martes, 2 de julio de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 1

Capitulo 1: Balas.

Veintitrés de mayo de 2033, mi décimo octavo cumpleaños. En ese día comienza nuestra historia, una historia larga que me dispongo a contaros en este mismo instante.
                Veréis, desde que el hombre decidió marcar el punto en que un niño deja de ser un niño para convertirse en un adulto la mayoría de edad representa una meta en la vida de todo adolescente, un cambio en la vida de cualquier adulto y un punto de referencia en la vida de cualquier anciano. Su valor se ha ido incrementando debido a los avances tanto socioculturales como tecnológicos, ya que te otorga la posibilidad de conseguir cosas como el derecho al voto o la posibilidad de conducir tu propio automóvil. Pero desde hace unos años su valor se ha multiplicado.
                Ocho años atrás la ONU aprobó una ley de carácter internacional, una ley de carácter mundial e irrevocable, una ley que te permite tener tu propia bala. A estas balas fueron denominadas “Balas de la igualdad” o “Balas igualitarias” ya que igualaban, en su uso, a todas las clases sociales, a todas las razas, a ambos sexos… o, al menos, esa era la teoría. Todo el mundo recibía su bala al cumplir la mayoría de edad y era libre de usarla como y cuando le diera la gana, sin responsabilidades. Si se encontraba un cadáver en la calle y la causa de la muerte resultaba ser una de estas balas la investigación se cerraba de inmediato y nadie se molestaba en averiguar quién había sido el asesino.
                Por todas aquellas razones y algunas que aún están por relatar, el vigésimo segundo día de mayo aquel  año yo me encontraba ansioso y excitado cuando mi padre me entregó mi primera arma. Aquella era una Glock semiautomática y digital, el arma estándar para las “balas de la igualdad”, era preciosa, de color gris metalizado con detalles azul marino, en el mango estaban estratégicamente colocados unos lectores de huellas de color negro que permitían al arma averiguar quién era el portador que la empuñaba y a los lados del cañón, justo encima del gatillo, un par de pantallas rectangulares pero sin vértices, en vez de los cual tenían la forma de un arco de noventa grados, y que emitía los mensajes en color azul, a juego con los detalles del arma.
                Cuando me la entregó eran aproximadamente las cinco de la tarde de un agradable domingo primaveral y al día siguiente, lunes, había puente por motivo de alguna tradición cristiana que he olvidado. El caso es que antes de que saliese de casa para disfrutar del agradable clima sentado en un parque junto con mis amigos mi padre me llamó a su despacho, una habitación de la casa en la que él pasaba gran parte del tiempo los fines de semana completando su trabajo.
-Hijo, ya casi eres mayor de edad. –fue su saludo cuando yo me hube sentado en uno de los sillones que había enfrente de su mesa de escritorio. –Mañana recibirás tu bala. Pero de nada sirve una bala si no tienes un arma para poder usarla, así que te he conseguido una. –Mientras decía aquello la sacaba del primer cajón, mostrándomela -Espero que la uses con cabeza, no se puede disparar a la primera de cambio ya que solo tienes una bala y si la pierdes nunca podrás volver a disparar.
Nada más cogerla pasé varios minutos en silencio, admirándola. Notando su suave tacto, moviéndola para ver como los reflejos cambiaban en su acabado metálico. Lentamente, disfrutando del momento, agarré el mango del arma, cogiéndola como si me dispusiese a disparar, para que reconociese mis huellas y, al hacerlo, la pantalla se iluminó mostrando una enorme señal de prohibido en azul marino. Aquella era la señal que marcaba para los que aún eran menores de edad pero yo sabía que a las doce y un minuto de aquella noche el prohibido se cambiaría por un uno y yo ya tendría mi bala.
-Como comprenderás, Zetha, no puedo dejarte marchar con esa arma sin cerciorarme antes de que sabes las consecuencias que conlleva que la poseas.
Asentí ante aquello, me lo esperaba y estaba preparado. Antes de marcharme de la sala me obligó a recitarle todos los artículos aprobados por la ONU con respecto a las susodichas balas, tuve que explicarle las características de mi arma, su funcionamiento y, por último, tuve que prometerle que usaría la bala en el momento apropiado y no me precipitaría.

Media hora más tarde le estrechaba la mano a mis amigos sentados en el parque de siempre.

4 comentarios:

  1. Oye mola, creo que lo de la bala venia de una canción o algo, pero a nadie le importa, hay libros que se hacen en base a sueños... de personas ajenas al escritor xDD, ademas imagino que por X o por Y Zetha acabara teniendo mas de una bala, cosa interesante, y conociendote la historia acabara prometiendo xDD animo y sigue escribiendo, el siguiente en poner historia en el blog soy yo pues xDD

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    1. Si, es posible, a mi también me suena que lo de dar una bala por persona ya lo decían en alguna parte. Pero bueno, da igual, todo lo demás es original mio y eso es lo que importa.
      Y, Micky, no te pongas a imaginar cosas que siempre acabas acertando y como lo hagas acabaré asesinando brutalmente a tu personaje.
      Gracias por comentar ^_^

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  2. Vale dejo de imaginar.... publicamente muajajajajaja
    Peo en fin, ¡primero termina el primer capitulo! xD

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  3. Muy bueno, muy bueno. Aplauso.
    Pd: cerdo, quita el punto de "Mostrar verificación de palabras" de la configuración de comentarios.

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