Capitulo 4: Porqué
Segundos más
tarde los cañones de dos armas apuntaban en mi dirección. Mis amigos se habían
levantado al tiempo que ella caía al suelo sin vida. Dante sujetaba su arma
decidido, el evidente brillo de la ira titilaba en su mirada, parecía haberse
olvidado de que ya tenía objetivo para bala o, quizás, quién quiera que fuese,
no había hecho algo tan grave como matar a su novia delante de sus ojos.
Crucé una
rápida mirada de ojos con Cero. Después de tantos años de estrecha amistad no
hizo falta más. Él dio un paso atrás para separarse de su nuevo objetivo mientras
yo con una sonrisa en el rostro, mitad orgullo, mitad puro nerviosismo levante
mi glock. Ahora era a Dante y no a mí a quién apuntaban los cañones de dos
armas.
-¿Se puede
saber que cojones estáis haciendo?
La voz de Argentino
sonó tensa, algo que pensándolo fríamente tenía sentido. La impotencia y el
miedo debían estar consumiéndole por dentro mientras veía a tres de sus amigos enfrentados,
sabiendo que había vendido la única opción de participar en aquel silencioso
enfrentamiento.
-¿Pero no veis
que sois amigos? ¡Bajad las pipas!
-Ha matado a
mi chica. –fue la seca y carente de emoción que dio Dante.
-Aún así, yo
te aconsejaría que la bajases. Somos dos contra uno. –Aunque Cero parecía
haberse puesto bastante tenso al principio ya volvía a su habitual estado de
calma.
-¿Le vas a
defender? ¡La ha matado! –Dante claramente estaba luchando por contener su
rabia y no actuar por sus impulsos.
-Sí, es
cierto. Pero no tiene porqué morir nadie más. –Arg siempre intentando ser
diplomático, aunque la situación fuese insostenible. Típico –Venga Rafa, seguro
que ha sido un arrebato, discúlpate y llamamos a una ambulancia, seguro que aún
pueden hacer algo por ella.
-Dante, él es
mi amigo y aunque ella no tenía porqué morir… en realidad no me importaba una
mierda. –respondió Cero a la pregunta de Dante. –Y ya puestos a hacer preguntas…
¿Por qué coño lo has hecho, Zetha?
Recuerdo qué,
en aquel momento y a pesar de todo lo que estaba pasando, la pregunta que
ocupaba mi mente era otra. ¿Por qué no
podía parar de sonreír? Puede que la adrenalina del momento me impedía
controlar bien mis emociones o que me estuviese obligando a mostrarlas aunque
prefiriese que se ocultasen.
-Creo que está
bastante claro, ¿no? –Aquel gesto no se marchaba de mi rostro, ni hablando si
quiera. -¿Alguno de los tres ha vivido un momento más emocionante que este?
Porque yo no.
Todos me
miraron asombrados.
-¿Y ya está? ¿Has
acabado con la vida de una persona solo por vivir un momento emocionante? –Parecía
que aquello nunca encajaría en la mente de Argentino. Debía chochar de frente
con su concepto de la vida.
-¿En serio has
gastado la única bala que te permitía matar a alguien sin consecuencias por
vivir esto? –La pregunta de Cero llegó unos segundos después, eclipsando la
anterior.
-¿Mi única
bala? ¿Crees que si fuese mi única bala aún tendría esta arma en la mano y
estaría aquí, simulando que puedo disparar a Dante?
En aquel
momento la vista de todos se dirigió a las pantallas laterales de mi arma,
aquellas en las que podía verse cuantas balas le quedaban al portador del arma.
Seguramente todos estaban esperando que en ella se vislumbrase un cero, pero no.
-¿Cómo puede
ser? –Dante estaba realmente sorprendido, incluso parecía que su rabia había
disminuido un poco con aquella noticia -¿Tenías más de una bala?
-No, amigo. Yo
empecé con una bala, como todo el mundo. –El odio retornó a sus ojos cuando, inconscientemente,
le llamé amigo. –Pero conozco las leyes de las balas. Todas ellas, de hecho mi
padre me obligó a recitárselas antes de darme mi arma. Por ello puedo aprovecharme
de ciertas circunstancias que vosotros desconocéis.
Mi incansable sonrisa
debía haberle dado un toque muy egocéntrico a aquella frase.
-Mira,
capullo, si vas a burlarte de nosotros de esa forma no dudaré en apretar el
gatillo y dejarte K.O. en un segundo. –El odio empezaba a consumirle.
-Si lo haces
tú también acabarás con una bala dentro de la cabeza. –Cero dijo aquella frase
sorprendentemente sereno. –Y sabes tan bien como yo que no vacilaré.
-Dante, cálmate.
–Argentino estaba realmente tenso en aquella situación –Otra muerte no beneficiará
a nadie, que no se te olvide. Aún estás a tiempo de marcharte sin ningún
rasguño.
Dante me miró
primero a mí, luego a Cero, después al cadáver de su antigua novia y por último
otra vez a mí. Su miraba destilaba más odio que al empezar.
-Créeme Zetha,
mi bala ahora lleva tu nombre grabado, quizás no sea hoy, pero acabaré contigo.
Los siguientes
cinco minutos se hicieron eternos mientras Dante, lentamente retrocedía sin
apartar los ojos de nosotros y sin
guardar su arma. Cuando su rastro se perdió entre los matorrales aún
esperamos un minuto para asegurarnos de que se había ido antes de relajarnos. Y,
al fin, aquella maldita sonrisa se borró de mi cara.
-Explícanos
que acaba de pasar, capullo. –fue la primera frase de Cero.
-Pues, verás,
la norma número siete dice que el día de cumpleaños de cada adulto que aún
posea una bala se le otorgará el privilegio de reponerla siempre que mate de un
solo tiro a alguien que todavía no haya gastado la suya. De ese modo aún
mantengo una bala a pesar de haber matado a Casi.
-Eso no. Cero
quería saber porqué la has matado, tío. –Argen estaba aún bastante nervioso y
me miraba como si fuese alguien extraño que se hubiese colado en su vida para
molestarle.
-Em… Esto… Arg…
En realidad me ha respondido justo lo que quería saber.
A mí se me
escapó un bufido que podía recordar a una carcajada, pero a Argentino casi se
le desencajó la boca de lo que la abrió mientras miraba incrédulo a Cero.
-Mira, si
quieres saber porqué la he matado te lo digo. –Los dos me miraron intrigados
por tercera vez aquella noche. –Ella me caía mal, reconozcamoslo es insufrible, yo estaba ansioso por gastar
mi bala y cuando dijo que ella aún guardaba la suya no pude resistir las ganas…
además hemos vivido un momento inolvidable, no podéis negarlo.