jueves, 6 de noviembre de 2014

Ella, la botella

Está hecha de cristal, un cristal grueso que ha aguantado varias caídas y golpes contra el suelo, totalmente cilíndrica de base ancha y cuello estrecho,  con un grabado de un pez saltando sobre una charca o un lago en lo que debe de ser el frente. El tapón es blanco, hermético, con una abrazadera metálica para que no se pierda y un poco duro cuando intentas abrirlo. Al principio pensé que se con el paso del tiempo se volvería más suave pero me equivocaba.
La verdad es que es muy disimulada, con el cierre tan seguro que tiene ni el olor escapa de ella y como la relleno aquí mismo, en la fuente de agua que hay en el pasillo junto a la puerta, nadie se da cuenta de qué es lo que bebo.
Es bastante mayor, lleva conmigo al menos quince años, y llegó a mis manos por pura casualidad. Me la regaló un compañero del trabajo que se jubilaba cuando yo entré, me dijo: “Ten cuidado, no la uses mucho, ha sido mi salvación en los momentos más duros pero también mi perdición cuando me volví adicto a ella.”
He tenido momentos peliagudos por su culpa, pero aprendí pronto a tener una reserva de caramelos de menta en mi mesilla para disimular el aliento que me deja. Algunas veces mezclo un poco con el café de la mañana, me anima bastante el día y sabe mejor que a palo seco. Una vez probé a echarle limón para que no supiese tan fuerte pero esta maldita acabó convirtiéndolo en más de lo mismo en menos de cinco minutos.
Puesto que me la he llevado alguna vez de fiesta mis amigos ya la conocen e incluso la idolatran, tengo que tener cuidado de que no me la quiten. Es lo que más me gusta de ella, acabo ahorrándome un dineral, si por casualidad estamos en un garito y se me acaba la bebida solo tengo que acercarme inocentemente a la barra y pedirles que me la rellenen de agua. La verdad es que preferiría que lo transformase en algo un poco más Johnny Walker y un poco menos Eristoff, pero claro, en ese caso el color no disimularía lo mismo.
Es difícil de ocultar y demasiado pesada para llevarla siempre encima pero a pesar de todos los inconvenientes que pueda sacarle es, sin lugar a dudas, el objeto más valioso que poseo. He intentado averiguar de dónde proviene, dónde podría comprar otra, pero resulta imposible. El cristal no tiene marcas, códigos de referencia ni ninguna marca a parte del pez saltarín y por internet no encuentro nada sobre botellas capaces de transmutar la bebida.

Preguntarle a su anterior dueño tampoco es una opción por lo visto la cirrosis acabó con él al poco de abandonar la empresa. Todos dicen que se había vuelto un alcohólico, que había perdido el control sobre su vida, que incluso habían estado a punto de echarlo. Supongo que le pasó porque era débil, es una tentación tenerla siempre tan cerca, tan fácil y tan gratis pero yo soy fuerte. Conmigo no podrá. Imposible. Bueno, al menos eso creo.

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