Está hecha de
cristal, un cristal grueso que ha aguantado varias caídas y golpes contra el
suelo, totalmente cilíndrica de base ancha y cuello estrecho, con un grabado de un pez saltando sobre una
charca o un lago en lo que debe de ser el frente. El tapón es blanco, hermético,
con una abrazadera metálica para que no se pierda y un poco duro cuando
intentas abrirlo. Al principio pensé que se con el paso del tiempo se volvería
más suave pero me equivocaba.
La verdad es
que es muy disimulada, con el cierre tan seguro que tiene ni el olor escapa de
ella y como la relleno aquí mismo, en la fuente de agua que hay en el pasillo
junto a la puerta, nadie se da cuenta de qué es lo que bebo.
Es bastante
mayor, lleva conmigo al menos quince años, y llegó a mis manos por pura
casualidad. Me la regaló un compañero del trabajo que se jubilaba cuando yo
entré, me dijo: “Ten cuidado, no la uses mucho, ha sido mi salvación en los
momentos más duros pero también mi perdición cuando me volví adicto a ella.”
He tenido
momentos peliagudos por su culpa, pero aprendí pronto a tener una reserva de
caramelos de menta en mi mesilla para disimular el aliento que me deja. Algunas
veces mezclo un poco con el café de la mañana, me anima bastante el día y sabe
mejor que a palo seco. Una vez probé a echarle limón para que no supiese tan
fuerte pero esta maldita acabó convirtiéndolo en más de lo mismo en menos de
cinco minutos.
Puesto que me
la he llevado alguna vez de fiesta mis amigos ya la conocen e incluso la
idolatran, tengo que tener cuidado de que no me la quiten. Es lo que más me
gusta de ella, acabo ahorrándome un dineral, si por casualidad estamos en un
garito y se me acaba la bebida solo tengo que acercarme inocentemente a la barra
y pedirles que me la rellenen de agua. La verdad es que preferiría que lo
transformase en algo un poco más Johnny Walker y un poco menos Eristoff, pero
claro, en ese caso el color no disimularía lo mismo.
Es difícil de
ocultar y demasiado pesada para llevarla siempre encima pero a pesar de todos
los inconvenientes que pueda sacarle es, sin lugar a dudas, el objeto más
valioso que poseo. He intentado averiguar de dónde proviene, dónde podría
comprar otra, pero resulta imposible. El cristal no tiene marcas, códigos de
referencia ni ninguna marca a parte del pez saltarín y por internet no
encuentro nada sobre botellas capaces de transmutar la bebida.
Preguntarle a
su anterior dueño tampoco es una opción por lo visto la cirrosis acabó con él
al poco de abandonar la empresa. Todos dicen que se había vuelto un alcohólico,
que había perdido el control sobre su vida, que incluso habían estado a punto
de echarlo. Supongo que le pasó porque era débil, es una tentación tenerla
siempre tan cerca, tan fácil y tan gratis pero yo soy fuerte. Conmigo no podrá.
Imposible. Bueno, al menos eso creo.
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