jueves, 22 de enero de 2015

La profesora me mandó hacer mis actividades con un cuchillo

Estoy contenta. Hoy la profe me ha dicho que soy una niña muy madura y que ya puedo usar un cuchillo de verdad. A los niños de nuestra edad ya empiezan a dárnoslos. Pero solo a los que sacamos mejores notas. Laura decía que a mí no me lo darían, asique cuando han dicho mi nombre antes que el suyo en la lista se ha quedado mirándome y yo me he reído mucho.
Me han cambiado el que tenía de madera por uno de metal. Es muy bonito, es pequeñito y lo puedo llevar a cualquier parte, el mango es negro para que no se vea, pero yo le he hecho un pequeño dibujo y así no me confundiré con el de los demás. La hoja está muy afilada, ya la he probado para cortar frutas a la hora de la merienda. Tengo ganas de poder usarla de verdad.
Solo nos lo han dado a tres en toda la clase: a Manu, a Laura y a mí. Ahora somos nosotros los que mandamos y los demás niños tienen que hacernos caso, es como cuando a papá le hacen jefe. Pero ahora tenemos muchos más ejercicios. Tenemos que ir todas las tardes al colegio para entrenar, dicen que si lo hacemos bien en poco tiempo nos mandarán la primera misión. La profe está muy orgullosa de nosotros.
Laura es mala conmigo. Dice que yo no puedo matar a nadie, que no soy fuerte. Eso me pone triste pero cuando se lo cuento a mi mamá ella me dice que no le haga caso, que Laura es tonta. Dice que seguro que si ella intentase matar a alguien se equivocaría de persona. Cuando dice cosas así me rio mucho porque lleva razón. Laura es tonta.
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El otro día hicimos la primera prueba, la profe hacía de malo y nosotros teníamos que intentar matarla sin que nos descubriese. Fue muy difícil al principio porque no sabíamos ni a quien teníamos que buscar: podría haberse disfrazado de china, comunista o islámica. Al menos negra no podía ser.
En la simulación llenaron el gimnasio de buenas personas que jugaban a las casitas entre ellos y nosotros teníamos que colarnos como si fuésemos cualquier otro niño y buscar a la profe. Manu la reconoció, se había puesto un tatuaje de mentira en un brazo pero por el resto parecía como los demás.
Debía haberlo hecho yo, era la que estaba más cerca, pero Laura se me adelantó y disparó con su tirachinas. La profe dice que lo hicimos muy bien, que si hubiésemos llevado nuestras armas de verdad podríamos haberla matado pero yo sigo enfadada. Laura estaba más lejos, era mi víctima.
Cuando me quejé a la profe no me hizo caso, dice que debemos trabajar como un equipo. Pero a mí eso no me gusta, Laura es tonta y nunca me deja hacer nada, siempre piensa que lo voy a hacer mal. Manu es guapo, con él sí que haría equipo.
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Hoy la clase ha sido muy aburrida, después de mates hemos ido todos corriendo al aula de educación civil pero la profe no estaba y un hombre con traje como papá nos ha estado hablando. Nos ha explicado porqué damos esta clase. Ha repetido mucho que es bueno para nosotros, que así nadie que no haga las cosas como deben hacerse se queda sin castigo y todo eso… pero ya nos lo han dicho muchas veces. ¡Yo quería aprender a inmovilizar a personas mayores! La profe nos lo había prometido…
El señor con traje nos ha sacado de ejemplo a los tres, dice que somos la esperanza para el futuro y nos ha hecho darnos las manos. Yo no quería, pero a los señores del ministerio hay que hacerles caso asique le he dado la mano a Laura. Decía que es muy importante que todos hicieran lo mismo que nosotros, que sean obedientes, no temen drogas y no se junten con gente mala. Pero yo no le hacía caso, solo podía pensar en ir corriendo al baño cuando terminase para lavarme la mano.
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Hoy ha sido un día muy divertido, por fin he estrenado mi cuchillo nuevo. Ha sido cuando volvía a casa del colegio, por la tarde. Cuando cruzaba el parque he visto a algunos compañeros de clase, estaban escondidos entre unos arbustos y he ido a ver qué hacían. Como se esconderme muy bien no me han visto, he hecho lo que aprendí en clase: moverme despacito, mirar siempre donde piso y borrar mis huellas. Me ha salido perfecto.
Luego les he visto y no me lo podía creer, estaban fumando. Y Laura estaba entre ellos. Decía que se lo había quitado a un hombre por la calle, que eso no se puede llevar asique tenía que quitárselo. Los muy tontos no se han dado cuenta de que eso es de malas personas, que el tabaco solo lo pruebas si estás loco o eres una personas que necesita ser borrada.
Todos tosían mucho, bueno todos menos Laura. Asique me he movido lentamente por los setos hasta estar detrás suyo, ninguno me ha visto. No le ha dado tiempo ni a defenderse, solo he movido la mano una vez, con el movimiento que nos enseñaron el curso pasado. Si lo hubiese visto la profe me hubiese puesto un diez. A los demás los he perdonado porque me han prometido que nunca lo harían de nuevo y que se lo iban a contar a sus mamás para que ellas les castigasen.

¡Por cierto! Se me olvidaba lo mejor, mañana es mi cumpleaños y papá me ha comprado la tarta de chocolate que yo quería y ocho velas para que las sople.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Puntos de vista

Cuando llegué a la puerta unos guardias intentaron pararme, me los quité de en medio de un plumazo y entré abriendo de un golpe. Silvara estaba sentada en una mesa de escritorio.
-¿Se puede saber qué has hecho? –Grité mientras recorría la sala acercándome a ella.
-Salvar vidas. –respondió mirándome directamente a los ojos y entrelazando los dedos.
Lo dijo con un todo de voz neutro, como el que responde cuando preguntan la hora, aquello me enfureció aún más.
-¿Salvar vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles! –Había ido subiendo el todo de voz mientras hablaba, pero no me importaba, aquella maldita elfa nos acaba de traicionar.
-Tranquilízate Robert –dijo poniéndose lentamente en pie y señalando las sillas que estaba al otro lado de su escritorio continuó-. Toma asiento y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
Corté su frase dando una fuerte palmada en la mesa. Notaba mi cuerpo temblar y tuve que contener las ganas de desenvainar la espada y clavársela entre las costillas.
-¿Vino? ¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y tú me ofreces vino?
Ella ni se inmutó, me miraba fijamente. No resultaba amenazante vestida con holgadas prendas de seda, calzado inútil para el combate intentando parecer más alta y el cabello rubio tapándole parte de la visión; pero a pesar de que se encontraba en evidente desventaja consiguió hacerme un nudo en el estómago cuando respondió tan calmada como al principio:
-Estaba limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda.
Se hizo el silencio en la sala un segundo que ella aprovechó para volver a sentarse. Yo continué de pie, no pensaba aceptar nada de esa arpía traidora.
-Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
No podía creerme lo que estaba oyendo, aquello era un insulto y no pensaba permitírselo.
-Sí, ya noto de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres y me marcharé antes de que caiga la noche.
Me di la vuelta y salí de la sala a grandes zancadas, sin volver la vista y dando un portazo tras de mí.

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                Me encontraba revisando las condiciones que nos habían ofrecido para firmar un pacto de no agresión cuando le escuché discutir con mis guardias. Cerré los ojos un momento y me preparé para lo que esperaba, no iba a ser agradable. Entró dando un golpe a la doble puerta de mi despacho.
                -¿Se puede saber qué has hecho? –Su voz era amenazadora algo que acrecentaba vestido con la armadura completa y llevando la espalda colgada del cinturón, pero si creía que aquello surtiría efecto después de mi larga experiencia lo llevaba claro.
                -Salvar vidas. –Era la pura verdad, firmar la paz era lo correcto, ya se había derramado mucha sangre por esta causa.
                -¿Salvar vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles! –Estuve a punto de recordarle que hacia tan solo trecientos años que sus antepasados les habían masacrado para conquistar ese mismo territorio y que ahora ellos solo reclamaban lo que era suyo. Pero claro, él no podía acordarse de aquello.
                -Tranquilízate Robert. –Tenía un botella de nuestra mejor cosecha mezclada con un relajante especialmente preparada para la situación y me dispuse a cogerla-. Toma asiento y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
El golpe que dio en mi escritorio dejó la frase colgada.
-¿Vino? ¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y tú me ofreces vino? -Tal y como dijo aquella frase parecía a punto de desenvainar su arma y yo no iba a permitir que me pusiese una mano encima.
Comencé a preparar un hechizo en mi cabeza para que toda su armadura se pusiese al rojo vivo si volvía a hacer algún gesto similar. Él no estaba en posición de negociar y mucho menos de exigir nada por lo que se lo dije con toda la diplomacia de que fui capaz:
-Estaba limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda. –Volví a tomar asiento, ya estaba preparada para cualquier cosa y no necesitaba estar incomoda-. Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
Noté como hacía una honda inspiración y se ponía rojo poco a poco, mala elección de palabras. Tener la mente en dos cosas a la vez es complicado.
-Sí, ya noto de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres y me marcharé antes de que caiga la noche.
Por suerte aquello acababa con nuestra disputa sin ningún enfrentamiento real. Los humanos habían perdido sus tierras, su ejército estaba mermado y su pueblo temeroso, ya no tenían aliados ni nada de utilidad. Tampoco hubiesen sido de mucha ayuda en el futuro.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Ella, la botella

Está hecha de cristal, un cristal grueso que ha aguantado varias caídas y golpes contra el suelo, totalmente cilíndrica de base ancha y cuello estrecho,  con un grabado de un pez saltando sobre una charca o un lago en lo que debe de ser el frente. El tapón es blanco, hermético, con una abrazadera metálica para que no se pierda y un poco duro cuando intentas abrirlo. Al principio pensé que se con el paso del tiempo se volvería más suave pero me equivocaba.
La verdad es que es muy disimulada, con el cierre tan seguro que tiene ni el olor escapa de ella y como la relleno aquí mismo, en la fuente de agua que hay en el pasillo junto a la puerta, nadie se da cuenta de qué es lo que bebo.
Es bastante mayor, lleva conmigo al menos quince años, y llegó a mis manos por pura casualidad. Me la regaló un compañero del trabajo que se jubilaba cuando yo entré, me dijo: “Ten cuidado, no la uses mucho, ha sido mi salvación en los momentos más duros pero también mi perdición cuando me volví adicto a ella.”
He tenido momentos peliagudos por su culpa, pero aprendí pronto a tener una reserva de caramelos de menta en mi mesilla para disimular el aliento que me deja. Algunas veces mezclo un poco con el café de la mañana, me anima bastante el día y sabe mejor que a palo seco. Una vez probé a echarle limón para que no supiese tan fuerte pero esta maldita acabó convirtiéndolo en más de lo mismo en menos de cinco minutos.
Puesto que me la he llevado alguna vez de fiesta mis amigos ya la conocen e incluso la idolatran, tengo que tener cuidado de que no me la quiten. Es lo que más me gusta de ella, acabo ahorrándome un dineral, si por casualidad estamos en un garito y se me acaba la bebida solo tengo que acercarme inocentemente a la barra y pedirles que me la rellenen de agua. La verdad es que preferiría que lo transformase en algo un poco más Johnny Walker y un poco menos Eristoff, pero claro, en ese caso el color no disimularía lo mismo.
Es difícil de ocultar y demasiado pesada para llevarla siempre encima pero a pesar de todos los inconvenientes que pueda sacarle es, sin lugar a dudas, el objeto más valioso que poseo. He intentado averiguar de dónde proviene, dónde podría comprar otra, pero resulta imposible. El cristal no tiene marcas, códigos de referencia ni ninguna marca a parte del pez saltarín y por internet no encuentro nada sobre botellas capaces de transmutar la bebida.

Preguntarle a su anterior dueño tampoco es una opción por lo visto la cirrosis acabó con él al poco de abandonar la empresa. Todos dicen que se había vuelto un alcohólico, que había perdido el control sobre su vida, que incluso habían estado a punto de echarlo. Supongo que le pasó porque era débil, es una tentación tenerla siempre tan cerca, tan fácil y tan gratis pero yo soy fuerte. Conmigo no podrá. Imposible. Bueno, al menos eso creo.

martes, 21 de octubre de 2014

Buscando un porqué

María salió de su coche a toda prisa y cruzó la distancia que la separaba del portal mientras se cubría de la lluvia con la chaqueta puesta sobre la cabeza, acababa de ducharse a la salida del gimnasio y no quería tener que volver a hacerlo. Subió por las escaleras hasta llegar a su piso, le gustaba sentir esa punzada de dolor en sus piernas tras varias horas de entrenamiento. Al abrir la puerta de su apartamento la recibió su propia imagen reflejada en el espejo de entrada.
Hacía un par de años que había pasado la barrera de los cuarenta pero gracias a la cantidad de horas que le dedicaba al ejercicio y a una genética claramente favorecedora no lo parecía. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta, tenía los ojos castaños y el rostro afilado. Vestía ropa deportiva: chándal, camiseta y zapatillas; también una mochila que llevaba colgada a un solo hombro.
                Se dirigió directamente a la cocina, a comer algo. Dejó la mochila en la encimera, rebuscó en el bol de la fruta y sacó una manzana roja, una de sus favoritas…
                -Ya pensé que pasarías la noche fuera.
                Un escalofrío subió por su espalda al escuchar aquella voz, la manzana se le calló de las manos y se dio la vuelta preparada para enfrentarse a quién estuviera allí. En la penumbra del salón vio a un hombre sentado en una silla, parecía demacrado, el cabello graso y lacio le caía a los lados del rostro, la barba crecía por su rostro como la enredadera crece en una casa abandonada, sus ropas estaban raídas y sucias y sujetaba en su mano derecha un vaso de cuyo liquido color ámbar dio un trago. En la mesa, a pocos centímetros del hombre, había una botella ya medio vacía de whisky.
                -¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
                -¿Acaso ya no me reconoces?
                Entonces la luz proveniente de la lámpara de la cocina se reflejó en los ojos azul eléctrico de aquel desconocido y fue todo lo que María necesitó para reconocerle. El hombre ante el que se encontraba era Javier, su exmarido. Llevaban, al menos, seis años sin verse. Él siempre había sido un tipo de negocios, un importante puesto en una importante empresa. Siempre iba trajeado, afeitado y con el pelo perfectamente cortado; pero, después de lo sucedido ¿Quién le iba a reprochar nada?
                -¿Qué haces aquí, Javi? ¿Qué te ha pasado?
                Él sonrió y ella se relajó un poco, aunque no se movió de su posición.
                -Es curioso, no tienes ninguna foto suya en toda la casa. No solo eso, no tienes ningún recuerdo suyo en toda tu vida… En toda tu nueva vida. –Se había puesto serio otra vez, su mirada era turbia como si no fuese capaz de enfocarla bien. Quizá se debiese a los efectos del alcohol-. ¿Quieres saber qué me ha pasado? Lo mismo que a ti, supongo. Solo que yo no conocía las respuestas.
                -¿Las respuestas? No sé a qué te refieres. Mira, es tarde y estás borracho. Lo mejor será que te marches. –Avanzó un paso hacia él, lentamente, con las manos extendidas buscando su colaboración-. Si quieres hablar podemos quedar otro día a tomar un café…
                El fuerte golpe del vaso contra la mesa dejó la frase a la mitad. Javier se había levantado, la miraba fijamente y las manos le temblaban.
                -¿A tomar un café? ¿Me vas a invitar a uno de esos cafés con vainilla que acostumbrabas a tomar después de dejar a Rodri en clase?
                Ella se quedó paralizada, en la misma posición en la que estaba: sin bajar los brazos, sin parpadear, con la boca medio abierta a punto de decir algo. Hacía muchísimo que no pensaba en él así. Su hijo, su niño, le echaba tanto de menos… Rodrigo había sido un niño tan feliz, tan vivaz. Si no hubiese ocurrido aquel maldito accidente aún podría estar jugando con él.
                -No he vuelto a tomar ese tipo de café desde entonces, ya lo sabes. –Su voz había cambiado, ahora sonaba cansada. También había perdido la postura, había bajado las manos, tenía los hombros caídos y la espalda un poco encorvada. En su rostro aparecieron arrugas y empezó a aparentar más edad de la que realmente tenía-. Si has venido a hablar sobre el accidente puedes marcharte. No tengo nada más que decir, eso ya forma parte del pasado.
                -He venido, precisamente, para hablar de ese accidente. –Al ver el cambio en su exmujer se había relajado y volvió a tomar asiento-. He descubierto un par de cosas nuevas.
                -¿Has descubierto? ¿Había algo más que descubrir? Ya detuvieron y encarcelaron al cabrón que le atropelló. ¿Qué más quieres?
                -Un porqué. –La respuesta fue clara y directa-. Siempre me había faltado un porqué. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a nuestro hijo?
                -¿Acaso tienen respuesta esas preguntas? –Agotada se acercó a una de las sillas de la cocina y se sentó en ella. Hablaban desde dos habitaciones diferentes y ninguno de los dos parecía tener la menor intención de cambiar eso.
                -Yo tampoco estaba seguro, así que empecé buscando soluciones a cuestiones más sencillas como: ¿Por qué estaba ese desgraciado en nuestra calle? ¿Por qué tenía tanta prisa? O ¿Por qué no estaba atento a la carretera cuando todo ocurrió?
                María notaba el corazón latir en su pecho a tanta velocidad que cada latido parecía doloroso, sus miradas se habían cruzado hacía un instante y ninguno de los dos la retiró. Ella creyó sentir el odio acumulándose en la de él. Trató continuar con la conversación pero las palabras no salieron de la garganta, tragó saliva y lo intentó de nuevo:
                -Y esas preguntas… ¿Tenían respuestas?
                Él se tomó un largo minuto en responder, sin apartar la mirada de los ojos de ella.
-Sí, las tienen. –Otro silencio, esta vez más corto-. Por lo visto algunos testigos le vieron bajar de la terraza de un edificio cercano, descolgándose de ella. Según su propia declaración de los hechos “Se había distraído porque se le habían desabrochado algunos botones de la camisa.” También parece ser que era el camarero del Starbucks que teníamos al lado de casa y que aquella mañana había llamado diciendo que se encontraba enfermo y que no podría ir. Además recuerdo que yo salí temprano ese día de la oficina y cuando llegué a casa, dos horas antes de lo habitual, me pareciste un poco agobiada.
Mientras Javier hablaba, ella había bajado la mirada hacia el suelo. No dijo nada, se tapó el rostro con las manos aunque eso tampoco pudo contener las lágrimas. Las notaba correr por sus mejillas, calientes, quemándola como ácido. Su respiración era entrecortada, superficial y había comenzado a temblar por todo el cuerpo. Él se levantó del asiento, cogió la botella por el cuello y se dispuso a marcharse de aquella casa. Sus sospechas quedaban confirmadas, ya no tenía ninguna razón para seguir allí pero antes de cruzar el umbral de la puerta dijo una última frase:
-Supongo que el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.

jueves, 9 de octubre de 2014

Algo más de 1.000 palabras.

Al fin, ya es la hora de salir de la oficina. Además es viernes y me espera un fin de semana lejos de la ciudad, sin oír coches, sin humos, sin todo el gentío que implica vivir en una ciudad. Y, lo mejor de todo, lejos del cabrón de mi jefe. Hoy se me ha puesto hecho una fiera  en cuanto me ha visto por la mañana, por lo visto al señorito le molesta que me haya pedido el lunes y como bien le he dicho son mis días libres así que me los reparto como a mí me da la gana. El viaje de colegas se ha vuelto una tradición, hacemos uno al mes ya llueva o nieve, y no me pienso perder este por mucho que él se queje.
Pero casi prefiero ni pensar en ese arrogante, calvo y viejo cúmulo de grasas porque me hierve la sangre cada vez que lo hago. Su absoluta prepotencia y el abierto desprecio que me muestra hacen que me vea a obligado a contenerme cada vez que me habla. He perdido la cuenta de las veces que me he imaginado estallando su cráneo contra la esquina de su elegante mesa de despacho, impactando mi puño en la boca de su estómago hasta hacerlo postrarse de rodillas o agarrando un brazo suyo obligándole a doblarlo en su espalda en una postura innatural hasta romperlo. Los días como hoy, en que la ira me domina, mi imaginación es tan vívida que llega a asustarme.
Llevo tanto tiempo sumido en mis pensamientos que casi me salto la parada del metro en la que me tenía que bajar, por suerte he visto el cartel con el nombre antes de que las puertas comenzasen a cerrarse. Subo las escaleras, pero no las mecánicas esas están siempre abarrotadas y me agobia. Salgo y comienzo a andar calle abajo, hemos quedado todos en un parque no muy lejano, a menos de cinco minutos de la parada. En el segundo cruce giro a la izquierda para bajar por una paralela, no es el camino más corto pero lo prefiero antes que pasar por enfrente del escaparate de la joyería Oliver. Solo de pensar en las pulseras tan brillantes, plateadas y adornadas que se muestran se me eriza el vello de los brazos. No entiendo como la gente puede ponerse esas cosas.
Veo el parque al final de la calle. Miro el reloj, llego más de quince minutos tarde pero supongo que ya estarán acostumbrados, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y para gente que nos llevamos conociendo tantos años no será sorpresa. En el grupo somos siete, cuatro hombres y tres mujeres, y hemos pasado juntos por casi todo, entre nosotros se han formado parejas, ha habido rupturas, a veces hemos discutido e incluso hemos llegado a las manos, pero tratándose de nuestra gente asumo que es normal. Nos conocimos en la adolescencia, supongo que fue el destino quien nos unió porque, desde luego, no fue algo casual.
Al llegar les saludo a todos, uno por uno, efectivamente soy el último. Todo está preparado para el viaje y nadie lleva más equipaje que lo que quepa en la mochila. Nos repartimos en dos coches y, por el simple afán competitivo que nos define, acabamos provocando pequeñas carreras durante las partes del trayecto que sabemos más seguras. Tardamos varias horas en llegar a nuestro destino, pero con el buen humor que nos acompaña y sabiendo que vamos a disfrutar de tres días lejos de la rutina y el estrés, no notamos el paso del tiempo.
Nos dirigimos a un pequeño pueblo abandonado cerca de la cordillera cantábrica, apenas tiene una docena de edificios aún en pie y la naturaleza se ha ido abriendo paso por las distintas construcciones que lo forman. Es una imagen que siempre me ha gustado, las flores que en su día solo adornaban algunos jardines proliferan ahora por doquier, los pisos superiores de algunos edificios se han convertido en nidos donde las aves típicas de la zona se asientan para criar a su progenie y en mitad de lo que debió ser la calle principal ahora crece un hermoso manzano. Allí no tenemos donde dormir pero no nos preocupa, las noches que se avecinan van a ser más activas que sus días y tampoco tenemos nada que comer pero ya nos ocuparemos de ese problema cuando surja.
Al llegar ya está anocheciendo, tenemos que darnos prisa. Como no queremos que sufran ningún daño hemos aparcado a las afueras del pueblo, tenemos alrededor de una hora para llegar a él, buscar un lugar donde dejar nuestras cosas y prepararnos para lo que se avecina. Nada más bajar del coche noto el frio viento otoñal, no me molesta. Resfriarse lleva años sin ser algo de lo que ninguno de nosotros deba preocuparse, en el fondo, hasta las maldiciones tienen un lado positivo, ¿no?
Sabemos que se acerca el momento porque empezamos a sentirnos incómodos, estamos más tensos, ya nadie hace bromas y las conversaciones se han reducido a lo estrictamente necesario. Nos desvestimos y dejamos nuestra ropa junto a las mochilas en una habitación del segundo piso del único edificio que no parece a punto de derrumbarse. Las estrellas brillan en el firmamento cuando nos reunimos todos en la plaza central, ansiosos.
Entonces, tras una nube aparece la luna llena y comienza a ejercer su efecto. No puedo apartar los ojos. Es hermosa, pura y brilla con una intensidad que me deja absorto. Es un estúpido sentimiento de amor odio lo que siento por ella. Entonces comienza el proceso, noto como mis músculos se tensan, se calientan y empiezan a cambiar, tirando de los huesos a los que están unidos con tanta fuerza que llegan incluso a partirlos. El dolor me invade, lentamente al principio, más rápido después de unos minutos, pero en menos de media hora es tan intenso que creo que están rompiéndome célula a célula. Me retuerzo, caigo al suelo contorsionándome, aprieto la mandíbula para contener los gritos. Oigo como mis compañeros pasan por lo mismo, como algunos de ellos incapaces de resistirse emiten alaridos que deben oírse en kilómetros a la redonda. No puedo verlos porque cuando me doy cuenta tengo los ojos fuertemente cerrados, es todo tan intenso que no te permite pensar en otra cosa. Me dejo llevar porque sé que es lo mejor, intentar resistirse solo traerá más problemas.
El proceso entero dura aproximadamente dos horas y después de él apenas recuerdo nunca nada. Aunque mi mente evoca vagas sensaciones. Guiarme más por mi olfato que por mi vista o mi oído, aullar al astro al que tan ligado me siento, sentir la libertad de correr libre con mis amigos, no, con mi manada…

Para cuando despierto el sol está en su máximo esplendor, no llevo reloj pero debe de ser cerca del mediodía. También noto la tripa llena y tengo manchas de sangre que no me pertenece por distintas partes, debí cazar alguna presa durante el transcurso de la noche. Miro a mi alrededor, no estoy en el pueblo, ni siquiera cerca, pero estos tres días tengo los sentidos más desarrollados, no me costará encontrar el camino de vuelta.

martes, 12 de agosto de 2014

Balas de la igualdad. Cap. 7

Capitulo 7: El escondite
Tardé un par de días en descubrir qué era exactamente “El escondite” por lo que cuando supe donde estaba ya era el momento de visitarlo. Me dirigí allí con Cero, dispuestos a descubrir quién era el misterioso chico de la nota y porque me había citado en un sitio tan extraño.
El lugar era un pequeño local abandonado próximo al parque donde solíamos quedar pero oculto tras una esquina de un bloque de edificios. Un rótulo apagado y con las letras desgastadas mostraba su nombre, las ventanas estaban tapiadas y la puerta cerrada con candado. El nombre le venía al pelo pues, sin lugar a dudas, estaba escondido de los transeúntes habituales pues su único punto de acceso daba a una plazoleta abandonada entre bloques de edificios. No logramos abrir la puerta por mucho que lo intentamos y las ventanas tapiadas con ladrillos no nos permitían mirar a través de ellas por lo que no podíamos saber cómo era en su interior.
-Bueno, ¿y ahora qué? –Preguntó Cero.
-Pues no lo sé, tío. Deberíamos entrar pero no sé cómo.
-¿Y si intentamos forzar la cerradura?
-¿Cómo? Yo nunca he forzado ninguna.
-A ver, déjame intentarlo a mí. Puede que consiga algo.
Cero sacó su teléfono móvil de un bolsillo y le quitó la tapa trasera, la que protege la batería. Allí escondidos tenía un par de filamentos de metal, los manipuló un poco hasta que tuvieron la forma que él deseaba y se inclinó sobre la cerradura.
-¿Has hecho esto antes? –Pregunté sorprendido.
-¿Forzar la cerradura de una propiedad privada ajena a nosotros para colarnos en ella? –Hizo una pequeña pausa mientras intentaba infructuosamente hacer girar uno de los filamentos –No, nunca.
-¿Y porque llevas eso oculto en el móvil?
-Em… -Hizo una pausa y me miró a los ojos –Es una historia un poco larga…
-Cuéntamela, no tenemos nada mejor que hacer mientras intentas abrir.
Cero pasó rápidamente la mirada por la plaza en la que nos encontrábamos, estaba desierta, luego por las ventanas de los distintos bloques de edificios, todas cerradas, nadie nos prestaba atención.
-Te contaré la versión resumida. –Aceptó mientras volvía intentar que entrásemos al local. –A los pocos días de cumplir yo los catorce mi hermano me llevó un fin de semana, los dos solos, al pueblo. Bueno, ya conoces nuestra casa de allí, en realidad no pertenece al  pueblo, está a un par de kilómetros. Es un chale de dos plantas, con piscina, jardín, garaje y un pequeño edificio adjunto donde guardamos las herramientas, maquinaria para cuidar el cloro del agua, etc.
>>El mismo viernes, al poco de llegar, me pidió que le trajera una llave inglesa mientras revisaba el coche y yo, sin vacilar, me dirigí a nuestro trastero pero no me di cuenta de que él me seguía. Cuando entré me cerró la puerta y se quedó las llaves, dejándome encerrado. Pasé más de veinticuatro horas dentro de aquella sucia, pequeña y oscura habitación. No pienses que fue como castigo, ni que mi hermano me odia ni nada de eso. Él volvía cada pocas horas a asegurarse de que me encontraba bien, nunca entró, ni abrió la puerta pero saber que no se había olvidado de mí era un gran apoyo.
>>Las primeras horas que pasé allí fueron las peores, lo veía todo oscuro, si me movía tropezaba con algo y podría tirar y romper muchas cosas, no tenía nada que comer ni un sitio cómodo donde pasar la noche. Sinceramente, desde ese momento, me ponen un poco nervioso los espacios pequeños. El caso es que, cuando desperté el sábado todavía allí dentro, con la espalda dolorida por la mala postura, un dolor incesante en la tripa debido al hambre, la garganta seca por la sed y con mis ojos cómodamente adaptados a la escasez de luz decidí que debía salir de allí por mis propios medios. No tardé más de una hora en encontrar estas cosas en una de las estanterías y con ellas logré forzar la vieja y oxidada cerradura de aquella puerta.
Durante el transcurso de su historia Cero se había abstraído tanto que había dejado de insistir con la puerta de El escondite. Y cuando la terminó yo no pude reprimirme:
-¿Nunca le preguntaste porqué hizo eso?
-Claro que se lo pregunté, me dijo que lo hizo para demostrar que yo era capaz de salir de ahí por mis propios medios, sin ayuda. Y, en verdad, lo conseguí.
-Pero hay algo en tu historia que no me encaja. Dices que estuviste más de veinticuatro horas dentro pero que conseguiste salir al poco de despertarte el sábado… Eso no tiene mucho sentido.
-Vamos a ver Zetha. –En su tono de voz había cierto nivel de exasperación, como si yo no me diese cuenta de algo obvio. – Yo era un chaval y en aquel momento me dominaban los nervios y el miedo. Seguramente cuando conseguí dormirme ya era sábado tranquilamente y el sol brillaba en el cielo, solo que yo no podía verlo. Asique, si, al poco de despertarme conseguí salir pero ya estaba anocheciendo cuando lo hice.
Hubo un minuto de silencio, de reflexión.
-Bueno, y ¿has dado esta puerta como una causa perdida o qué? – Dije intentando cambiar de tema.
-¿Esta? No, ya la había abierto solo que como estaba contándote eso se me había olvidado. -Empujó la puerta con una sola mano y esta cedió, abriéndose.
 El estruendo que provocó quedó latente en la silenciosa plaza incluso varios minutos después de que el verdadero sonido hubiese cesado y, para colmo, este estaba acompañado de un nauseabundo olor. Nos alarmamos, pues algún vecino podría haberlo oído y quizá llamase a las autoridades, y decidimos coger aire fuera, entrar deprisa y acabar rápido lo que hubiese que hacer allí evitando respirar aquel ambiente.
Nada en el local parecía señalar que hubiese sido utilizado en el último año, había una capa de varios centímetros de polvo acumulado por todas partes y, por cómo había sonado cuando abrimos, las bisagras necesitaban engrasarse. Estaba diseñado para haber sido un pequeño pub, había un desnivel en el suelo donde alguna vez hubo una barra que separaba a la parte donde se quedan disfrutando los clientes de aquella donde los trabajadores desempeñaban sus labores. A parte de la sala principal donde nos encontrábamos había dos baños, uno para cada sexo, y una cocina. No había ni un solo mueble.
Pero lo que más destacaba de todo lo que había era una pintada en color rojo sangre ocupando toda la pared del fondo del local. El mensaje podía leerse claramente: “Skyzorum dejó algo aquí. Hay que encontrarlo. Rask.” Sin dilación nos pusimos a buscar por cualquier cosa que no encajase allí. La fuente del olor resultó ser el cuerpo en descomposición de una chica en el baño de los hombres.
-Tenemos que largarnos de aquí. –fue la frase de Cero nada más encontrarla.

Yo me disponía a rebatirle, aquel chico era evidente que intentaba decirnos algo, algo en lo que se jugaban vidas, y a mí nunca me ha gustado dejar un rompecabezas a medias, no desvelar todas las incógnitas de la situación… Pero el inconfundible sonido de las sirenas acercándose le daba toda la razón.

domingo, 15 de junio de 2014

Encasillado

Miraba el suelo, la casilla en la que se encontraba. Era cuadrada, negra, parecida a las casillas del tablero de ajedrez y no era especialmente grande. Estaba allí, de pie, esperando a que algo sucediese a su alrededor, algo que le sacase de su ensimismamiento, que le despejase de su introversión. Esperaba que algo cambiase, que todo dejase de ser lo mismo, lo mismo que el día anterior, lo mismo que el siguiente.
Llevaba tanto tiempo allí que ya no podía contar los días, las horas parecían todas iguales, lo único que diferenciaba unas de otras era si la luz del sol deslumbraba con su brillantez o si era la luna la que le distraía con su hermosa luz llena de promesas; y eso siempre que las paredes de su habitación no estuviesen cubriendo el exterior. Pero los días eran otra cosa, esos sí que parecían todos iguales, todos monótonos, aburridos, con la misma gente, las mismas drogas.
Al principio cuando llegó a esa casilla le pareció un buen lugar, un sitio donde poder pararse a descansar del largo camino, donde tomarse un tiempo para reflexionar, para poder elegir con calma cual era la siguiente casilla a la que le interesaba moverse. Allí se había sentido cómodo, allí parado había conocido a muchas personas, a grandes amigos, a buenas amantes. También había descubierto nuevos vicios, había retomado viejas costumbres y olvidado otras que más que costumbres parecieron cargas.
Allí había hecho promesas, había sido feliz y había sonreído más abiertamente, más sincero, de lo que nunca lo había hecho a lo largo del camino. Pero no todo lo que allí había ocurrido era feliz, también había habido desamores, locuras, borracheras de las que al día siguiente a penas era capaz de recordar y, sobre todo, soledad.
Si, se sentía solo. Pero quizá aquella sensación no se la daban a ausencia de personas sino la presencia de recuerdos, seguramente de haberse encontrado totalmente a solas en aquella casilla se habría hallado más cómodo, más fuerte, incluso capaz de abandonarla. Pero no era así, le acompañaban aquellos malditos.

No sabía porque no había seguido avanzando, no sabía si se debía a sí mismo, si se había cansado o si lo que le faltaba era valor para dar otro paso. Tampoco podía asegurar que no se encontrase allí debido a las presiones externas, a que cada cual le empujase hacia otro camino, hacia caminos de los que él no quería saber, de los que no quería escuchar, de los que se habría prometido que jamás pisaría. Aquello le agobiaba, le agobiaba más que nada. Sabía que tenía que dar un paso, que tenía que continuar, que quedarse allí parado no solucionaría nada y a la larga solo acarrearía problemas pero… ¿hacia dónde te mueves cuando no sabes hacia donde quieres ir?