Capitulo 5: Un par de días después
Un par de días
más tarde me encontraba en la barra de un bar conversando con Isma. Un chico
delgado, rozando el metro setenta, llevaba el pelo corto y castaño oscuro, ojos
verdes, nariz aguileña y labios finos. Vestía unos pantalones militares, botas
y una camiseta negra de manga corta, sin ningún dibujo. Sujetaba un vaso con
cerveza en su mano izquierda, apoyada en la barra, y estaba medio sentado en
uno de los taburetes, con una pierna haciéndole de apoyo en el suelo.
-¿Y te la
cargaste así? ¿Sin más?
-Que si macho,
que pasaditos estáis todos… A ninguno nos caía especialmente bien, no es una
gran pérdida. No entiendo porqué os escandalizáis tanto.
-Tío, has
matado a una persona. –Para Isma parecía un argumento inquebrantable.
-Mira, estas
balas están para usarlas y si nos vas a hacerlo lo mejor será que la vendas.
-La verdad es
que no tengo ni idea de que haré cuanto tenga la mía, lo he pensado varias
veces y aunque el dinero me vendría bien no quiero deshacerme tan rápido de
ella. Y gastarla… no se tío, me da reparo. Además no sabría con quién.
-Aquí las
tenéis, la especialidad de la casa. –El camarero, al otro lado de la barra,
acababa de llegar a nuestra altura. –Unas tortipizzas recién hechas.
El camarero de
“El cordobés”, un pequeño bar cosladeño que solíamos frecuentar cerca del
recinto ferial de la ciudad, era amigo nuestro. Un poco más alto que Isma, algo
más ancho que él, joven, no mayor que nosotros, de cara redondeada aún estando
delgado, pelo rojo alborotado, sonrisa sarcástica y ojos castaños detrás de
unas gafas, el camarero vestía una camiseta negra con una frase que mostraba su
descontento ante la famosa “Orden 66” y vaqueros pirata, se jactaba de haber
inventado aquella deliciosa combinación que nos acababa de servir y respondía
al nombre de Sany.
-Oye, ¿Cuándo
vas a acabar tu turno? –Preguntó Isma mientras rechazaba con un gesto amable su
porción. –Cómo sigamos esperándote aquí no vamos a tener pasta para pagarte
todas las rondas.
-No os
preocupéis. A esta os invito yo. –Respondió mientras limpiaba unos vasos –Y,
respecto a lo otro, estoy esperando que venga mi padre a sustituirme. Ya no
puede tardar más de veinte minutos.
-Isma, me
encanta compartir tapas contigo. –dije mientras devoraba la porción de
tortipizza que le correspondía a mi compañero. -Eres tan selectivo comiendo que
siempre acabo con comida extra.
En aquel
preciso momento, mientras yo estaba de espaldas a la puerta principal del bar
oí como esta se habría de golpe y entraban varias personas. Comencé a alarmarme
cuando vi desaparecer la sonrisa del rostro de Isma y como su mirada se clavaba
en los nuevos visitantes. Cuando me giré solo pude ver a tres personas
completamente vestidas de negro, con pasamontañas que llevaban algún tipo de
arma de repetición en las manos.
-¡Todo el
mundo quieto! –Gritó el primero que había entrado, el más alto y corpulento de
los tres, por su voz era claramente un hombre. –Si cooperáis no sufriréis ningún
daño.
En unos
segundos aquel pequeño bar donde la gente reía y hablaba amistosamente se había
convertido en un sala desordenada dónde grupos de personas se aproximaban unos
a otros en pos de conseguir una falsa sensación de seguridad, algunos aún
sentados en las mesas miraban tensos a ninguna parte por miedo a provocar a los
asaltantes si les miraban directamente, otros, que se habían puesto de pie por
instinto, dirigían miradas amenazantes a aquellos hombres vestidos de negro,
dispuestos a defenderse si intentaban algo excesivo. Aquí allá pude ver algunos rostros en cuyos ojos
comenzaban a acumularse las lágrimas.
Mientras yo
analizaba la escena mis amigos, sin moverse ni milímetro, se habían unido al
grupo de las miradas amenazantes.
-Solo queremos
vuestras balas. –Continuó hablando el que, claramente, era el líder de la banda
–Ya sabéis cómo va esto, lo habéis visto en las noticias de la tele. Si nos entregáis
vuestras balas nos marcharemos de aquí sin hacer daño a nadie. Decidid qué
preferís conservar: las balas o la vida.
Era cierto, en
los últimos años debido a una nueva crisis económica se habían dado casos de
atracadores que asaltaban lugares atestados de personas: supermercados, bares, oficinas
de alguna empresa, etc. Con el simple propósito de apoderarse de las balas de
el mayor número de personas posibles y poder sacarse una tajada vendiéndolas.
Pero, al menos yo, no estaba dispuesto a entregar la mía. Hacía demasiado poco
que la había conseguido.
Mientras
hombre que había hablado se quedaba cerca de la puerta apuntando con su arma a
todo el mundo los otros dos comenzaron a dirigirse a la clientela del local. Cada
uno llevaba en la mano un pequeño aparato con un lector de huellas dactilares y
una pequeña pantalla, no eran difíciles de conseguir, podían comprarse en
cualquier tienda de armas, al colocar en dedo en el lector aparecía en la
pantalla en número de balas del propietario y varias opciones que hacer con
ellas, entre las que se encontraba la opción de cedérsela a la memoria de la
máquina.
-Extienda la
mano derecha y coloque el dedo aquí. -Uno de los dos individuos encapuchados
llegó a nuestra altura y se acercó a Isma, por ser el que se encontraba más
cerca de él. El que se nos había acercado era en más bajito de los tres, había
forzado la voz, supongo que para que no pudiésemos identificarle, pero en su
camiseta se adivinaban la forma de los pequeños pechos, debía ser una mujer.
Mientras
sujetaba el aparato y se aseguraba de que Isma tuviese bien colocado el dedo en
el lector aquella mujer no tenía acceso a su arma, que llevaba colgada cual
bandolera cruzándole el pecho. Aproveche los segundos que tardaba aquella
maquina en conectarse vía satélite con los servidores y me acerqué a ella en
solo paso mientras cogía mi glock, oculta bajo mi camiseta en mi espalda, y le
apuntaba en el abdomen.
-Más le vale
que no mueva ni un musculo.
En aquel
preciso momento apareció en la pantalla el símbolo que indicaba que la huella
dactilar pertenecía a un menor de edad.