Cuando llegué
a la puerta unos guardias intentaron pararme, me los quité de en medio de un
plumazo y entré abriendo de un golpe. Silvara estaba sentada en una mesa de
escritorio.
-¿Se puede
saber qué has hecho? –Grité mientras recorría la sala acercándome a ella.
-Salvar vidas.
–respondió mirándome directamente a los ojos y entrelazando los dedos.
Lo dijo con un
todo de voz neutro, como el que responde cuando preguntan la hora, aquello me
enfureció aún más.
-¿Salvar
vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han
muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles!
–Había ido subiendo el todo de voz mientras hablaba, pero no me importaba,
aquella maldita elfa nos acaba de traicionar.
-Tranquilízate
Robert –dijo poniéndose lentamente en pie y señalando las sillas que estaba al
otro lado de su escritorio continuó-. Toma asiento y discutamos esto como
adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un poco de ese vino que…
Corté su frase
dando una fuerte palmada en la mesa. Notaba mi cuerpo temblar y tuve que
contener las ganas de desenvainar la espada y clavársela entre las costillas.
-¿Vino?
¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi
pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y
tú me ofreces vino?
Ella ni se
inmutó, me miraba fijamente. No resultaba amenazante vestida con holgadas
prendas de seda, calzado inútil para el combate intentando parecer más alta y
el cabello rubio tapándole parte de la visión; pero a pesar de que se
encontraba en evidente desventaja consiguió hacerme un nudo en el estómago
cuando respondió tan calmada como al principio:
-Estaba
limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las
cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis
tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda.
Se hizo el
silencio en la sala un segundo que ella aprovechó para volver a sentarse. Yo
continué de pie, no pensaba aceptar nada de esa arpía traidora.
-Sé lo que
ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas venganza. Pero esos
dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las nuestras conseguiríamos
igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes innecesarias. Tú pueblo
se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas vuestras bajas de nuevo
pero los míos estamos hechos de otra pasta.
No podía
creerme lo que estaba oyendo, aquello era un insulto y no pensaba permitírselo.
-Sí, ya noto
de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus
hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres
y me marcharé antes de que caiga la noche.
Me di la
vuelta y salí de la sala a grandes zancadas, sin volver la vista y dando un
portazo tras de mí.
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Me
encontraba revisando las condiciones que nos habían ofrecido para firmar un
pacto de no agresión cuando le escuché discutir con mis guardias. Cerré los
ojos un momento y me preparé para lo que esperaba, no iba a ser agradable.
Entró dando un golpe a la doble puerta de mi despacho.
-¿Se
puede saber qué has hecho? –Su voz era amenazadora algo que acrecentaba vestido
con la armadura completa y llevando la espalda colgada del cinturón, pero si
creía que aquello surtiría efecto después de mi larga experiencia lo llevaba
claro.
-Salvar
vidas. –Era la pura verdad, firmar la paz era lo correcto, ya se había
derramado mucha sangre por esta causa.
-¿Salvar
vidas? ¡Olvidarte de los caídos! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Te recuerdo que han
muerto grandes soldado por defender el territorio que acabas de regalarles!
–Estuve a punto de recordarle que hacia tan solo trecientos años que sus
antepasados les habían masacrado para conquistar ese mismo territorio y que
ahora ellos solo reclamaban lo que era suyo. Pero claro, él no podía acordarse
de aquello.
-Tranquilízate
Robert. –Tenía un botella de nuestra mejor cosecha mezclada con un relajante
especialmente preparada para la situación y me dispuse a cogerla-. Toma asiento
y discutamos esto como adultos. ¿Quieres tomar algo mientras? Aún me queda un
poco de ese vino que…
El golpe que
dio en mi escritorio dejó la frase colgada.
-¿Vino?
¿Quieres camelarme con bebida? ¡Perdí mil hombres en la batalla de Trákaba! Mi
pueblo ha perdido sus casas, no tenemos donde vivir ni de que alimentarnos ¿y
tú me ofreces vino? -Tal y como dijo aquella frase parecía a punto de
desenvainar su arma y yo no iba a permitir que me pusiese una mano encima.
Comencé a
preparar un hechizo en mi cabeza para que toda su armadura se pusiese al rojo
vivo si volvía a hacer algún gesto similar. Él no estaba en posición de
negociar y mucho menos de exigir nada por lo que se lo dije con toda la
diplomacia de que fui capaz:
-Estaba
limitándome a ser amable, pero ya veo que ha sido en vano. Y con respecto a las
cosas que te ofrezco debo recordarte que tu pueblo y tú estáis viviendo en mis
tierras, no deberías alzarle la voz al único aliado que te queda. –Volví a
tomar asiento, ya estaba preparada para cualquier cosa y no necesitaba estar
incomoda-. Sé lo que ocurrió en Trákaba, sé que allí cayó tu hijo y que buscas
venganza. Pero esos dragones tiene una fuerza militar que ni uniendo las
nuestras conseguiríamos igualar, entrar en batalla solo provocaría más muertes
innecesarias. Tú pueblo se reproduce con rapidez y no tardareis en cubrir todas
vuestras bajas de nuevo pero los míos estamos hechos de otra pasta.
Noté como
hacía una honda inspiración y se ponía rojo poco a poco, mala elección de
palabras. Tener la mente en dos cosas a la vez es complicado.
-Sí, ya noto
de qué pasta estáis hechos. De la misma que Lokus, que traicionó a sus
hermanos, los dioses. Aquí acaba nuestra alianza Silvara. Cogeré a mis hombres
y me marcharé antes de que caiga la noche.
Por suerte
aquello acababa con nuestra disputa sin ningún enfrentamiento real. Los humanos
habían perdido sus tierras, su ejército estaba mermado y su pueblo temeroso, ya
no tenían aliados ni nada de utilidad. Tampoco hubiesen sido de mucha ayuda en
el futuro.