martes, 9 de julio de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 3

Capitulo 3: Casi

“Casi”. No solo ese no es su verdadero nombre sino que tampoco es su verdadero mote, al principio su mote se complementaba con un adjetivo al final pero ya ninguno conseguimos recordar cual era, por lo que, simplemente, se quedó en Casi.
Nada más vernos se abalanzó para abrazar a Arg, aquello casi parecía un acto de pura amistad pero para aquellos que la conocíamos saltaba a la vista que lo hacía con la clara intención de atraer la atención de todos, algo que casi consigue. Cero y yo pasamos de ella, ya estábamos acostumbrados a aquella chica que casi tenía la estatura de una niña de doce años, era regordeta y cuyo rostro no era precisamente agradable. Tenía las mejillas muy abultadas, los labios muy gruesos y la barbilla demasiado alta, el puente de la nariz se curvaba en un ángulo extraño. Sus ojos eran castaños, a juego con su cabello rizado que casi le llegaba hasta los hombros. Llevaba puesta una chaqueta de hombre, seguramente de Dante, para protegerse del fresco que había llegado con el anochecer pero esta estaba cuidadosamente desabrochada para que todo el que quisiese pudiese apreciar su voluminoso escote, algo que casi hubiese resultado atractivo. Sus rechonchas piernas estaban cubiertas solo por un pantalón corto y calzaba unas chanclas.
Dante por su parte era un chico amable, simpático y, aunque a veces podía resultar un poco pesado, con él podías estar bastante a gusto. Tenía más o menos la misma altura que yo, estaba un poco regordete y llevaba una coleta rubia que le llegaba hasta los hombros. Un tipo de complexión ancha y cara algo cuadrada que, al igual que Argentino, solía estar siempre sonriendo. Vestía unos vaqueros y una camiseta negra, parecía estar pasando algo de frío por haber cedido su chaqueta, algo que casi seguro había hecho voluntariamente. Aquel día llevaba las botas que usaba para montar en su moto y el casco bajo el brazo.
-¿Qué bebiendo un poco? –preguntó Dante.
-Sí, ya sabes que funcionamos mejor con una pequeña dosis de alcohol en el cuerpo. –respondió Cero.
Tras los saludos necesarios los cinco chavales se sentaron en el césped y reanudaron sus conversaciones.
-Zetha, ¿no quedaba poco para tú cumple? –preguntó casi espontáneamente.
-Sí, los cumplo mañana ¿por qué?
-Sentía curiosidad… ¿Tienes algo pensado para hacer con tú bala?
-¿Algo? –Cero frunció el ceño –Con una bala solo se pueden hacer dos cosas, guardarla o dispararla. No puedes tener algo que hacer con una bala, preguntarás si tiene a alguien como objetivo de ella.
-En realidad si se puede hacer “algo” con una bala, aparte de guardarla o dispararla. –apuntó Arg –Puedes venderla, como hice yo.
-¿Venderla? No entiendo porqué ibas a querer hacer eso con tu bala. –Dante se había sorprendido ante la frase de Argentino.
-Argen es así de raro. –Acompañó aquella frase con una risita que casi me provoca un escalofrío, menos mal que pude contenerme.
-Verás, las cosas en mi casa no están en el mejor momento. –comenzó a explicar el aludido -Mis padres están ambos en el paro y no tiene pinta de que puedan encontrar un trabajo pronto, si no hubiese vendido la bala seguramente nos hubiesen desalojado de nuestra casa por no poder pagarla. Pero gracias al dinero que recibí ahora vivimos bastante bien y parece que podremos mantenernos algunos años aunque no encontremos donde trabajar. –Hizo una pequeña pausa y para terminar añadió –Además me he podido comprar un ordenador brutal y, al fin, tengo internet en casa.
-Sí, comprendo que en tu caso la vendieras, pero yo no barajo esa opción. O, al menos, no aún. – intervine –He pensado en utilizarla con alguien pero me parece demasiado pronto, como si no aprovechase el poder que me conceden.
-Yo lo tengo más que claro. –Dante sonreía mientras hablaba –Mi bala ya tiene un nombre grabado a fuego en ella, pero es una lástima que aún no me haya encontrado con el dueño del nombre.
-¡Claro que sí cariño! –Casi resultaba pornográfico la forma en que le restregaba su escote por el pecho mientras le abrazaba –Y después me regalarás tu arma, porque yo aún no he podido gastar mi bala como querría. Es un asco esto de no poder permitirte una pistola.
-Pues yo paso de usarla aún. –fue el aporte de Cero –Aunque tengo los medios para ello creo que no es buen momento. Ya se presentarán circunstancias que la necesiten realmente, eso, o acabaré vendiéndola para financiar alguno de nuestros imaginarios proyectos.
Ante aquello no pude evitar reírme y comentar.
-Y si tuvieses todo ese dinero, ¿por dónde empezarías? ¿Comprarías una editorial dónde publicar todos los libros que hemos comenzado o contratarías a un montón de informáticos que crearan los videojuegos que ideamos?
Aquello provocó que la conversación cambiase totalmente de término y durante largo rato debatiésemos sobre qué sería mejor a la hora de invertir, teníamos gran cantidad de sueños que ocupaban nuestras vacías y aburridas vidas. Aún no sabíamos todo lo que nos deparaba el futuro.
Minutos después yo volvía de una zona concreta de aquel parque, una zona que cuando comenzamos a visitar tres años atrás estaba rodeada de coloridos setos y espléndidos arboles que mostraban lo bella que puede ser la naturaleza cuando se le otorga un rincón en algún punto de una contaminada ciudad, pero que con el paso de cientos de personas que descargaban sus necesidades fisiológicas en aquel lugar había perdido su esplendor. De repente, me pregunté si era ya hora de volver a casa y miré el reloj, marcaba la una menos cuarto de la mañana… del veintitrés de mayo.
-Oye casi, ¿has visto lo que hay aquí? –pregunté mientras me dirigía hacia el grupo.

Ella se levantó de golpe, casi había parecido un movimiento fluido, y se acercó a ver lo que yo le señalaba. Ocurrió todo de golpe, recuerdo que durante las semanas siguientes me sentí bastante orgulloso de lo fluido y efectivo que había resultado en aquel momento. La agarré por el cuello con la mano izquierda casi ahogándola, puse su nuca en mi pecho mientras con la diestra agarraba la glock de mi espalda y la coloqué  el cañón en su sien. Mi mirada estaba fija en mi compañeros cuando, sin necesidad de ver la pantalla electrónica de mi arma ya que sabía perfectamente lo que marcaba, apreté el gatillo.

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