Capitulo 2: Amigos
Tras salir del
despacho de mi padre me dirigí a mi habitación, la más pequeña de casa, y
terminé de vestirme. Las puertas de cristal de mi armario reflejaban a un
chaval de casi dieciocho años, metro ochenta, melena castaña oscura, muy
poblada y tan larga que le llegaba a mitad de la espalda, se notaba cuidada y
peinada aunque estuviese suelta, su cara era cuadrada, joven y salpicada por la
barba que hacía unos días que no se afeitaba. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja
derecha, junto al comienzo de la misma encima del puente de la nariz, se la había hecho hacía unos
años, ya no recordaba ni cómo. Sus ojos castaños le devolvían una mirada
decidida, con la decisión de un chico que cree que ya lo tiene todo en la vida
sin saber lo que la misma le depara en el futuro.
Me había
puesto mis típicas deportivas negras, unos vaqueros que me quedaban algo
sueltos y estaban marcados con varios agujeros en los lugares en los que el
desgaste había llegado a convertirse en rotura. La camiseta negra, sin mangas
que dejaba ver sus anchos hombros, tapaba el cinturón adornado con dibujos de
telarañas que impedía que los pantalones llegaran a caerse. Un reloj analógico
negro en su muñeca, un pequeño pendiente en forma de aro en su oreja izquierda
y un colgante de plata eran los únicos complementos que llevaba.
Guardé la
glock en mi espalada, pillada dentro del cinturón para que no se moviera y
tapada con la camisera para que nadie se asustara. Me despedí de mis padres y
mi hermana pequeña, cogí mi chaqueta de cuero porque sabía que aquella noche
acabaría refrescando y salí a la calle.
Cuando llegué
al Allende, un parque situado en Coslada, una próxima ciudad a la capital
española, mis amigos debían llevar como veinte minutos esperándome pero ninguno
dijo nada. Yo soy de esos, siempre llego tarde.
-¿Hielos? ¿En
serio? –fue mi saludo antes de dales la mano a cada uno de ellos.
Primero se la
ofrecí a Cero, uno de mis mejores amigos, un chico delgado, sutilmente más alto
y musculado que yo, de cara alargada y facciones serias. Hasta hacía pocos días
había tenido el pelo en forma de media melena de color oscuro, pero había
decidido cortárselo dejándose un pequeño tupé. Sus ojos castaños generalmente
estaban precedidos de unas desgastadas gafas aunque aquel día debía haberse
puesto lentillas, su barba, normalmente larga y descuidada, había desaparecido
dejando un mentón afeitado. Vestía una camiseta sin mangas de color naranja y
un pantalón de chándal negro acompañado de sus respectivas deportivas a juego.
Llevaba un anillo en la mano derecha que, dependiendo del momento, podía
encontrase en cualquier dedo y varios colgantes mezclados, una espada en
miniatura, una calavera, etc.
A su lado se
sentaba Argentino al cual, por pura pereza, nunca llamábamos por su nombre
completo, solía ser Argen o Arg, a secas. Era un chico de apenas metro
sesenta, bastante más bajito que nosotros, delgado, su cara también era
bastante alargada y siempre se encontraba sonriendo. Su cabello y su barba podían ser de cualquier forma o
color y no era sorprendente que cambiasen de un día para otro, aquel día
llevaba una coleta, rapada por ambos lados de la cabeza, de su color de pelo
natural, castaño claro, aunque aún
quedaba un pequeño rastro más claro de la vez que intentó tener mechas verdes y
acabaron clareándose, su barba no parecía mucho más crecida que la mía. Sus
ojos verdes miraban alegres mientras me respondía al saludo. Vestía unos
pantalones pirata verde oscuro, una camiseta negra con el nombre de un grupo
punk que casi ninguno conocía y calzaba unas chanclas de las que solía
despojarse cuando se sentaba en el césped. En
general era un chico guapo pero descuidado con su imagen.
-Sí, hielos.
–respondió Cero –Nos hemos acercado al chino a comprarnos un refresco y este me
ha convencido de que le echemos hielos. –terminó, refiriéndose a Argen.
“Un refresco” era una forma eufemística
de referirse a nuestra bebida favorita: Calimocho. Efectivamente, entre ellos
había una bolsa blanca que claramente contenía unos bricks de vino tinto y un
par de botellas de verdaderos refrescos para mezclarlos, junto con un vaso
tamaño mini que, claramente, me pertenecía. Me senté con ellos, me eché mi
bebida y charlamos tranquilamente durante horas.
La tarde
transcurrió sin ningún incidente interesante, yo notaba constantemente el frío
metal de la pistola a mi espalda que era, al mismo tiempo, agradable y
desconcertante. La verdad es que me había pasado muchos años pensando qué haría
con aquella bala cuando me la entregasen, pero nunca había pensado qué hacer
con el arma. En el momento en que me había dado cuenta de que debía buscar un
lugar donde llevarla encima pensé que en la espalda, cual protagonista de
película, no molestaría y me equivocaba. Si hubiese estado sentado en la comodidad
de un sillón no hubiese habido problema pero tirados en el césped como
estábamos había ciertas posturas que, simplemente, resultaban incomodas y no
podía sacarla en mitad del parque para cambiarla de lugar, la gente se
asustaría.
Entre mis
pensamientos, las banales conversaciones y un par de viajes extra al chino, por
que nos habíamos quedado sin sustento, nos dieron las once y media de la noche.
El parque estaba ya casi vacío, éramos los últimos que quedaban, cuando
escuchamos:
-¡Sabíamos que
os encontraríamos aquí!
Al girarnos
pudimos observar que llegaban dos conocidos nuestros. La chica se llamaba
“Casi”, en realidad aquel no era su nombre de verdad, y su novio Dante.
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