Esta historia no tiene nada que ver con "Balas de la igualdad", no todo lo que escriba en este blog irá sobre la misma saga, ni todo tendrá continuación. Esta historia es un ejemplo, no tiene un antes ni un después, es solo lo que aquí leéis.
Escribía,
porque escribir le relajaba, porque mientras su mente y su mano estuviesen
ocupadas en escribir sus problemas no existían, eran olvidados, quedaban en un
lugar tan alejado que la consciencia no llegaba a alcanzarlos. La historia de
su escrito no tenía importancia, no reflejaba nada real, no era una novela ni
nadie que no fuera él llegaría a leerlo nunca. El tiempo pasaba a su alrededor
sin siquiera rozarle, sin que él se diese cuenta, sin que él notase nada.
Suspiró,
levantó la cabeza, soltó la pluma y se estiró en la silla. La inspiración hoy
no parecía acompañarle, apenas había escrito un par de páginas. Se puso en pie
y dio un par de vueltas a la habitación en busca de algo que le inspirara para
seguir allí. No encontró nada.
Cansado,
guardó todos sus instrumentos de escritura, abrió la puerta de la habitación y
se marchó de ella. En el salón le esperaba una chica joven, de una belleza
capaz de dejar mudo a cualquier hombre, labios carnosos e insinuantes, pómulos
altos y ligeramente enrojecidos, nariz perfecta y ojos de un azul intenso capaces
de mirar las profundidades de cualquier alma. Su cabello largo, rizado y
castaño caía por sus hombros hasta llegar al comienzo de su notable escote.
Ella le miró,
su rostro reflejaba claramente unos sentimientos que trataba de ocultar. Parecía
incluso que sus sentimientos por él se hubiesen intensificado desde la última
vez. Bajó las escaleras que unían el salón con la habitación de la que acababa
de salir y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que en lo más profundo de su
ser, él también sentía todo aquello por ella, que lamentaba profundamente el
tiempo que habían pasado separados, pero aquellos sentimientos eran demasiado
dolorosos para dejarlos fluir.
Suspiró
-¿Qué haces
aquí Catalina? –fue su saludo.
-Malas razones
me obligan a venir.
-¿Acaso fueron
buenas alguna vez?
Al pie de las
escaleras se encontraban ambos, sosteniéndose la mirada. Ella abrió la boca con
intenciones de argumentar y rebatir, pero paró antes de llegar a emitir ningún
sonido, sus ojos se llenaros de tristeza, apartó la mirada dirigiéndola hacia el
suelo y contestó, con una voz cargada de la mayor de las penas:
-No, supongo
que no.
Él nunca
apartó la mirada de su rostro, a pesar de que ella ya no era capaz de
corresponderle. Su voz estaba invadida
por una dureza que parecía ir extendiéndose por los rasgos de su rostro, sin
llegar nunca a conquistar su mirada.
-¿Puedo
conocer dichas razones?
-Sertan se ha
cansado, definitivamente.
-¿Sertan? ¿Qué
tiene que ver ese camello cabrón contigo?
-Le debes
dinero. –Ella volvió a levantar la mirada, ahora en su rostro solo había
seriedad, cualquier rastro de cariño había desaparecido. Le miraba como si
hablase con un desconocido con el que tuviese que tratar por razones puramente
obligatorias, como si todos los momentos que habían pasado juntos no tuvieran
importancia. –Y no puedes pagarle.
-Si has venido
a explicarme mis problemas económicos ya puedes marcharte. Sé perfectamente
cuales son.
-Pero
desconoces los míos.
-¿Tuyos? –No pudo
contener una carcajada. -¿La señorita, doña perfecta, tiene problemas
económicos?
Ella suspiró.
-Soy lo más
parecido a una amiga que tienes, si tuvieses algo de familia sería yo… Así que
Sertan ha decidido que debo ser tu aval.
Se quedó mudo.
Hacía tres años de la última vez que había hablado con aquella mujer y, al
menos, otro que no la veía. La última vez que lo habían hecho habían discutido
durante horas y, aún así, se atrevía a decir que era su amiga, su familia…
Notaba cómo la sangre hervía en su interior mientras un incongruente sinfín de
discusiones sin resolver se agolpaba en su cabeza.
-¡Lárgate de
aquí! –La ira se hacía evidente en su voz y sus ojos parecían desear la muerte
de ella por encima de cualquier otra cosa. -¡No quiero volver a verte nunca más!
Ella se
recolocó el bolso en el hombro derecho, giró ciento ochenta grados y se acercó
decidida a la puerta de la estancia pero, antes de abrirla decidió terminar la
conversación con dos palabras que resonarían en la mente de él durante el resto
de su vida:
-Adiós… Papá.
Mola, emocionalmente intenso y siempre algo desconcertante, es como coger un libro y leerlo por la mitad, te deja como mínimo, con las ganas de saber mas de esa historia, pero bueno, esta muy bien escrito xD, el único problema es que no sabia en que época trascurre, pero no tiene tanta importancia al ser tan solo un fragmento
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