Capitulo 3: Casi
“Casi”. No solo ese no es su verdadero
nombre sino que tampoco es su verdadero mote, al principio su mote se
complementaba con un adjetivo al final pero ya ninguno conseguimos recordar
cual era, por lo que, simplemente, se quedó en Casi.
Nada más
vernos se abalanzó para abrazar a Arg, aquello casi parecía un acto de pura amistad pero para aquellos que la
conocíamos saltaba a la vista que lo hacía con la clara intención de atraer la
atención de todos, algo que casi
consigue. Cero y yo pasamos de ella, ya estábamos acostumbrados a aquella chica
que casi tenía la estatura de una
niña de doce años, era regordeta y cuyo rostro no era precisamente agradable.
Tenía las mejillas muy abultadas, los labios muy gruesos y la barbilla
demasiado alta, el puente de la nariz se curvaba en un ángulo extraño. Sus ojos
eran castaños, a juego con su cabello rizado que casi le llegaba hasta los hombros. Llevaba puesta una chaqueta de
hombre, seguramente de Dante, para protegerse del fresco que había llegado con
el anochecer pero esta estaba cuidadosamente desabrochada para que todo el que
quisiese pudiese apreciar su voluminoso escote, algo que casi hubiese resultado atractivo. Sus rechonchas piernas estaban
cubiertas solo por un pantalón corto y calzaba unas chanclas.
Dante por su
parte era un chico amable, simpático y, aunque a veces podía resultar un poco
pesado, con él podías estar bastante a gusto. Tenía más o menos la misma altura
que yo, estaba un poco regordete y llevaba una coleta rubia que le llegaba
hasta los hombros. Un tipo de complexión ancha y cara algo cuadrada que, al
igual que Argentino, solía estar siempre sonriendo. Vestía unos vaqueros y una
camiseta negra, parecía estar pasando algo de frío por haber cedido su
chaqueta, algo que casi seguro había
hecho voluntariamente. Aquel día llevaba las botas que usaba para montar en su
moto y el casco bajo el brazo.
-¿Qué bebiendo
un poco? –preguntó Dante.
-Sí, ya sabes
que funcionamos mejor con una pequeña dosis de alcohol en el cuerpo. –respondió
Cero.
Tras los
saludos necesarios los cinco chavales se sentaron en el césped y reanudaron sus
conversaciones.
-Zetha, ¿no
quedaba poco para tú cumple? –preguntó casi
espontáneamente.
-Sí, los cumplo
mañana ¿por qué?
-Sentía
curiosidad… ¿Tienes algo pensado para hacer con tú bala?
-¿Algo? –Cero frunció
el ceño –Con una bala solo se pueden hacer dos cosas, guardarla o dispararla.
No puedes tener algo que hacer con una bala, preguntarás si tiene a alguien
como objetivo de ella.
-En realidad
si se puede hacer “algo” con una bala, aparte de guardarla o dispararla. –apuntó
Arg –Puedes venderla, como hice yo.
-¿Venderla? No
entiendo porqué ibas a querer hacer eso con tu bala. –Dante se había
sorprendido ante la frase de Argentino.
-Argen es así
de raro. –Acompañó aquella frase con una risita que casi me provoca un escalofrío, menos mal que pude contenerme.
-Verás, las
cosas en mi casa no están en el mejor momento. –comenzó a explicar el aludido -Mis
padres están ambos en el paro y no tiene pinta de que puedan encontrar un
trabajo pronto, si no hubiese vendido la bala seguramente nos hubiesen
desalojado de nuestra casa por no poder pagarla. Pero gracias al dinero que
recibí ahora vivimos bastante bien y parece que podremos mantenernos algunos
años aunque no encontremos donde trabajar. –Hizo una pequeña pausa y para
terminar añadió –Además me he podido comprar un ordenador brutal y, al fin,
tengo internet en casa.
-Sí, comprendo
que en tu caso la vendieras, pero yo no barajo esa opción. O, al menos, no aún.
– intervine –He pensado en utilizarla con alguien pero me parece demasiado
pronto, como si no aprovechase el poder que me conceden.
-Yo lo tengo
más que claro. –Dante sonreía mientras hablaba –Mi bala ya tiene un nombre
grabado a fuego en ella, pero es una lástima que aún no me haya encontrado con
el dueño del nombre.
-¡Claro que sí
cariño! –Casi resultaba pornográfico la
forma en que le restregaba su escote por el pecho mientras le abrazaba –Y después
me regalarás tu arma, porque yo aún no he podido gastar mi bala como querría.
Es un asco esto de no poder permitirte una pistola.
-Pues yo paso
de usarla aún. –fue el aporte de Cero –Aunque tengo los medios para ello creo
que no es buen momento. Ya se presentarán circunstancias que la necesiten
realmente, eso, o acabaré vendiéndola para financiar alguno de nuestros imaginarios
proyectos.
Ante aquello
no pude evitar reírme y comentar.
-Y si tuvieses
todo ese dinero, ¿por dónde empezarías? ¿Comprarías una editorial dónde
publicar todos los libros que hemos comenzado o contratarías a un montón de informáticos
que crearan los videojuegos que ideamos?
Aquello
provocó que la conversación cambiase totalmente de término y durante largo rato
debatiésemos sobre qué sería mejor a la hora de invertir, teníamos gran
cantidad de sueños que ocupaban nuestras vacías y aburridas vidas. Aún no
sabíamos todo lo que nos deparaba el futuro.
Minutos
después yo volvía de una zona concreta de aquel parque, una zona que cuando
comenzamos a visitar tres años atrás estaba rodeada de coloridos setos y
espléndidos arboles que mostraban lo bella que puede ser la naturaleza cuando
se le otorga un rincón en algún punto de una contaminada ciudad, pero que con
el paso de cientos de personas que descargaban sus necesidades fisiológicas en
aquel lugar había perdido su esplendor. De repente, me pregunté si era ya hora
de volver a casa y miré el reloj, marcaba la una menos cuarto de la mañana… del
veintitrés de mayo.
-Oye casi, ¿has
visto lo que hay aquí? –pregunté mientras me dirigía hacia el grupo.
Ella se
levantó de golpe, casi había parecido
un movimiento fluido, y se acercó a ver lo que yo le señalaba. Ocurrió todo de
golpe, recuerdo que durante las semanas siguientes me sentí bastante orgulloso
de lo fluido y efectivo que había resultado en aquel momento. La agarré por el
cuello con la mano izquierda casi ahogándola,
puse su nuca en mi pecho mientras con la diestra agarraba la glock de mi
espalda y la coloqué el cañón en su sien. Mi mirada estaba fija en mi compañeros cuando,
sin necesidad de ver la pantalla electrónica de mi arma ya que sabía
perfectamente lo que marcaba, apreté el gatillo.
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