miércoles, 10 de julio de 2013

El escritor

Esta historia no tiene nada que ver con "Balas de la igualdad", no todo lo que escriba en este blog irá sobre la misma saga, ni todo tendrá continuación. Esta historia es un ejemplo, no tiene un antes ni un después, es solo lo que aquí leéis.

Escribía, porque escribir le relajaba, porque mientras su mente y su mano estuviesen ocupadas en escribir sus problemas no existían, eran olvidados, quedaban en un lugar tan alejado que la consciencia no llegaba a alcanzarlos. La historia de su escrito no tenía importancia, no reflejaba nada real, no era una novela ni nadie que no fuera él llegaría a leerlo nunca. El tiempo pasaba a su alrededor sin siquiera rozarle, sin que él se diese cuenta, sin que él notase nada.
Suspiró, levantó la cabeza, soltó la pluma y se estiró en la silla. La inspiración hoy no parecía acompañarle, apenas había escrito un par de páginas. Se puso en pie y dio un par de vueltas a la habitación en busca de algo que le inspirara para seguir allí. No encontró nada.
Cansado, guardó todos sus instrumentos de escritura, abrió la puerta de la habitación y se marchó de ella. En el salón le esperaba una chica joven, de una belleza capaz de dejar mudo a cualquier hombre, labios carnosos e insinuantes, pómulos altos y ligeramente enrojecidos, nariz perfecta y ojos de un azul intenso capaces de mirar las profundidades de cualquier alma. Su cabello largo, rizado y castaño caía por sus hombros hasta llegar al comienzo de su notable escote.
Ella le miró, su rostro reflejaba claramente unos sentimientos que trataba de ocultar. Parecía incluso que sus sentimientos por él se hubiesen intensificado desde la última vez. Bajó las escaleras que unían el salón con la habitación de la que acababa de salir y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que en lo más profundo de su ser, él también sentía todo aquello por ella, que lamentaba profundamente el tiempo que habían pasado separados, pero aquellos sentimientos eran demasiado dolorosos para dejarlos fluir.
Suspiró
-¿Qué haces aquí Catalina? –fue su saludo.
-Malas razones me obligan a venir.
-¿Acaso fueron buenas alguna vez?
Al pie de las escaleras se encontraban ambos, sosteniéndose la mirada. Ella abrió la boca con intenciones de argumentar y rebatir, pero paró antes de llegar a emitir ningún sonido, sus ojos se llenaros de tristeza, apartó la mirada dirigiéndola hacia el suelo y contestó, con una voz cargada de la mayor de las penas:
-No, supongo que no.
Él nunca apartó la mirada de su rostro, a pesar de que ella ya no era capaz de corresponderle.  Su voz estaba invadida por una dureza que parecía ir extendiéndose por los rasgos de su rostro, sin llegar nunca a conquistar su mirada.
-¿Puedo conocer dichas razones?
-Sertan se ha cansado, definitivamente.
-¿Sertan? ¿Qué tiene que ver ese camello cabrón contigo?
-Le debes dinero. –Ella volvió a levantar la mirada, ahora en su rostro solo había seriedad, cualquier rastro de cariño había desaparecido. Le miraba como si hablase con un desconocido con el que tuviese que tratar por razones puramente obligatorias, como si todos los momentos que habían pasado juntos no tuvieran importancia. –Y no puedes pagarle.
-Si has venido a explicarme mis problemas económicos ya puedes marcharte. Sé perfectamente cuales son.
-Pero desconoces los míos.
-¿Tuyos? –No pudo contener una carcajada. -¿La señorita, doña perfecta, tiene problemas económicos?
Ella suspiró.
-Soy lo más parecido a una amiga que tienes, si tuvieses algo de familia sería yo… Así que Sertan ha decidido que debo ser tu aval.
Se quedó mudo. Hacía tres años de la última vez que había hablado con aquella mujer y, al menos, otro que no la veía. La última vez que lo habían hecho habían discutido durante horas y, aún así, se atrevía a decir que era su amiga, su familia… Notaba cómo la sangre hervía en su interior mientras un incongruente sinfín de discusiones sin resolver se agolpaba en su cabeza.
-¡Lárgate de aquí! –La ira se hacía evidente en su voz y sus ojos parecían desear la muerte de ella por encima de cualquier otra cosa. -¡No quiero volver a verte nunca más!
Ella se recolocó el bolso en el hombro derecho, giró ciento ochenta grados y se acercó decidida a la puerta de la estancia pero, antes de abrirla decidió terminar la conversación con dos palabras que resonarían en la mente de él durante el resto de su vida:

-Adiós… Papá.

1 comentario:

  1. Mola, emocionalmente intenso y siempre algo desconcertante, es como coger un libro y leerlo por la mitad, te deja como mínimo, con las ganas de saber mas de esa historia, pero bueno, esta muy bien escrito xD, el único problema es que no sabia en que época trascurre, pero no tiene tanta importancia al ser tan solo un fragmento

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