martes, 21 de octubre de 2014

Buscando un porqué

María salió de su coche a toda prisa y cruzó la distancia que la separaba del portal mientras se cubría de la lluvia con la chaqueta puesta sobre la cabeza, acababa de ducharse a la salida del gimnasio y no quería tener que volver a hacerlo. Subió por las escaleras hasta llegar a su piso, le gustaba sentir esa punzada de dolor en sus piernas tras varias horas de entrenamiento. Al abrir la puerta de su apartamento la recibió su propia imagen reflejada en el espejo de entrada.
Hacía un par de años que había pasado la barrera de los cuarenta pero gracias a la cantidad de horas que le dedicaba al ejercicio y a una genética claramente favorecedora no lo parecía. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta, tenía los ojos castaños y el rostro afilado. Vestía ropa deportiva: chándal, camiseta y zapatillas; también una mochila que llevaba colgada a un solo hombro.
                Se dirigió directamente a la cocina, a comer algo. Dejó la mochila en la encimera, rebuscó en el bol de la fruta y sacó una manzana roja, una de sus favoritas…
                -Ya pensé que pasarías la noche fuera.
                Un escalofrío subió por su espalda al escuchar aquella voz, la manzana se le calló de las manos y se dio la vuelta preparada para enfrentarse a quién estuviera allí. En la penumbra del salón vio a un hombre sentado en una silla, parecía demacrado, el cabello graso y lacio le caía a los lados del rostro, la barba crecía por su rostro como la enredadera crece en una casa abandonada, sus ropas estaban raídas y sucias y sujetaba en su mano derecha un vaso de cuyo liquido color ámbar dio un trago. En la mesa, a pocos centímetros del hombre, había una botella ya medio vacía de whisky.
                -¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
                -¿Acaso ya no me reconoces?
                Entonces la luz proveniente de la lámpara de la cocina se reflejó en los ojos azul eléctrico de aquel desconocido y fue todo lo que María necesitó para reconocerle. El hombre ante el que se encontraba era Javier, su exmarido. Llevaban, al menos, seis años sin verse. Él siempre había sido un tipo de negocios, un importante puesto en una importante empresa. Siempre iba trajeado, afeitado y con el pelo perfectamente cortado; pero, después de lo sucedido ¿Quién le iba a reprochar nada?
                -¿Qué haces aquí, Javi? ¿Qué te ha pasado?
                Él sonrió y ella se relajó un poco, aunque no se movió de su posición.
                -Es curioso, no tienes ninguna foto suya en toda la casa. No solo eso, no tienes ningún recuerdo suyo en toda tu vida… En toda tu nueva vida. –Se había puesto serio otra vez, su mirada era turbia como si no fuese capaz de enfocarla bien. Quizá se debiese a los efectos del alcohol-. ¿Quieres saber qué me ha pasado? Lo mismo que a ti, supongo. Solo que yo no conocía las respuestas.
                -¿Las respuestas? No sé a qué te refieres. Mira, es tarde y estás borracho. Lo mejor será que te marches. –Avanzó un paso hacia él, lentamente, con las manos extendidas buscando su colaboración-. Si quieres hablar podemos quedar otro día a tomar un café…
                El fuerte golpe del vaso contra la mesa dejó la frase a la mitad. Javier se había levantado, la miraba fijamente y las manos le temblaban.
                -¿A tomar un café? ¿Me vas a invitar a uno de esos cafés con vainilla que acostumbrabas a tomar después de dejar a Rodri en clase?
                Ella se quedó paralizada, en la misma posición en la que estaba: sin bajar los brazos, sin parpadear, con la boca medio abierta a punto de decir algo. Hacía muchísimo que no pensaba en él así. Su hijo, su niño, le echaba tanto de menos… Rodrigo había sido un niño tan feliz, tan vivaz. Si no hubiese ocurrido aquel maldito accidente aún podría estar jugando con él.
                -No he vuelto a tomar ese tipo de café desde entonces, ya lo sabes. –Su voz había cambiado, ahora sonaba cansada. También había perdido la postura, había bajado las manos, tenía los hombros caídos y la espalda un poco encorvada. En su rostro aparecieron arrugas y empezó a aparentar más edad de la que realmente tenía-. Si has venido a hablar sobre el accidente puedes marcharte. No tengo nada más que decir, eso ya forma parte del pasado.
                -He venido, precisamente, para hablar de ese accidente. –Al ver el cambio en su exmujer se había relajado y volvió a tomar asiento-. He descubierto un par de cosas nuevas.
                -¿Has descubierto? ¿Había algo más que descubrir? Ya detuvieron y encarcelaron al cabrón que le atropelló. ¿Qué más quieres?
                -Un porqué. –La respuesta fue clara y directa-. Siempre me había faltado un porqué. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a nuestro hijo?
                -¿Acaso tienen respuesta esas preguntas? –Agotada se acercó a una de las sillas de la cocina y se sentó en ella. Hablaban desde dos habitaciones diferentes y ninguno de los dos parecía tener la menor intención de cambiar eso.
                -Yo tampoco estaba seguro, así que empecé buscando soluciones a cuestiones más sencillas como: ¿Por qué estaba ese desgraciado en nuestra calle? ¿Por qué tenía tanta prisa? O ¿Por qué no estaba atento a la carretera cuando todo ocurrió?
                María notaba el corazón latir en su pecho a tanta velocidad que cada latido parecía doloroso, sus miradas se habían cruzado hacía un instante y ninguno de los dos la retiró. Ella creyó sentir el odio acumulándose en la de él. Trató continuar con la conversación pero las palabras no salieron de la garganta, tragó saliva y lo intentó de nuevo:
                -Y esas preguntas… ¿Tenían respuestas?
                Él se tomó un largo minuto en responder, sin apartar la mirada de los ojos de ella.
-Sí, las tienen. –Otro silencio, esta vez más corto-. Por lo visto algunos testigos le vieron bajar de la terraza de un edificio cercano, descolgándose de ella. Según su propia declaración de los hechos “Se había distraído porque se le habían desabrochado algunos botones de la camisa.” También parece ser que era el camarero del Starbucks que teníamos al lado de casa y que aquella mañana había llamado diciendo que se encontraba enfermo y que no podría ir. Además recuerdo que yo salí temprano ese día de la oficina y cuando llegué a casa, dos horas antes de lo habitual, me pareciste un poco agobiada.
Mientras Javier hablaba, ella había bajado la mirada hacia el suelo. No dijo nada, se tapó el rostro con las manos aunque eso tampoco pudo contener las lágrimas. Las notaba correr por sus mejillas, calientes, quemándola como ácido. Su respiración era entrecortada, superficial y había comenzado a temblar por todo el cuerpo. Él se levantó del asiento, cogió la botella por el cuello y se dispuso a marcharse de aquella casa. Sus sospechas quedaban confirmadas, ya no tenía ninguna razón para seguir allí pero antes de cruzar el umbral de la puerta dijo una última frase:
-Supongo que el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.

jueves, 9 de octubre de 2014

Algo más de 1.000 palabras.

Al fin, ya es la hora de salir de la oficina. Además es viernes y me espera un fin de semana lejos de la ciudad, sin oír coches, sin humos, sin todo el gentío que implica vivir en una ciudad. Y, lo mejor de todo, lejos del cabrón de mi jefe. Hoy se me ha puesto hecho una fiera  en cuanto me ha visto por la mañana, por lo visto al señorito le molesta que me haya pedido el lunes y como bien le he dicho son mis días libres así que me los reparto como a mí me da la gana. El viaje de colegas se ha vuelto una tradición, hacemos uno al mes ya llueva o nieve, y no me pienso perder este por mucho que él se queje.
Pero casi prefiero ni pensar en ese arrogante, calvo y viejo cúmulo de grasas porque me hierve la sangre cada vez que lo hago. Su absoluta prepotencia y el abierto desprecio que me muestra hacen que me vea a obligado a contenerme cada vez que me habla. He perdido la cuenta de las veces que me he imaginado estallando su cráneo contra la esquina de su elegante mesa de despacho, impactando mi puño en la boca de su estómago hasta hacerlo postrarse de rodillas o agarrando un brazo suyo obligándole a doblarlo en su espalda en una postura innatural hasta romperlo. Los días como hoy, en que la ira me domina, mi imaginación es tan vívida que llega a asustarme.
Llevo tanto tiempo sumido en mis pensamientos que casi me salto la parada del metro en la que me tenía que bajar, por suerte he visto el cartel con el nombre antes de que las puertas comenzasen a cerrarse. Subo las escaleras, pero no las mecánicas esas están siempre abarrotadas y me agobia. Salgo y comienzo a andar calle abajo, hemos quedado todos en un parque no muy lejano, a menos de cinco minutos de la parada. En el segundo cruce giro a la izquierda para bajar por una paralela, no es el camino más corto pero lo prefiero antes que pasar por enfrente del escaparate de la joyería Oliver. Solo de pensar en las pulseras tan brillantes, plateadas y adornadas que se muestran se me eriza el vello de los brazos. No entiendo como la gente puede ponerse esas cosas.
Veo el parque al final de la calle. Miro el reloj, llego más de quince minutos tarde pero supongo que ya estarán acostumbrados, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y para gente que nos llevamos conociendo tantos años no será sorpresa. En el grupo somos siete, cuatro hombres y tres mujeres, y hemos pasado juntos por casi todo, entre nosotros se han formado parejas, ha habido rupturas, a veces hemos discutido e incluso hemos llegado a las manos, pero tratándose de nuestra gente asumo que es normal. Nos conocimos en la adolescencia, supongo que fue el destino quien nos unió porque, desde luego, no fue algo casual.
Al llegar les saludo a todos, uno por uno, efectivamente soy el último. Todo está preparado para el viaje y nadie lleva más equipaje que lo que quepa en la mochila. Nos repartimos en dos coches y, por el simple afán competitivo que nos define, acabamos provocando pequeñas carreras durante las partes del trayecto que sabemos más seguras. Tardamos varias horas en llegar a nuestro destino, pero con el buen humor que nos acompaña y sabiendo que vamos a disfrutar de tres días lejos de la rutina y el estrés, no notamos el paso del tiempo.
Nos dirigimos a un pequeño pueblo abandonado cerca de la cordillera cantábrica, apenas tiene una docena de edificios aún en pie y la naturaleza se ha ido abriendo paso por las distintas construcciones que lo forman. Es una imagen que siempre me ha gustado, las flores que en su día solo adornaban algunos jardines proliferan ahora por doquier, los pisos superiores de algunos edificios se han convertido en nidos donde las aves típicas de la zona se asientan para criar a su progenie y en mitad de lo que debió ser la calle principal ahora crece un hermoso manzano. Allí no tenemos donde dormir pero no nos preocupa, las noches que se avecinan van a ser más activas que sus días y tampoco tenemos nada que comer pero ya nos ocuparemos de ese problema cuando surja.
Al llegar ya está anocheciendo, tenemos que darnos prisa. Como no queremos que sufran ningún daño hemos aparcado a las afueras del pueblo, tenemos alrededor de una hora para llegar a él, buscar un lugar donde dejar nuestras cosas y prepararnos para lo que se avecina. Nada más bajar del coche noto el frio viento otoñal, no me molesta. Resfriarse lleva años sin ser algo de lo que ninguno de nosotros deba preocuparse, en el fondo, hasta las maldiciones tienen un lado positivo, ¿no?
Sabemos que se acerca el momento porque empezamos a sentirnos incómodos, estamos más tensos, ya nadie hace bromas y las conversaciones se han reducido a lo estrictamente necesario. Nos desvestimos y dejamos nuestra ropa junto a las mochilas en una habitación del segundo piso del único edificio que no parece a punto de derrumbarse. Las estrellas brillan en el firmamento cuando nos reunimos todos en la plaza central, ansiosos.
Entonces, tras una nube aparece la luna llena y comienza a ejercer su efecto. No puedo apartar los ojos. Es hermosa, pura y brilla con una intensidad que me deja absorto. Es un estúpido sentimiento de amor odio lo que siento por ella. Entonces comienza el proceso, noto como mis músculos se tensan, se calientan y empiezan a cambiar, tirando de los huesos a los que están unidos con tanta fuerza que llegan incluso a partirlos. El dolor me invade, lentamente al principio, más rápido después de unos minutos, pero en menos de media hora es tan intenso que creo que están rompiéndome célula a célula. Me retuerzo, caigo al suelo contorsionándome, aprieto la mandíbula para contener los gritos. Oigo como mis compañeros pasan por lo mismo, como algunos de ellos incapaces de resistirse emiten alaridos que deben oírse en kilómetros a la redonda. No puedo verlos porque cuando me doy cuenta tengo los ojos fuertemente cerrados, es todo tan intenso que no te permite pensar en otra cosa. Me dejo llevar porque sé que es lo mejor, intentar resistirse solo traerá más problemas.
El proceso entero dura aproximadamente dos horas y después de él apenas recuerdo nunca nada. Aunque mi mente evoca vagas sensaciones. Guiarme más por mi olfato que por mi vista o mi oído, aullar al astro al que tan ligado me siento, sentir la libertad de correr libre con mis amigos, no, con mi manada…

Para cuando despierto el sol está en su máximo esplendor, no llevo reloj pero debe de ser cerca del mediodía. También noto la tripa llena y tengo manchas de sangre que no me pertenece por distintas partes, debí cazar alguna presa durante el transcurso de la noche. Miro a mi alrededor, no estoy en el pueblo, ni siquiera cerca, pero estos tres días tengo los sentidos más desarrollados, no me costará encontrar el camino de vuelta.