viernes, 21 de noviembre de 2014

Puntos de vista

Cuando llegué a la puerta unos guardias intentaron pararme, me los quité de en medio de un plumazo y entré abriendo de un golpe. Silvara estaba sentada en una mesa de escritorio.
-¿Se puede saber qué has hecho? –Grité mientras recorría la sala acercándome a ella.
-Salvar vidas. –respondió mirándome directamente a los ojos y entrelazando los dedos.
Lo dijo con un todo de voz neutro, como el que responde cuando preguntan la hora, aquello me enfureció aún más.
-¿Salvar vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles! –Había ido subiendo el todo de voz mientras hablaba, pero no me importaba, aquella maldita elfa nos acaba de traicionar.
-Tranquilízate Robert –dijo poniéndose lentamente en pie y señalando las sillas que estaba al otro lado de su escritorio continuó-. Toma asiento y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
Corté su frase dando una fuerte palmada en la mesa. Notaba mi cuerpo temblar y tuve que contener las ganas de desenvainar la espada y clavársela entre las costillas.
-¿Vino? ¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y tú me ofreces vino?
Ella ni se inmutó, me miraba fijamente. No resultaba amenazante vestida con holgadas prendas de seda, calzado inútil para el combate intentando parecer más alta y el cabello rubio tapándole parte de la visión; pero a pesar de que se encontraba en evidente desventaja consiguió hacerme un nudo en el estómago cuando respondió tan calmada como al principio:
-Estaba limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda.
Se hizo el silencio en la sala un segundo que ella aprovechó para volver a sentarse. Yo continué de pie, no pensaba aceptar nada de esa arpía traidora.
-Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
No podía creerme lo que estaba oyendo, aquello era un insulto y no pensaba permitírselo.
-Sí, ya noto de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres y me marcharé antes de que caiga la noche.
Me di la vuelta y salí de la sala a grandes zancadas, sin volver la vista y dando un portazo tras de mí.

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                Me encontraba revisando las condiciones que nos habían ofrecido para firmar un pacto de no agresión cuando le escuché discutir con mis guardias. Cerré los ojos un momento y me preparé para lo que esperaba, no iba a ser agradable. Entró dando un golpe a la doble puerta de mi despacho.
                -¿Se puede saber qué has hecho? –Su voz era amenazadora algo que acrecentaba vestido con la armadura completa y llevando la espalda colgada del cinturón, pero si creía que aquello surtiría efecto después de mi larga experiencia lo llevaba claro.
                -Salvar vidas. –Era la pura verdad, firmar la paz era lo correcto, ya se había derramado mucha sangre por esta causa.
                -¿Salvar vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles! –Estuve a punto de recordarle que hacia tan solo trecientos años que sus antepasados les habían masacrado para conquistar ese mismo territorio y que ahora ellos solo reclamaban lo que era suyo. Pero claro, él no podía acordarse de aquello.
                -Tranquilízate Robert. –Tenía un botella de nuestra mejor cosecha mezclada con un relajante especialmente preparada para la situación y me dispuse a cogerla-. Toma asiento y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
El golpe que dio en mi escritorio dejó la frase colgada.
-¿Vino? ¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y tú me ofreces vino? -Tal y como dijo aquella frase parecía a punto de desenvainar su arma y yo no iba a permitir que me pusiese una mano encima.
Comencé a preparar un hechizo en mi cabeza para que toda su armadura se pusiese al rojo vivo si volvía a hacer algún gesto similar. Él no estaba en posición de negociar y mucho menos de exigir nada por lo que se lo dije con toda la diplomacia de que fui capaz:
-Estaba limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda. –Volví a tomar asiento, ya estaba preparada para cualquier cosa y no necesitaba estar incomoda-. Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
Noté como hacía una honda inspiración y se ponía rojo poco a poco, mala elección de palabras. Tener la mente en dos cosas a la vez es complicado.
-Sí, ya noto de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres y me marcharé antes de que caiga la noche.
Por suerte aquello acababa con nuestra disputa sin ningún enfrentamiento real. Los humanos habían perdido sus tierras, su ejército estaba mermado y su pueblo temeroso, ya no tenían aliados ni nada de utilidad. Tampoco hubiesen sido de mucha ayuda en el futuro.

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