martes, 16 de julio de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 4

Capitulo 4: Porqué
Segundos más tarde los cañones de dos armas apuntaban en mi dirección. Mis amigos se habían levantado al tiempo que ella caía al suelo sin vida. Dante sujetaba su arma decidido, el evidente brillo de la ira titilaba en su mirada, parecía haberse olvidado de que ya tenía objetivo para bala o, quizás, quién quiera que fuese, no había hecho algo tan grave como matar a su novia delante de sus ojos.
Crucé una rápida mirada de ojos con Cero. Después de tantos años de estrecha amistad no hizo falta más. Él dio un paso atrás para separarse de su nuevo objetivo mientras yo con una sonrisa en el rostro, mitad orgullo, mitad puro nerviosismo levante mi glock. Ahora era a Dante y no a mí a quién apuntaban los cañones de dos armas.
-¿Se puede saber que cojones estáis haciendo?
La voz de Argentino sonó tensa, algo que pensándolo fríamente tenía sentido. La impotencia y el miedo debían estar consumiéndole por dentro mientras veía a tres de sus amigos enfrentados, sabiendo que había vendido la única opción de participar en aquel silencioso enfrentamiento.
-¿Pero no veis que sois amigos? ¡Bajad las pipas!
-Ha matado a mi chica. –fue la seca y carente de emoción que dio Dante.
-Aún así, yo te aconsejaría que la bajases. Somos dos contra uno. –Aunque Cero parecía haberse puesto bastante tenso al principio ya volvía a su habitual estado de calma.
-¿Le vas a defender? ¡La ha matado! –Dante claramente estaba luchando por contener su rabia y no actuar por sus impulsos.
-Sí, es cierto. Pero no tiene porqué morir nadie más. –Arg siempre intentando ser diplomático, aunque la situación fuese insostenible. Típico –Venga Rafa, seguro que ha sido un arrebato, discúlpate y llamamos a una ambulancia, seguro que aún pueden hacer algo por ella.
-Dante, él es mi amigo y aunque ella no tenía porqué morir… en realidad no me importaba una mierda. –respondió Cero a la pregunta de Dante. –Y ya puestos a hacer preguntas… ¿Por qué coño lo has hecho, Zetha?
Recuerdo qué, en aquel momento y a pesar de todo lo que estaba pasando, la pregunta que ocupaba mi mente era otra. ¿Por qué no podía parar de sonreír? Puede que la adrenalina del momento me impedía controlar bien mis emociones o que me estuviese obligando a mostrarlas aunque prefiriese que se ocultasen.
-Creo que está bastante claro, ¿no? –Aquel gesto no se marchaba de mi rostro, ni hablando si quiera. -¿Alguno de los tres ha vivido un momento más emocionante que este? Porque yo no.
Todos me miraron asombrados.
-¿Y ya está? ¿Has acabado con la vida de una persona solo por vivir un momento emocionante? –Parecía que aquello nunca encajaría en la mente de Argentino. Debía chochar de frente con su concepto de la vida.
-¿En serio has gastado la única bala que te permitía matar a alguien sin consecuencias por vivir esto? –La pregunta de Cero llegó unos segundos después, eclipsando la anterior.
-¿Mi única bala? ¿Crees que si fuese mi única bala aún tendría esta arma en la mano y estaría aquí, simulando que puedo disparar a Dante?
En aquel momento la vista de todos se dirigió a las pantallas laterales de mi arma, aquellas en las que podía verse cuantas balas le quedaban al portador del arma. Seguramente todos estaban esperando que en ella se vislumbrase un cero, pero no.
-¿Cómo puede ser? –Dante estaba realmente sorprendido, incluso parecía que su rabia había disminuido un poco con aquella noticia -¿Tenías más de una bala?
-No, amigo. Yo empecé con una bala, como todo el mundo. –El odio retornó a sus ojos cuando, inconscientemente, le llamé amigo. –Pero conozco las leyes de las balas. Todas ellas, de hecho mi padre me obligó a recitárselas antes de darme mi arma. Por ello puedo aprovecharme de ciertas circunstancias que vosotros desconocéis.
Mi incansable sonrisa debía haberle dado un toque muy egocéntrico a aquella frase.
-Mira, capullo, si vas a burlarte de nosotros de esa forma no dudaré en apretar el gatillo y dejarte K.O. en un segundo. –El odio empezaba a consumirle.
-Si lo haces tú también acabarás con una bala dentro de la cabeza. –Cero dijo aquella frase sorprendentemente sereno. –Y sabes tan bien como yo que no vacilaré.
-Dante, cálmate. –Argentino estaba realmente tenso en aquella situación –Otra muerte no beneficiará a nadie, que no se te olvide. Aún estás a tiempo de marcharte sin ningún rasguño.
Dante me miró primero a mí, luego a Cero, después al cadáver de su antigua novia y por último otra vez a mí. Su miraba destilaba más odio que al empezar.
-Créeme Zetha, mi bala ahora lleva tu nombre grabado, quizás no sea hoy, pero acabaré contigo.
Los siguientes cinco minutos se hicieron eternos mientras Dante, lentamente retrocedía sin apartar los ojos de nosotros y sin  guardar su arma. Cuando su rastro se perdió entre los matorrales aún esperamos un minuto para asegurarnos de que se había ido antes de relajarnos. Y, al fin, aquella maldita sonrisa se borró de mi cara.
-Explícanos que acaba de pasar, capullo. –fue la primera frase de Cero.
-Pues, verás, la norma número siete dice que el día de cumpleaños de cada adulto que aún posea una bala se le otorgará el privilegio de reponerla siempre que mate de un solo tiro a alguien que todavía no haya gastado la suya. De ese modo aún mantengo una bala a pesar de haber matado a Casi.
-Eso no. Cero quería saber porqué la has matado, tío. –Argen estaba aún bastante nervioso y me miraba como si fuese alguien extraño que se hubiese colado en su vida para molestarle.
-Em… Esto… Arg… En realidad me ha respondido justo lo que quería saber.
A mí se me escapó un bufido que podía recordar a una carcajada, pero a Argentino casi se le desencajó la boca de lo que la abrió mientras miraba incrédulo a Cero.

-Mira, si quieres saber porqué la he matado te lo digo. –Los dos me miraron intrigados por tercera vez aquella noche. –Ella me caía mal, reconozcamoslo es insufrible, yo estaba ansioso por gastar mi bala y cuando dijo que ella aún guardaba la suya no pude resistir las ganas… además hemos vivido un momento inolvidable, no podéis negarlo.

miércoles, 10 de julio de 2013

El escritor

Esta historia no tiene nada que ver con "Balas de la igualdad", no todo lo que escriba en este blog irá sobre la misma saga, ni todo tendrá continuación. Esta historia es un ejemplo, no tiene un antes ni un después, es solo lo que aquí leéis.

Escribía, porque escribir le relajaba, porque mientras su mente y su mano estuviesen ocupadas en escribir sus problemas no existían, eran olvidados, quedaban en un lugar tan alejado que la consciencia no llegaba a alcanzarlos. La historia de su escrito no tenía importancia, no reflejaba nada real, no era una novela ni nadie que no fuera él llegaría a leerlo nunca. El tiempo pasaba a su alrededor sin siquiera rozarle, sin que él se diese cuenta, sin que él notase nada.
Suspiró, levantó la cabeza, soltó la pluma y se estiró en la silla. La inspiración hoy no parecía acompañarle, apenas había escrito un par de páginas. Se puso en pie y dio un par de vueltas a la habitación en busca de algo que le inspirara para seguir allí. No encontró nada.
Cansado, guardó todos sus instrumentos de escritura, abrió la puerta de la habitación y se marchó de ella. En el salón le esperaba una chica joven, de una belleza capaz de dejar mudo a cualquier hombre, labios carnosos e insinuantes, pómulos altos y ligeramente enrojecidos, nariz perfecta y ojos de un azul intenso capaces de mirar las profundidades de cualquier alma. Su cabello largo, rizado y castaño caía por sus hombros hasta llegar al comienzo de su notable escote.
Ella le miró, su rostro reflejaba claramente unos sentimientos que trataba de ocultar. Parecía incluso que sus sentimientos por él se hubiesen intensificado desde la última vez. Bajó las escaleras que unían el salón con la habitación de la que acababa de salir y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que en lo más profundo de su ser, él también sentía todo aquello por ella, que lamentaba profundamente el tiempo que habían pasado separados, pero aquellos sentimientos eran demasiado dolorosos para dejarlos fluir.
Suspiró
-¿Qué haces aquí Catalina? –fue su saludo.
-Malas razones me obligan a venir.
-¿Acaso fueron buenas alguna vez?
Al pie de las escaleras se encontraban ambos, sosteniéndose la mirada. Ella abrió la boca con intenciones de argumentar y rebatir, pero paró antes de llegar a emitir ningún sonido, sus ojos se llenaros de tristeza, apartó la mirada dirigiéndola hacia el suelo y contestó, con una voz cargada de la mayor de las penas:
-No, supongo que no.
Él nunca apartó la mirada de su rostro, a pesar de que ella ya no era capaz de corresponderle.  Su voz estaba invadida por una dureza que parecía ir extendiéndose por los rasgos de su rostro, sin llegar nunca a conquistar su mirada.
-¿Puedo conocer dichas razones?
-Sertan se ha cansado, definitivamente.
-¿Sertan? ¿Qué tiene que ver ese camello cabrón contigo?
-Le debes dinero. –Ella volvió a levantar la mirada, ahora en su rostro solo había seriedad, cualquier rastro de cariño había desaparecido. Le miraba como si hablase con un desconocido con el que tuviese que tratar por razones puramente obligatorias, como si todos los momentos que habían pasado juntos no tuvieran importancia. –Y no puedes pagarle.
-Si has venido a explicarme mis problemas económicos ya puedes marcharte. Sé perfectamente cuales son.
-Pero desconoces los míos.
-¿Tuyos? –No pudo contener una carcajada. -¿La señorita, doña perfecta, tiene problemas económicos?
Ella suspiró.
-Soy lo más parecido a una amiga que tienes, si tuvieses algo de familia sería yo… Así que Sertan ha decidido que debo ser tu aval.
Se quedó mudo. Hacía tres años de la última vez que había hablado con aquella mujer y, al menos, otro que no la veía. La última vez que lo habían hecho habían discutido durante horas y, aún así, se atrevía a decir que era su amiga, su familia… Notaba cómo la sangre hervía en su interior mientras un incongruente sinfín de discusiones sin resolver se agolpaba en su cabeza.
-¡Lárgate de aquí! –La ira se hacía evidente en su voz y sus ojos parecían desear la muerte de ella por encima de cualquier otra cosa. -¡No quiero volver a verte nunca más!
Ella se recolocó el bolso en el hombro derecho, giró ciento ochenta grados y se acercó decidida a la puerta de la estancia pero, antes de abrirla decidió terminar la conversación con dos palabras que resonarían en la mente de él durante el resto de su vida:

-Adiós… Papá.

martes, 9 de julio de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 3

Capitulo 3: Casi

“Casi”. No solo ese no es su verdadero nombre sino que tampoco es su verdadero mote, al principio su mote se complementaba con un adjetivo al final pero ya ninguno conseguimos recordar cual era, por lo que, simplemente, se quedó en Casi.
Nada más vernos se abalanzó para abrazar a Arg, aquello casi parecía un acto de pura amistad pero para aquellos que la conocíamos saltaba a la vista que lo hacía con la clara intención de atraer la atención de todos, algo que casi consigue. Cero y yo pasamos de ella, ya estábamos acostumbrados a aquella chica que casi tenía la estatura de una niña de doce años, era regordeta y cuyo rostro no era precisamente agradable. Tenía las mejillas muy abultadas, los labios muy gruesos y la barbilla demasiado alta, el puente de la nariz se curvaba en un ángulo extraño. Sus ojos eran castaños, a juego con su cabello rizado que casi le llegaba hasta los hombros. Llevaba puesta una chaqueta de hombre, seguramente de Dante, para protegerse del fresco que había llegado con el anochecer pero esta estaba cuidadosamente desabrochada para que todo el que quisiese pudiese apreciar su voluminoso escote, algo que casi hubiese resultado atractivo. Sus rechonchas piernas estaban cubiertas solo por un pantalón corto y calzaba unas chanclas.
Dante por su parte era un chico amable, simpático y, aunque a veces podía resultar un poco pesado, con él podías estar bastante a gusto. Tenía más o menos la misma altura que yo, estaba un poco regordete y llevaba una coleta rubia que le llegaba hasta los hombros. Un tipo de complexión ancha y cara algo cuadrada que, al igual que Argentino, solía estar siempre sonriendo. Vestía unos vaqueros y una camiseta negra, parecía estar pasando algo de frío por haber cedido su chaqueta, algo que casi seguro había hecho voluntariamente. Aquel día llevaba las botas que usaba para montar en su moto y el casco bajo el brazo.
-¿Qué bebiendo un poco? –preguntó Dante.
-Sí, ya sabes que funcionamos mejor con una pequeña dosis de alcohol en el cuerpo. –respondió Cero.
Tras los saludos necesarios los cinco chavales se sentaron en el césped y reanudaron sus conversaciones.
-Zetha, ¿no quedaba poco para tú cumple? –preguntó casi espontáneamente.
-Sí, los cumplo mañana ¿por qué?
-Sentía curiosidad… ¿Tienes algo pensado para hacer con tú bala?
-¿Algo? –Cero frunció el ceño –Con una bala solo se pueden hacer dos cosas, guardarla o dispararla. No puedes tener algo que hacer con una bala, preguntarás si tiene a alguien como objetivo de ella.
-En realidad si se puede hacer “algo” con una bala, aparte de guardarla o dispararla. –apuntó Arg –Puedes venderla, como hice yo.
-¿Venderla? No entiendo porqué ibas a querer hacer eso con tu bala. –Dante se había sorprendido ante la frase de Argentino.
-Argen es así de raro. –Acompañó aquella frase con una risita que casi me provoca un escalofrío, menos mal que pude contenerme.
-Verás, las cosas en mi casa no están en el mejor momento. –comenzó a explicar el aludido -Mis padres están ambos en el paro y no tiene pinta de que puedan encontrar un trabajo pronto, si no hubiese vendido la bala seguramente nos hubiesen desalojado de nuestra casa por no poder pagarla. Pero gracias al dinero que recibí ahora vivimos bastante bien y parece que podremos mantenernos algunos años aunque no encontremos donde trabajar. –Hizo una pequeña pausa y para terminar añadió –Además me he podido comprar un ordenador brutal y, al fin, tengo internet en casa.
-Sí, comprendo que en tu caso la vendieras, pero yo no barajo esa opción. O, al menos, no aún. – intervine –He pensado en utilizarla con alguien pero me parece demasiado pronto, como si no aprovechase el poder que me conceden.
-Yo lo tengo más que claro. –Dante sonreía mientras hablaba –Mi bala ya tiene un nombre grabado a fuego en ella, pero es una lástima que aún no me haya encontrado con el dueño del nombre.
-¡Claro que sí cariño! –Casi resultaba pornográfico la forma en que le restregaba su escote por el pecho mientras le abrazaba –Y después me regalarás tu arma, porque yo aún no he podido gastar mi bala como querría. Es un asco esto de no poder permitirte una pistola.
-Pues yo paso de usarla aún. –fue el aporte de Cero –Aunque tengo los medios para ello creo que no es buen momento. Ya se presentarán circunstancias que la necesiten realmente, eso, o acabaré vendiéndola para financiar alguno de nuestros imaginarios proyectos.
Ante aquello no pude evitar reírme y comentar.
-Y si tuvieses todo ese dinero, ¿por dónde empezarías? ¿Comprarías una editorial dónde publicar todos los libros que hemos comenzado o contratarías a un montón de informáticos que crearan los videojuegos que ideamos?
Aquello provocó que la conversación cambiase totalmente de término y durante largo rato debatiésemos sobre qué sería mejor a la hora de invertir, teníamos gran cantidad de sueños que ocupaban nuestras vacías y aburridas vidas. Aún no sabíamos todo lo que nos deparaba el futuro.
Minutos después yo volvía de una zona concreta de aquel parque, una zona que cuando comenzamos a visitar tres años atrás estaba rodeada de coloridos setos y espléndidos arboles que mostraban lo bella que puede ser la naturaleza cuando se le otorga un rincón en algún punto de una contaminada ciudad, pero que con el paso de cientos de personas que descargaban sus necesidades fisiológicas en aquel lugar había perdido su esplendor. De repente, me pregunté si era ya hora de volver a casa y miré el reloj, marcaba la una menos cuarto de la mañana… del veintitrés de mayo.
-Oye casi, ¿has visto lo que hay aquí? –pregunté mientras me dirigía hacia el grupo.

Ella se levantó de golpe, casi había parecido un movimiento fluido, y se acercó a ver lo que yo le señalaba. Ocurrió todo de golpe, recuerdo que durante las semanas siguientes me sentí bastante orgulloso de lo fluido y efectivo que había resultado en aquel momento. La agarré por el cuello con la mano izquierda casi ahogándola, puse su nuca en mi pecho mientras con la diestra agarraba la glock de mi espalda y la coloqué  el cañón en su sien. Mi mirada estaba fija en mi compañeros cuando, sin necesidad de ver la pantalla electrónica de mi arma ya que sabía perfectamente lo que marcaba, apreté el gatillo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 2

Capitulo 2: Amigos

Tras salir del despacho de mi padre me dirigí a mi habitación, la más pequeña de casa, y terminé de vestirme. Las puertas de cristal de mi armario reflejaban a un chaval de casi dieciocho años, metro ochenta, melena castaña oscura, muy poblada y tan larga que le llegaba a mitad de la espalda, se notaba cuidada y peinada aunque estuviese suelta, su cara era cuadrada, joven y salpicada por la barba que hacía unos días que no se afeitaba. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja derecha, junto al comienzo de la misma encima del puente  de la nariz, se la había hecho hacía unos años, ya no recordaba ni cómo. Sus ojos castaños le devolvían una mirada decidida, con la decisión de un chico que cree que ya lo tiene todo en la vida sin saber lo que la misma le depara en el futuro.
Me había puesto mis típicas deportivas negras, unos vaqueros que me quedaban algo sueltos y estaban marcados con varios agujeros en los lugares en los que el desgaste había llegado a convertirse en rotura. La camiseta negra, sin mangas que dejaba ver sus anchos hombros, tapaba el cinturón adornado con dibujos de telarañas que impedía que los pantalones llegaran a caerse. Un reloj analógico negro en su muñeca, un pequeño pendiente en forma de aro en su oreja izquierda y un colgante de plata eran los únicos complementos que llevaba.
Guardé la glock en mi espalada, pillada dentro del cinturón para que no se moviera y tapada con la camisera para que nadie se asustara. Me despedí de mis padres y mi hermana pequeña, cogí mi chaqueta de cuero porque sabía que aquella noche acabaría refrescando y salí a la calle.
Cuando llegué al Allende, un parque situado en Coslada, una próxima ciudad a la capital española, mis amigos debían llevar como veinte minutos esperándome pero ninguno dijo nada. Yo soy de esos, siempre llego tarde.
-¿Hielos? ¿En serio? –fue mi saludo antes de dales la mano a cada uno de ellos.
Primero se la ofrecí a Cero, uno de mis mejores amigos, un chico delgado, sutilmente más alto y musculado que yo, de cara alargada y facciones serias. Hasta hacía pocos días había tenido el pelo en forma de media melena de color oscuro, pero había decidido cortárselo dejándose un pequeño tupé. Sus ojos castaños generalmente estaban precedidos de unas desgastadas gafas aunque aquel día debía haberse puesto lentillas, su barba, normalmente larga y descuidada, había desaparecido dejando un mentón afeitado. Vestía una camiseta sin mangas de color naranja y un pantalón de chándal negro acompañado de sus respectivas deportivas a juego. Llevaba un anillo en la mano derecha que, dependiendo del momento, podía encontrase en cualquier dedo y varios colgantes mezclados, una espada en miniatura, una calavera, etc.
A su lado se sentaba Argentino al cual, por pura pereza, nunca llamábamos por su nombre completo, solía ser Argen o Arg, a secas. Era un chico de apenas metro sesenta, bastante más bajito que nosotros, delgado, su cara también era bastante alargada y siempre se encontraba sonriendo. Su cabello y  su barba podían ser de cualquier forma o color y no era sorprendente que cambiasen de un día para otro, aquel día llevaba una coleta, rapada por ambos lados de la cabeza, de su color de pelo natural, castaño claro,  aunque aún quedaba un pequeño rastro más claro de la vez que intentó tener mechas verdes y acabaron clareándose, su barba no parecía mucho más crecida que la mía. Sus ojos verdes miraban alegres mientras me respondía al saludo. Vestía unos pantalones pirata verde oscuro, una camiseta negra con el nombre de un grupo punk que casi ninguno conocía y calzaba unas chanclas de las que solía despojarse cuando se sentaba en el césped. En general era un chico guapo pero descuidado con su imagen.
-Sí, hielos. –respondió Cero –Nos hemos acercado al chino a comprarnos un refresco y este me ha convencido de que le echemos hielos. –terminó, refiriéndose a Argen.
“Un refresco” era una forma eufemística de referirse a nuestra bebida favorita: Calimocho. Efectivamente, entre ellos había una bolsa blanca que claramente contenía unos bricks de vino tinto y un par de botellas de verdaderos refrescos para mezclarlos, junto con un vaso tamaño mini que, claramente, me pertenecía. Me senté con ellos, me eché mi bebida y charlamos tranquilamente durante horas.
La tarde transcurrió sin ningún incidente interesante, yo notaba constantemente el frío metal de la pistola a mi espalda que era, al mismo tiempo, agradable y desconcertante. La verdad es que me había pasado muchos años pensando qué haría con aquella bala cuando me la entregasen, pero nunca había pensado qué hacer con el arma. En el momento en que me había dado cuenta de que debía buscar un lugar donde llevarla encima pensé que en la espalda, cual protagonista de película, no molestaría y me equivocaba. Si hubiese estado sentado en la comodidad de un sillón no hubiese habido problema pero tirados en el césped como estábamos había ciertas posturas que, simplemente, resultaban incomodas y no podía sacarla en mitad del parque para cambiarla de lugar, la gente se asustaría.
Entre mis pensamientos, las banales conversaciones y un par de viajes extra al chino, por que nos habíamos quedado sin sustento, nos dieron las once y media de la noche. El parque estaba ya casi vacío, éramos los últimos que quedaban, cuando escuchamos:
-¡Sabíamos que os encontraríamos aquí!

Al girarnos pudimos observar que llegaban dos conocidos nuestros. La chica se llamaba “Casi”, en realidad aquel no era su nombre de verdad, y su novio Dante.

martes, 2 de julio de 2013

Balas de la igualdad. Cap. 1

Capitulo 1: Balas.

Veintitrés de mayo de 2033, mi décimo octavo cumpleaños. En ese día comienza nuestra historia, una historia larga que me dispongo a contaros en este mismo instante.
                Veréis, desde que el hombre decidió marcar el punto en que un niño deja de ser un niño para convertirse en un adulto la mayoría de edad representa una meta en la vida de todo adolescente, un cambio en la vida de cualquier adulto y un punto de referencia en la vida de cualquier anciano. Su valor se ha ido incrementando debido a los avances tanto socioculturales como tecnológicos, ya que te otorga la posibilidad de conseguir cosas como el derecho al voto o la posibilidad de conducir tu propio automóvil. Pero desde hace unos años su valor se ha multiplicado.
                Ocho años atrás la ONU aprobó una ley de carácter internacional, una ley de carácter mundial e irrevocable, una ley que te permite tener tu propia bala. A estas balas fueron denominadas “Balas de la igualdad” o “Balas igualitarias” ya que igualaban, en su uso, a todas las clases sociales, a todas las razas, a ambos sexos… o, al menos, esa era la teoría. Todo el mundo recibía su bala al cumplir la mayoría de edad y era libre de usarla como y cuando le diera la gana, sin responsabilidades. Si se encontraba un cadáver en la calle y la causa de la muerte resultaba ser una de estas balas la investigación se cerraba de inmediato y nadie se molestaba en averiguar quién había sido el asesino.
                Por todas aquellas razones y algunas que aún están por relatar, el vigésimo segundo día de mayo aquel  año yo me encontraba ansioso y excitado cuando mi padre me entregó mi primera arma. Aquella era una Glock semiautomática y digital, el arma estándar para las “balas de la igualdad”, era preciosa, de color gris metalizado con detalles azul marino, en el mango estaban estratégicamente colocados unos lectores de huellas de color negro que permitían al arma averiguar quién era el portador que la empuñaba y a los lados del cañón, justo encima del gatillo, un par de pantallas rectangulares pero sin vértices, en vez de los cual tenían la forma de un arco de noventa grados, y que emitía los mensajes en color azul, a juego con los detalles del arma.
                Cuando me la entregó eran aproximadamente las cinco de la tarde de un agradable domingo primaveral y al día siguiente, lunes, había puente por motivo de alguna tradición cristiana que he olvidado. El caso es que antes de que saliese de casa para disfrutar del agradable clima sentado en un parque junto con mis amigos mi padre me llamó a su despacho, una habitación de la casa en la que él pasaba gran parte del tiempo los fines de semana completando su trabajo.
-Hijo, ya casi eres mayor de edad. –fue su saludo cuando yo me hube sentado en uno de los sillones que había enfrente de su mesa de escritorio. –Mañana recibirás tu bala. Pero de nada sirve una bala si no tienes un arma para poder usarla, así que te he conseguido una. –Mientras decía aquello la sacaba del primer cajón, mostrándomela -Espero que la uses con cabeza, no se puede disparar a la primera de cambio ya que solo tienes una bala y si la pierdes nunca podrás volver a disparar.
Nada más cogerla pasé varios minutos en silencio, admirándola. Notando su suave tacto, moviéndola para ver como los reflejos cambiaban en su acabado metálico. Lentamente, disfrutando del momento, agarré el mango del arma, cogiéndola como si me dispusiese a disparar, para que reconociese mis huellas y, al hacerlo, la pantalla se iluminó mostrando una enorme señal de prohibido en azul marino. Aquella era la señal que marcaba para los que aún eran menores de edad pero yo sabía que a las doce y un minuto de aquella noche el prohibido se cambiaría por un uno y yo ya tendría mi bala.
-Como comprenderás, Zetha, no puedo dejarte marchar con esa arma sin cerciorarme antes de que sabes las consecuencias que conlleva que la poseas.
Asentí ante aquello, me lo esperaba y estaba preparado. Antes de marcharme de la sala me obligó a recitarle todos los artículos aprobados por la ONU con respecto a las susodichas balas, tuve que explicarle las características de mi arma, su funcionamiento y, por último, tuve que prometerle que usaría la bala en el momento apropiado y no me precipitaría.

Media hora más tarde le estrechaba la mano a mis amigos sentados en el parque de siempre.