcharte. No tengo
nada más que decir, eso ya forma parte del pasado.
-He
venido, precisamente, para hablar de ese accidente. –Al ver el cambio en su
exmujer se había relajado y volvió a tomar asiento-. He descubierto un par de
cosas nuevas.
-¿Has
descubierto? ¿Había algo más que descubrir? Ya detuvieron y encarcelaron al
cabrón que le atropelló. ¿Qué más quieres?
-Un
porqué. –La respuesta fue clara y directa-. Siempre me había faltado un porqué.
¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a nuestro hijo?
-¿Acaso
tienen respuesta esas preguntas? –Agotada se acercó a una de las sillas de la
cocina y se sentó en ella. Hablaban desde dos habitaciones diferentes y ninguno
de los dos parecía tener la menor intención de cambiar eso.
-Yo
tampoco estaba seguro, así que empecé buscando soluciones a cuestiones más
sencillas como: ¿Por qué estaba ese desgraciado en nuestra calle? ¿Por qué
tenía tanta prisa? O ¿Por qué no estaba atento a la carretera cuando todo
ocurrió?
María
notaba el corazón latir en su pecho a tanta velocidad que cada latido parecía
doloroso, sus miradas se habían cruzado hacía un instante y ninguno de los dos
la retiró. Ella creyó sentir el odio acumulándose en la de él. Trató continuar
con la conversación pero las palabras no salieron de la garganta, tragó saliva
y lo intentó de nuevo:
-Y
esas preguntas… ¿Tenían respuestas?
Él
se tomó un largo minuto en responder, sin apartar la mirada de los ojos de
ella.
-Sí, las
tienen. –Otro silencio, esta vez más corto-. Por lo visto algunos testigos le
vieron bajar de la terraza de un edificio cercano, descolgándose de ella. Según
su propia declaración de los hechos “Se
había distraído porque se le habían desabrochado algunos botones de la camisa.”
También parece ser que era el camarero del Starbucks que teníamos al lado
de casa y que aquella mañana había llamado diciendo que se encontraba enfermo y
que no podría ir. Además recuerdo que yo salí temprano ese día de la oficina y
cuando llegué a casa, dos horas antes de lo habitual, me pareciste un poco
agobiada.
Mientras
Javier hablaba, ella había bajado la mirada hacia el suelo. No dijo nada, se
tapó el rostro con las manos aunque eso tampoco pudo contener las lágrimas. Las
notaba correr por sus mejillas, calientes, quemándola como ácido. Su
respiración era entrecortada, superficial y había comenzado a temblar por todo
el cuerpo. Él se levantó del asiento, cogió la botella por el cuello y se
dispuso a marcharse de aquella casa. Sus sospechas quedaban confirmadas, ya no
tenía ninguna razón para seguir allí pero antes de cruzar el umbral de la
puerta dijo una última frase:
-Supongo que el que busca la verdad corre el riesgo de
encontrarla.
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